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Poroshenko el bombero pirómano

Escrito por Debate Plural

Eduardo Luque (TopoExpress, 5-12-18)

 

En el suelo chapotea la gasolina y sólo falta una chispa para que todo se incendie. Hace pocos días, en Kiev, los grupos nazis más descerebrados pedían ir a la guerra contra Rusia. Se sienten respaldados por los países occidentales; en especial por la Unión Europea, la Otan y el Consejo de Seguridad de la ONU. Este organismo, resolución tras resolución, se alinea con los grupos y países que promueven la guerra. En el incidente protagonizado por los navíos ucranianos que violaron la soberanía nacional rusa hace pocas fechas, el Consejo de Seguridad se negó a discutir el tema. Poco a poco se convierte en un altavoz que legitima la agresión y los intereses de los grupos y países más poderosos. Mira para otro lado cuando se trata el terrible drama palestino, hace declaraciones altisonantes sobre el genocidio en Yemen, calla frente al ataque con gases tóxicos efectuado por los grupos yihadistas en Alepo hace pocos días. ¿Por qué no condena a la Francia de Macron por haber dotado de armas químicas a estos grupos terroristas?

Los países que votaron contra Moscú en el Consejo de Seguridad no reconocen el referéndum por el cual la población de Crimea decidió reintegrarse a la Federación Rusa. Es la excusa para apoyar a un régimen pro-fascista como el ucraniano. Son los mismos países que han aprobado la integración de Macedonia en la OTAN y, en un futuro, en la UE. Aunque el referéndum realizado el 30 de septiembre pasado mostró la oposición de la población macedonia (sólo votaron el 36,3%, un 15 % menos del mínimo exigido), la UE y la embajada norteamericana (el embajador estuvo presente en las votaciones en el Parlamento de Skopie) sobornaron a los diputados del Parlamento con 250.000 $ para que, a pesar de la oposición de la población, votaran por la integración. Es la democracia de la UE.

Ahora, nuevamente, la culpable es Rusia. Entre agosto y septiembre de este año, las autoridades ucranianas habían apresado a tres barcos rusos, un pesquero y dos cargueros. Moscú lo advirtió en octubre pasado. No permitiría la militarización del mar de Azov. Kiev desoyó la advertencia y en una acción, a toda luz planificada y con diversos escenarios, aumentó la tensión en la frontera rusa. El 24 de noviembre tropas ucranianas ocupaban una ciudad ubicada en la zona neutral entre Ucrania y la región del Donetsk en poder de los rebeldes anti-Kiev. El 25, una flotilla ucraniana con dos lanchas donadas por la Otan y un remolcador pretendieron forzar el estrecho de Kerch sin informar a las autoridades rusas de su acción. La flotilla violó las leyes de navegación internacional y las fronteras rusas a pesar de las numeras advertencias realizadas. Moscú prefería evitar el conflicto. Las órdenes de las autoridades de Kiev, hechas públicas tras la detención de los marineros ucranianos revelan que se buscaba el enfrentamiento. Poroshenko, el dirigente del régimen ucraniano, necesitaba un acto de reafirmación. Las encuestas sobre las próximas elecciones lo sitúan fuera del gobierno. La OTAN lo sigue apoyando. Es su baza primordial en esta zona. La existencia de campos de entrenamiento de grupos fascistas, que se dispersan después por Occidente, es obviada por Bruselas. La nueva fase política del capitalismo neoliberal pasa por potenciar nuevamente los grupos neo-fascistas en el continente europeo. Los manifestantes ucranianos llegaron a incendiar el consulado ruso en Kharkov. Las autoridades no lo impidieron. La UE, tan activa cuando hay que sancionar a Moscú, calla en esta ocasión. Ningún país ha dicho nada.

Poroshenko ha decretado la ley marcial durante 30 días y solo en una parte del país (inicialmente pensaba en 90 días y todo el territorio), lo que revela que la oligarquía ucraniana está profundamente dividida. De todas formas el presidente tiene tiempo más que suficiente para aplastar a los medios opositores y si esto no basta, siempre puede prorrogar la ley marcial y suspender las elecciones. Todo ello bajo el amparo de la UE (Francia es uno de los principales valedores de Poroshenko). La ley decretada por el Parlamento ucraniano incluye otras medidas: la supresión de determinadas libertades constitucionales; se introducen restricciones muy importantes a la libertad de prensa; se impone la obligatoriedad de trabajo para los civiles en la realización de fortificaciones (incluida la movilización de menores), internamiento forzoso de ciudadanos extranjeros peligrosos para la seguridad nacional (los de origen o ascendencia rusa específicamente). El objetivo es evidente, impedir que la población de origen o ascendencia rusa participe en las elecciones y así socavar a la oposición. Por otra parte el mismo decreto permite expropiar a otros oligarcas opuestos a los intereses personales de Poroshenko, en lo que parece un nuevo ajuste de cuentas entre bandidos. Curiosamente el presidente ucraniano usa la ley marcial ahora y en cambio no la introdujo con la guerra en el Dombass.

La actitud europea empeora las relaciones con Moscú y la aleja, aún más, de una posible solución política al problema ucraniano. Esta nueva crisis fuerza otra vez las costuras de la UE: mientras la presidenta de Estonia, Kersti Kaljilaid, habla de “guerra en Europa” por una agresión rusa, o Polonia que exige más y más sanciones mientras Italia pretende suprimirlas. La presión de Trump sobre Merkel es intensa, la canciller teme por el proyecto gasístico Nordstream 2 que permitirá duplicar las exportaciones de gas ruso hacia Alemania a través del Mar Báltico. Por otra parte el apoyo a un régimen, como el ucraniano, donde los partidarios del nazismo ocupan importantes cargos políticos parlamentarios, está poniendo en riesgo la propia seguridad europea. La miopía y la mediocridad de los dirigentes de la UE, meros encargados de negocios de los grandes trusts internacionales, raya lo delictivo. Europa carece, se evidencia cada vez más, de un proyecto común más allá de ser un gran mercado de consumidores.

Varios elementos impulsan a creer que las acciones del presidente ucraniano forman parte de un plan más elaborado. Escasamente una semana antes de la actual crisis en el Mar de Azov, el 16 de noviembre, el Secretario de Estado de Estados Unidos, Mike Pompeo, se reunía con el ministro de Relaciones Exteriores de Ucrania Pavlo Klimkin. El 17 se filtraba, a través de LinkedIn, un documento de un contratista del gobierno norteamericano (Mission Essential se denomina la empresa)1 que pedía “candidatos que hablaran ucraniano para proporcionar servicios de interpretación y traducción de idiomas extranjeros para apoyar las operaciones de contingencia y apoyo de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos en Ucrania.” Hasta este momento ese contratista aceptaba encargos para el Pentágono en el rango de analistas lingüísticos o de gestión de proyectos. Las nuevas capacidades que se exigen a los contratados incluyen servir si “es preciso” en zonas de combate. En definitiva, el ejército estadounidense está contratando personal para apoyar las operaciones “clasificadas” en Ucrania. El lugar formal de trabajo ofrecido es la ciudad de Mykolayiv, una ciudad portuaria ucraniana donde Estados Unidos está construyendo una instalación naval de inteligencia en las mismas fronteras de Rusia. EEUU pretende militarizar el mar de Azov.

Formalmente Washington no está implicado en el conflicto ucraniano-ruso. En la práctica Poroshenko no habría dado ni un paso sin contar con la benevolencia del Pentágono. Así, y en paralelo a la provocación ucraniana, Washington, saltándose como es habitual el derecho internacional, aplicaba la onceava tanda de sanciones económicas contra Rusia, Irán y Siria. Son posiblemente, en palabras de Thierry Meyssan, las más duras de la historia, auténticos cercos medievales que buscan matar a la dañada población siria y crear dificultades añadidas en Irán y Moscú. Es una nueva fase de la guerra híbrida que EEUU sostiene contra Rusia. El día 22 de noviembre la Rada Suprema de Ucrania (Parlamento del país) votó por modificar la constitución y permitir un nuevo rumbo en política exterior que permitirá integrar este país, fronterizo con Rusia, dentro de los parámetros militares de la OTAN. La respuesta de Moscú se produjo el 25 de noviembre, la marina rusa bloqueaba con un carguero y buques de guerra el estrecho de Kerch, en un gesto sin precedentes desde la desintegración de la URSS. Kiev responde pidiendo la intervención de los barcos de guerra de la Otan, un sinsentido de alguien con escasas luces –el fondo del mar de Azov no supera los 9 metros, las fragatas de la Otan tienen quillas de más de 12 metros.

Hay otros factores a tener en cuenta y que arrojarían nueva luz sobre el incidente. Desde comienzos de noviembre se había reforzado el espionaje norteamericano sobre la península de Crimea. El día 5 de noviembre fue interceptado por un S-27 ruso un avión norteamericano de reconocimiento electrónico EP-3. El 19 fue un avión israelí apoyado por aviones estadounidenses de reconocimiento guiados desde el portaaviones USS Harry Truman, el que fue obligado a abandonar la zona. Desde ese momento y hasta el día del incidente sobrevolaban aviones sin piloto guiados desde la base italiana de Sigonella. ¿Casualidad? Es posible, aunque la reacción rusa reforzando la zona con los mejores sistemas antiaéreos que posee (S-400) y los sistemas de misiles antibuque en la península de Crimea parecen apuntar en esa dirección.

EEUU está cercando a Rusia con un collar de misiles nucleares, cada vez más pequeños y más versátiles. Las clases dominantes de los países que se prestan a este terrible juego se supeditan al presidente Trump. Los mediocres dirigentes políticos europeos sufren auténticos ataques de de rusofobia. Generales norteamericanos, y no son pocos, fantasean con una guerra contra Rusia dirimida en terreno europeo que implicaría un nivel de bajas asumibles para EEUU. En este estado de no guerra y no paz, se abre paso una nueva concepción estratégica. El mundo ha entrado en la III Guerra Mundial, que ahora se denomina guerra híbrida.

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