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Jamal Kashoggi humaniza a las víctimas de Arabia Saudí

Escrito por Debate Plural

Alex Rowell (Sinpermiso, 17-10-18)

 

La desaparición y posible asesinato del escritor saudí ha tocado la fibra sensible de los occidentales porque en esta ocasión, para variar, pueden ponerse en la piel de la víctima.

Ha sido realmente sorprendente ver la reacción que el asunto de Jamal Khashoggi ha provocado en las más altas instancias del poder internacional. No hay muchas cosas, uno podría haber pensado, que puedan unir a los senadores republicanos y demócratas de Estados Unidos tan poco tiempo después de la gresca alrededor de Brett Kavanaugh. Sin embargo, el pasado miércoles los miembros del Comité de Relaciones Exteriores del Senado de ambos lados del pasillo unieron fuerzas presionando a Donald Trump para que actuara en la desaparición y posible asesinato del escritor saudí, invocando la llamada Ley Magnitsky que permitiría al presidente sancionar a quien considere responsable del crimen, lo que podría incluir a “los funcionarios de más alto rango del gobierno de Arabia Saudí”, como se ponía de manifiesto en la carta de los senadores.

Esto se produjo tras las indignadas declaraciones de altos funcionarios de otros gobiernos occidentales, incluidos los ministros de Asuntos Exteriores del Reino Unido y Francia. Mientras tanto, los principales periódicos del mundo angloamericano no han parado un momento, ofreciendo un cobertura detallada de todas las incidencias que iban produciéndose, llenando al mismo tiempo sus páginas de opinión con docenas de columnas que analizan la historia de adentro hacia afuera.

Uno no puede hacer más que alentar todo esto y desear a los senadores todo el éxito posible. Había hablado por teléfono con Khashoggi tal vez media docena de veces en los últimos años, en mi calidad de reportero antes de unirme a Al-Jumhuriya. A pesar de que yo no era nadie, de que escribía para una publicación no convencional con un número limitado de lectores, nunca estuvo demasiado ocupado para atender mi llamada y siempre respondía mis preguntas de forma completa, a veces parecía que realmente disfrutaba de la conversación. Cualquier periodista les dirá que la generosidad y elegancia de ese hombre son raras en personas con una décima parte del perfil y el estatus de Jamal. Digo esto para subrayar que no siento el más mínimo resentimiento ante la atención que ha obtenido su atroz desaparición; de nuevo, sólo deseo que la luz del escrutinio se vuelva más brillante y se extienda aún más.

Sin embargo, la pregunta persiste: ¿por qué el affair Kashoggi ha conseguido tanta atención? Los detalles de novela de espías sobre los escuadrones que perpetraron el asalto, las “sierras para huesos” y las partes del cuerpo enviadas por valija diplomática juegan un papel obvio, sin duda. Lo mismo ocurre con el hecho de que escribe una columna regular para uno de los periódicos más importantesdel mundo, el Washington Post, que ha llevado a cabo un trabajo encomiable haciendo el máximo ruido sobre la dura experiencia de su colega, sin preocuparse de forma aparente por los problemas de “acceso” que esto puede crearles con el régimen de Riad a partir de ahora.

Sin embargo, estos factores son insuficientes en sí mismos para explicar por qué el Capitolio se ha lanzado a la acción. Por supuesto, puede ser que algunos o la mayoría de los miembros del Comité de Relaciones Exteriores en cuestión conozcan a Khashoggi y sientan la obligación personal de asumir una posición. Si es así, esto sólo subrayaría lo que creo que es la razón psicológica más profunda, que por una vez el gobernante de facto saudí, el príncipe heredero Mohammad bin Salman (“MBS”), ha golpeado a alguien poderoso del que Occidente piensa que es uno de los suyos. Uno siente esto, por ejemplo, en la columna de Elliott Abrams en el Washington Post de ayer, en la que se declaraba abiertamente partidario de “déspota” MBS (es su palabra, no la mía), pero lamentaba el “error” que supondría que Khashoggi hubiera sido liquidado de hecho. El mensaje es claro: todo iba bien cuando sólo matabas a personas de las que nadie se preocupa en tu parte del mundo, como el clérigo chií Nimr al-Nimr (decapitado en 2016), o los hambrientos escolares yemeníes o los trabajadores domésticos con enfermedades mentales. Pero Khashoggi habla inglés, viste ropas occidentales, se mueve bien por las ciudades estadounidenses y europeas de moda, habla en las cumbres y conferencias de la élite política global. En otras palabras, es un ser humano real, al igual que nosotros. ¡Por el amor de Dios, Mo, no mates humanos!

Abrams cierra su columna diciendo que volverá a apoyar el despotismo “ilustrado” de Bin Salman (una vez más, su palabra) si este último admitiera su desafortunado error y nunca más lo volviera a hacer. Hay algunas políticas tan despreciables que sólo los expertos del Consejo de Relaciones Exteriores podrían defenderlas. Para el resto de nosotros, cualquiera que sea el destino exacto de Khashoggi, debe estar más claro que nunca que el despotismo es incompatible con la Ilustración, y que la tarea moral y política es llevarnos a ver que los cientos, si no miles de seres, asesinados ya por el saudí MBS eran también Jamal Khashoggi; también humanos, al igual que nosotros.

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