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El antifascismo y el miedo al poder de la izquierda (2)

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Escrito por Debate Plural

Maximillian Alvarez (CTX, 1-10-18)

 

A medida que estas crisis se multiplican, aumenta la probabilidad de que Estados Unidos y otros países se sientan atraídos por los impulsos fascistas que cada vez más caracterizan nuestro siglo. “Mentalidades defensivas, conjuntos de políticas organizadas en base a la ansiedad, la cerrazón como paradigma social emergente, son los factores que motivan progresivamente las tendencias autoritarias y violentas de los gobiernos contemporáneos. Si combinamos todo esto”, escribe Eley, “podrá producirse el tipo de crisis que fragüe una política similar al fascismo”. La persistencia de una situación de crisis ha permitido, y seguirá permitiendo, que prosperen las políticas de derechas al estilo de Trump. En vista de esa situación, cualquier política de izquierdas que no sea conscientemente antifascista está condenada al fracaso.

Por tanto, el asunto no es reclamar que el fascismo reciba un tratamiento más justo, hay cosas mucho más importantes que eso. Además, tampoco tengo motivos para reiterar aquí una explicación más completa y sofisticada de la historia y el funcionamiento práctico de las políticas antifascistas cuando otros ya han dedicado horas extraordinarias a hacer precisamente eso (véase Natasha Lennard, Mark Bray, Shane Burley, Alexander Reid Ross, etc.). El asunto es que, para poder reivindicar el antifascismo en nombre de una izquierda ecuménica que esté a la altura de las necesidades de este siglo, nos vemos obligados a enfrentarnos a serias contradicciones ideológicas y tácticas que se integran dentro de las principales críticas de izquierda a las políticas antifascistas actuales.

Tales contradicciones, sobre todo en lo que se refiere a establecer cómo deberíamos abordar la cuestión del poder, están directamente relacionadas con el futuro de cualquier política que se considere de izquierdas en Estados Unidos. Si no se aborda esta cuestión, no solo seguirá entorpeciendo nuestra capacidad colectiva para luchar contra las movilizaciones fascistas cuando aparezcan, sino que también socavará la tarea última de elaborar una política de izquierdas que corrija las perversas condiciones materiales de las que surge y en las que se afianza el fascismo.

Pérdidas netas

Ahora agárrense fuerte, porque vienen las alusiones al errático y provocador Freddie DeBoer. Actualmente, es casi imposible mencionar a DeBoer durante una conversación de izquierdas sin provocar una acalorada orgía de ataques ad hominem en la que todos acaben frustrados e insatisfechos. Esto no es del todo sorprendente, ya que el sello distintivo de DeBoer en internet es sobre todo el de provocar, e incluso dividir, a los compañeros de izquierdas.

No obstante, quiero dejarlo claro: tengo exactamente cero interés en meterme en las “políticas” de culto online (positivo o negativo) a la personalidad. Simple y llanamente, son una auténtica pérdida de tiempo. Sin embargo, si tenemos en cuenta la presión que ejercen estos temas sobre la dirección que toma el discurso interno de la izquierda actual y si tenemos en cuenta cuánto modulan nuestro propio pensamiento y nuestra receptividad hacia ideas opuestas, creo necesario ofrecer un descargo de responsabilidad.

Casi no conozco a Freddie, nunca nos hemos encontrado en persona, aunque nuestras limitadas interacciones han sido cordiales. Lo que sí sé es que no tengo ningún derecho a hablar de su carácter o sugerir cómo el mismo debería encajar la interpretación que los demás hacen de su trabajo. Aunque pudiera, ¿de qué serviría? Y, de todos modos, esto no va sobre él, ni sobre cualquier otro individuo que se mencione aquí (esto trata de trabajar en las ideas, no de acusar o condenar a individuos). Sin embargo, en la medida en que los argumentos de DeBoer sobre las políticas y tácticas antifascistas se reutilizan extensamente y suponen una rama influyente y relativamente extendida del pensamiento progresista dominante, sería difícil, y al mismo tiempo ridículo, ignorarlos. (De hecho, en algún momento u otro, DeBoer ha empleado casi todas las caracterizaciones negativas que se enumeran más arriba). Por eso me centraré en esos argumentos y en nada más.

Poder roto

Uno no puede realmente comenzar a hablar de políticas antifascistas, o de cualquier otra política, en realidad, sin hablar primero de poder. ¿Cuánto poder tenemos actualmente? ¿Cómo conseguimos más? ¿Cómo y dónde, en nuestros respectivos entornos, podemos aprovecharlo de manera eficaz y con qué objetivos? ¿En qué consiste el poder legítimo en la actual economía política y cuánto de lo que consideramos poder no es más que fárrago, comodidad o distracción? ¿Qué tipo de poder tienen nuestros enemigos sobre nosotros? ¿Cómo determina su poder quiénes somos y cómo pensamos? Y, ¿de qué medios disponemos, de manera individual o colectiva, para protegernos?

Estas preguntas básicas suponen el necesario punto de partida para cualquier cometido de carácter escrito u organizativo que se considere “político”. Yo mismo soy un escritor y organizador, pero rara vez soy capaz de ofrecer respuestas satisfactorias a estas preguntas. Sin embargo, al menos intento mantener una visión lo más amplia que puedo sobre ellas, porque si no pienso en el poder, lo más probable es que esté dejando que el poder piense por mí.

Es muy sencillo: sin un cálculo serio y estratégico sobre la cuestión del poder, no existe política de izquierdas. Y para cualquiera que lea, escriba u organice en la actual esfera política de izquierdas, la necesidad de realizar semejante cálculo es particularmente aguda. Teniendo en cuenta que las fuerzas reaccionarias claramente tienen el control, cualquier fallo por nuestra parte en lo que se refiere a evaluar de manera sobria las opciones estratégicas de que disponemos en la actual estructura de poder podría fácilmente tener consecuencias desastrosas.

Sin duda, las políticas antifascistas contemporáneas suelen funcionar como chivo expiatorio para los críticos, que las tildan de fracaso pragmático, para explicar la realidad de cómo funciona el poder hoy en día. De hecho, para un contingente cada vez mayor de la izquierda, se ha convertido en una práctica habitual desdeñar las políticas antifascistas haciendo referencia, o postergando, al poder en sí. Esto se hace especialmente patente cuando se trata de “antifascismo” dentro del movimiento estudiantil.

Esta línea de pensamiento cuenta con diversas variaciones del mismo argumento, que han avanzado ya algunos de mis compañeros de izquierda, como por ejemplo Freddie DeBoer y Angela Nagle. Tanto DeBoer como Nagle sostienen que la izquierda se centra demasiado en cosas como construir marcas personales, realizar “sensibilizaciones” y predicar a nuestro coro habitual de internet. También sostienen que, además de cualquier otra forma perceptible de poder, la izquierda carece seriamente de la habilidad para lidiar con los fundamentos prácticos y teóricos de sus propias convicciones sobre el poder, y que en su lugar optan por emplear visiones de consenso mal definidas, algo que no creo que esté muy lejos de la realidad.

Sin embargo, en mi opinión, el problema es que el poder como tal está comenzando a rechazar cada vez más las políticas antifascistas de gente como Nagle, DeBoer, etc., que cualquier otro principio teórico de izquierdas. Para ilustrarlo, voy a emplear una larga cita de DeBoer, que proviene de un debate que tuvo lugar en el programa televisivo de Katie Halper, donde él y Nagle compartieron sus opiniones sobre los activistas universitarios que emplean la táctica antifascista de la negación de plataforma:

“Cuando hablamos de estos debates sobre la libertad de expresión, siempre nos situamos en este extraño universo teórico en el que [la gente de izquierda] tiene poder político de verdad, y eso no es así. Históricamente sabemos que si se resume el discurso de alguien no es el de la derecha, que hoy en día es quien domina la política electoral estadounidense, sino el de la izquierda. Eso es MaCartismo; eso es acabar con el activismo palestino en los campus universitarios. Ha sido un esfuerzo coordinado extremadamente popular entre los directores conservadores de esas universidades y ha sido mucho más eficaz que otros esfuerzos por acabar con el discurso de odio… ¿Quién creemos que va a sufrir el mayor castigo si se implementa una nueva serie de medidas para regular lo que la gente puede hacer o decir?…Si hay alguien que va a sufrir las consecuencias del intento por controlar el discurso, a causa de la división de poder en Estados Unidos, es la gente de color, son los gais, lesbianas y transgénero, son las mujeres. Eso es Estados Unidos. Y…tenemos que pensar, no en términos de ese mundo teórico ideal en el que somos los censores, sino pensar en cómo se distribuye el poder en Estados Unidos y cómo es más probable que seamos los censurados”.

Nagle añade que el tipo de políticas de izquierda que esto describe es también defectuoso porque, como hemos oído en tantas ocasiones, hace que agitadores como Milo Yiannopoulos y Richard Spencer aparezcan como víctimas a ojos del público y así generen empatía. Al mismo tiempo, la táctica de la negación de plataforma hace que sea mucho más fácil que la gente que mira las noticias crea que nosotros en la izquierda somos precisamente los grupos violentos e intolerantes que la derecha dice que somos. Después, DeBoer va aún más lejos y sostiene que “la estructura de poder que existe en Estados Unidos” permite que los vengativos legisladores conservadores tengan la capacidad de contraatacar, y lo harán con toda seguridad, contra los censores políticamente correctos de los campus, y se servirán de las manifestaciones como justificación para recortar aún más los fondos de las universidades públicas.

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