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Trump, Corea del Norte y el fin de la teoría de las Relaciones Internacionales (y 2)

Escrito por Debate Plural

Mir Alikhan (Sinpermiso, 27-6-18) 

 

El 16 de mayo, después de que la RPDC pospusiera su participación en la inminente cumbre por lo que los medios de comunicación afines a los demócratas llamaron las ‘repentinas objeciones del Norte a los ejercicios militares conjuntos del Sur y Estados Unidos,’ tuvo  lugar una reunión de emergencia entre el Ministro de defensa de la República de Corea, Song Young-moo, y el general Vincent Brooks. Brooks es el comandante de las fuerzas de Estados Unidos en Corea del Sur. La prensa de Corea del Sur informó que, durante “la reunión a puerta cerrada, Song pidió a Brooks que no participasen en los ejercicios Max Thunder los bombarderos nucleares B-52 Stratofortress”, en un débil intento de llamar la atención sobre las preocupaciones legítimas de seguridad del Norte. Esta solicitud fue rechazada sin comentarios, seguida de la avalancha habitual de denuncias sobre la belicosidad de la RPDC. La administración surcoreana de Moon Jae-in, que “obtuvo una sólida victoria después de hacer campaña para que el país ‘aprenda a decir no’ a Estados Unidos”, en palabras del historiador Alfred McCoy, sin embargo, ha sido incapaz de liberarse de su subordinación, teniendo que participar en las maniobras estadounidenses hostiles mientras trabajaba ostensiblemente por la paz. En un difícil equilibrio, recuerda a los acontecimientos de 2010, cuando el presidente Hatoyama “se comprometió a terminar con la dependencia de Japón de los Estados Unidos” desplazando la “base de Futenma y sus ruidosos helicópteros de Okinawa”, e inmediatamente “se topó con una fuerte resistencia de la administración Obama”, un pulso de poder evidente que terminó en su dimisión.

Para no ser menos que el dictador norcoreano al que ha llegado a admirar, el 25 de mayo, Trump canceló la participación estadounidense en la cumbre, tal vez para alivio de las dos Coreas, alegando insultos recientes de Kim Jong-un, pero no era una objeción seria. ¿Por qué esa puerilidad no había bastado para disuadir a Trump y Tillerson de hablar con los líderes de la RPDC antes, cuando, como se recordará, Trump twitteó que Corea del Norte es el “último lugar en la tierra donde quiero ir ”, fue llamado un “viejo chocho”, y proporcionó a Michael Wolff el título para su apocalíptico libro sobre su campaña electoral? Peor aún, la cancelación se produjo sólo horas después de que el régimen de Kim destruyese públicamente su único sitio de pruebas nucleares en Pungyye-ri, poniendo en evidencia que ninguna concesión es suficiente para contentar a Estados Unidos. Aunque los ejercicios conjuntos de Estados Unidos y Corea del Sur fueron suspendidos durante la cumbre, Trump puede encontrar fácilmente un pretexto para reiniciar los ejercicios militares conjuntos, recordando al mundo el carácter insaciable de sus caprichos.

El apretón de manos en Panmunjon fue mucho más importante que el de la Casa Blanca en septiembre de 1993 entre Rabin y Arafat, punto de partida de la creación y conversión de la Autoridad Palestina en una fuerza al servicio del neocolonialismo. De hecho, la ausencia de un presidente estadounidense auspicioso entre Kim Jong-un y Moon Jae-in era un signo de esperanza, que refleja el compromiso de los dos gobiernos de trabajar por ‘la determinación del destino de la nación coreana por su propia voluntad’, como recoge la declaración conjunta del 27 de abril.  La elección de las palabras fue cuidadosa y deliberada, y obviamente se hizo con profundo conocimiento de la historia innoble de sabotajes de Estados Unidos, no de China. Por el contrario, China ha sido crucial para el mínimo progreso conseguido en las negociaciones diplomáticas entre los seis estados ( “doble congelamiento”, etc.), de particular importancia porque su éxito tiene el potencial para desactivar un conflicto importante en sus fronteras.

Thomas Christensen escribe en Foreign Affairs que China “ha reaccionado, aunque de manera hosca, a los acontecimientos no deseados e imprevistos que han provocado a menudo otros”, como la instalación del sistema de misiles THAAD en Japón y Taiwán-que todos entienden como un esfuerzo para reforzar las capacidades ofensivas militares-y los ejercicios militares conjuntos de Corea del Sur y Estados Unidos que, entre otros escenarios, simulan el ataque contra la RPDC con aviones con armas nucleares. Siempre que se plantean tales preocupaciones legítimas de seguridad, los EEUU apelan a la naturaleza provocativa de los ensayos nucleares de la RPDC, que son justificados a su vez por las preocupaciones de seguridad antes mencionadas. Obviando el dilema causal evidente, que no refuerza precisamente la versión estadounidense, es suficiente con examinar el argumento apolíneo de Bruce Cumings, historiador preeminente de la Corea moderna. Cummings encuentra el omnipresente olvido del contexto en estos asuntos “exasperante.” “Todos nuestros medios de comunicación”, explica, “parecen vivir en un eterno presente, y cada nueva crisis es tratada como algo sui generis”.

En un intento de restaurar el contexto, la tentación es comenzar con la criminal destrucción aérea del presidente Eisenhower de la península de Corea en la década de 1950, y su consiguiente amenaza Norte con armas nucleares a Corea del Norte, tras Hiroshima y Nagasaki, o la forma decisiva en la que los EEUU, en palabras de Cumings, “envolvieron estos territorios en estructuras de seguridad que los convirtieron en estados semisoberanos”, en referencia a Taiwan, Corea del Sur y Japón. Sin embargo, el estado actual de la crisis se puede entender con precisión como resultado del hundimiento del Acuerdo Marco de 1994, cuando el ex presidente Jimmy Carter convenció a la RPDC congelar su producción de plutonio en su planta de Yongbyon y otras, a cambio de reactores de agua ligera que pudieran satisfacer las necesidades energéticas del país. Los inspectores internacionales verificaron que la RPDC había cesado el desarrollo de cualquier material fisionable.

En el 2000, el gobierno de Clinton había incluso conseguido que la RPDC abandonase el desarrollo de sus misiles balísticos de mediano y largo alcance. Aunque ambas partes tuvieron dificultades para cumplir con la letra estricta del Acuerdo Marco, hubo una adhesión sustancial a ellos, hasta que la administración Bush promulgó su famosa dicotomía sobre el “eje del mal”, y lanzó nuevas amenazas. Como respuesta, Corea del Norte expulsó a los inspectores internacionales, y retomó sus esfuerzos para desarrollar nuevos misiles. Así continuó hasta septiembre de 2005, cuando, bajo presión internacional, el gobierno de Bush dio luz verde a las conversaciones a seis, que terminaron en un compromiso de Corea del Norte para poner fin a todas las actividades relacionadas con armas nucleares, respetar la soberanía de sus vecinos, y, de nuevo , permitir inspecciones internacionales. Casi sin previo aviso, Bush impuso las sanciones a Corea del Norte que, en palabras de Cumings, fueron “diseñadas específicamente para destruir los compromisos alcanzados en septiembre”.

La vacuidad de la declaración de Estados Unidos y la RPDC en la cumbre de Singapur son, sin duda, una de las causas para un optimismo cauteloso; al menos no erige barreras insalvables para ninguna de las partes. Tomado de forma aislada y más allá del absurdo, la criminalidad y el menosprecio de las obligaciones internacionales, la iniciativa de Trump para reducir el número potencial de armas nucleares en el mundo es un objetivo que vale la pena. De hecho, al igual que en la mayoría de otros foros internacionales, su éxito depende en gran medida de hasta que punto los EEUU cumplan con unos compromisos que tan vehementemente dice defender. Corea del Norte puede ser uno de los regímenes más horrible del mundo moderno, pero sería muy hipócrita para utilizar este hecho como un obstáculo en las negociaciones. En The Impossible State: North Korea, Past and Future , Victor Cha admite que “el único país que puede resolver el problema de seguridad que Corea del Norte plantea es Estados Unidos. Pyongyang quiere relaciones diplomáticas con la superpotencia mundial, y quiere ser reconocido como un estado normal, sin la plétora de sanciones estadounidenses impuestas. Quiere un tratado de paz que ponga fin a la Guerra de Corea, y busca ser aceptada en la comunidad de naciones. El país clave que puede satisfacer estos objetivos son los Estados Unidos”. Sólo para dar una idea del coste de las hostilidades, a cambio de la completa desnuclearización, el régimen de Kim es probable que pida hasta 2 mil millones de dólares en ayuda económica anual, una fracción de los 11.5 mil millones de dólares en los que Trump ha aumentado el presupuesto de la Agencia de Defensa de Misiles, a los efectos de afianzar y extender sus “defensas” contra la RPDC. Es un misterio cómo podrá explicarlo la teoría de las relaciones internacionales contemporánea, cuya premisa es la búsqueda coherente de los intereses propios de los estados, que pueden entrar hipotéticamente en alianzas internacionales mutuamente beneficiosas.

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