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Política de la guerra en José Martí (2)

Escrito por Debate Plural

Diogenes Cespedes (Álbum de un héroe)

 

Pero tal vez lo que más le compelía a cumplir este destino trágico era la connivencia de una parte de los cubanos con los designios de los Estados Unidos de apoderarse de Cuba, al creer, quizá, que con su muerte, la guerra de independencia jamás se detendría ni que se cumpliría el designio de mediatizarla, o que la potencia norteamericana no se apoderaría de Cuba: «Sobre nuestra tierra, Gonzalo, hay otro plan más tenebroso que lo que hasta ahora conocemos y es el inicio de forzar a la isla, de precipitarla, a la guerra, para tener pretexto de intervenir en ella, y con el crédito de mediador y de garantizador, quedarse con ella. Cosa más cobarde no hay en los anales de los pueblos libres: Ni maldad más fría. ¿Morir, para dar pie en qué levantarse a estas gentes que nos empujan a la muerte para su beneficio? Valen más nuestras vidas, y es necesario que la Isla sepa a tiempo esto. ¡Y hay cubanos, cubanos, que sirven, con alardes disimulados de patriotismo, estos intereses!»

La angustia de muerte se le acrecienta al apóstol cuando le confiesa a Manuel Mercado el contubernio que prepara España con los Estados Unidos para impedir la independencia de Cuba: «Bryson me contó su conversación con Martínez Campos, al fin de la cual le dio a entender éste que sin duda, llegada la hora, España prefería entenderse con los Estados Unidos a rendir la isla a los cubanos». (PdnA, 321).

Conforme a este conocimiento, grandes fueron los tormentos de Martí y su pulsión de muerte, pese a afirmar que trabajaba para «impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América». (PdnA, ibíd.). A todo está dispuesto Martí, incluso a quedarse o irse de Cuba si se lo piden por el bien de la causa. Y aceptó la decisión de volver al exilio para defender diplomáticamente la causa cubana en el extranjero, tal como se lo pidieron Gómez y Maceo en la reunión de La Mejorana.

Pero no pudo cumplir esa misión porque murió imprudentemente en el campo de batalla el 19 de mayo de 1895: «Ahora hay que dar respeto y sentido humano y amable, al sacrificio; hay que hacer viable, e inexpugnable, la guerra, si ella me manda, conforme a mi deseo único, quedarme, me quedo en ella; si me manda, clavándome el alma, irme lejos de los que mueren como yo sabría morir, también tendré ese valor». (PdnA, 320). En este fragmento de la carta de despedida a Federico Henríquez y Carvajal, fechada en Monte Cristi el 25 de marzo de 1895, antes de partir para Cuba, guarda un paralelismo con la carta de despedida a Manuel Mercado, fechada el 18 de mayo del mismo año, un día antes de lanzarse a la muerte en el campo de batalla, sin orden para atacar solo y en compañía de su ayudante, a las tropas españolas. Indicio de que no cumpliría el deseo de los generales de irse al exilio a pelear en la arena diplomática. No se sabe si conocedores de este designio de Martí de no cumplir la orden de irse al extranjero en misión diplomática, pudiera surgir, como algunos conjeturan, la tesis del fusilamiento. ¿La doble desobediencia de Martí colocaba en peligro de muerte la vida de los comandantes militares y el éxito de la guerra en contra de España?

Así también fue de desesperada la carta de despedida a su madre, Leonor Pérez, fechada en Monte Cristi, el 25 de marzo, al igual que la dirigida a don Federico: «en vísperas de un largo viaje, estoy pensando en usted. (…) Usted se duele, en la cólera de su amor, del sacrificio de mi vida; ¿y por qué nací de usted con una vida que ama el sacrificio? Palabra, no puedo. El deber de un hombre está allí donde es más útil. Pero conmigo va siempre, en mi creciente y necesaria agonía, el recuerdo de mi madre». (M-en-SD, 128). Y la misma preocupación o «presentimiento» de la muerte, como le llama Rodríguez Demorizi, se halla en la carta de despedida a su hija carnal María Mantilla: «Siéntete limpia y ligera, como la luz. Deja a otras el mundo frívolo: tú vales más. Sonríe, y pasa. Y si no me vuelves a ver, haz como el chiquitín cuando el entierro de Frank Sorzano: pon un libro, –el libro que te pido–, sobre la sepultura. O sobre tu pecho, porque ahí estaré enterrado yo si muero donde no lo sepan los hombres. –Trabaja. Un beso. Y espérame. Tu Martí».5 Y por una foto de María Mantilla, su hija carnal, encontrada en uno de sus bolsillos, los españoles identificaron como el de Martí, el cuerpo del Apóstol caído en el campo de batalla.

  1. RESULTADOS DE LOS TRES VIAJES A SANTO DOMINGO

El primer viaje de Martí fue un éxito, no solamente por el acuerdo logrado con el viejo guerrero Máximo Gómez, sino también por la acogida que le dispensara una gran parte de la intelectualidad, políticos y comerciantes locales, cubanos y dominicanos, especialmente durante el acto de recibimiento organizado por los directivos de la Sociedad Amigos del País la noche del 19 de septiembre de 1892 (M-en-SD, 70-71), creada a semejanza de las que se fundaron los masones en España, Cuba y otros países de América Latina.

A todo esto, según sabremos luego por los testimonios de Ulises Heureaux, los espías al servicio de España y otras potencias que no descansarán en su vigilancia, las actividades de Martí en el país durante el primer viaje fueron cruciales, pero fundamentalmente, en el último6 sobre todo, para el despegue de la guerra de independencia de Cuba, ya que el embarque se producirá el 11 de abril de 1895 por un punto marítimo de Monte Cristi, donde el cónsul español tenía apostado a un soplón.

Aunque Heureaux sospechaba que Martí y Gómez no ignoraban que eran vigilados, no tenían ambos conocimiento de la magnitud de la vigilancia (M-en-SD, 135). Pero fueron extremadamente cautos como lo ilustra la prevención de los pasaportes que le expidió en el último viaje el gobernador de Santiago General Pedro Pepín, por órdenes de Lilís, para que «viajaran» a Santiago, La Vega y Santo Domingo a fin de despistar a los espías cuando ya se preparaba el viaje hacia Cuba en abril de 1895 y se encontraron en Quinigua, de improviso pero sin creer en la casualidad, con el vicecónsul de España en Puerto Plata, el poderoso comerciante Cosme Batlle, amigo y financista de Lilís, el primero, y su acompañante Jorge Curiel, rico comerciante puertoplateño, este último. El informe de Batlle al cónsul español Quintana en Santo Domingo es un testimonio de esa vigilancia.

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