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Política de la guerra en José Martí (1)

Escrito por Debate Plural

Diogenes Cespedes (Álbum de un héroe)

 

José Martí se aferró al primado de lo político-civil por encima del primado de lo militar durante todo el trayecto de su concepción de la lucha por la independencia de Cuba desde el fracaso de la Guerra Grande (1868-1878) que terminó con el Pacto del Zanjón, hasta el otro fracaso de la Guerra Chiquita (1878-1880), solidez teórica que le permitió organizar, sobre bases políticas nuevas, la lucha por la soberanía de su país a través de la creación del Partido Revolucionario Cubano (PRC) durante su exilio en los Estados Unidos.

Martí lo sabía, pero su autoconocimiento como héroe romántico y sentimental le descaminó la estrategia, muy bien concebida en las ideas plasmadas en sus escritos, pero en el terreno de la práctica le condujo a la muerte cuando cayó, debido a una imprudencia, blanco de las balas españolas, al arrojarse delante de estas a campo descubierto y en un caballo blanco. Desobedeció la orden de Máximo Gómez, General en Jefe del Ejército Libertador, de que se quedara en la retaguardia y pagó con su vida.

A partir de ese instante, aunque con menor sagacidad política que Martí, Gómez condujo la guerra hasta 1898 con su consigna de tierra arrasada, pero el general español Valeriano Weyler, al reemplazar al general Arsenio Martínez Campos, respondió con la misma arma y la reconcentración de pueblos, propiedades y DIÓGENES CÉSPEDES 20 Álbum de un héroe habitantes, en una especie de panóptico insular que se cobró más de 400 mil vidas. Pero los cubanos luchaban por unos principios que no existían para un imperio en bancarrota económica total.

En la reunión de militares donde se nombró a Martí mayor general del Ejército Libertador se quiso igualarle a Gómez y Maceo y los demás generales, para que no quisiera dirigir la guerra, como político-civil.

Martí introducía un ruido o desentono, no a conciencia, sino por desconocimiento práctico de cómo se hace una guerra.

1. TRES VIAJES A SANTO DOMINGO PARA ARMAR LA GUERRA

A Martí no le dio resultado su teoría oral, y luego escrita el 20 de octubre de 1884 en la carta a Máximo Gómez, en el sentido de que un «pueblo no se funda (…) como se manda un cuartel». De ahí la desavenencia entre Gómez y Martí hasta el 11 de septiembre de 1892, fecha en que el Apóstol realiza su primer viaje a la República Dominicana a fin de convencer a Gómez de que ya estaban dadas las condiciones objetivas y subjetivas para lograr la independencia de Cuba. El acuerdo entre los dos será en la finca de Gómez, La Reforma, distante veinte leguas de Monte Cristi y 36 de Santiago de los Caballeros.

El general Gómez consigna el encuentro en su Diario: «El día 13 de septiembre, después de conferenciar largamente con Martí, salimos para la ciudad de Santiago de los Caballeros, adonde llegamos el mismo día».2 (M-en-SD, 50-56).

Rodríguez Demorizi acota: «En Santiago se hospedan en el acogedor hogar cubano de Nicolás Ramírez y allí le dan carácter oficial a cuanto han acordado en La Reforma. Son formalidades necesarias para el crédito y auge del movimiento emancipador que ha entrado en nuevas vías gracias a la ejemplar actividad de Martí y a la abnegación sin par del viejo soldado. Martí le ofrece oficialmente la dirección de la guerra. ‘Le ofrezco a Ud., sin temor de negativa, este nuevo trabajo, hoy que no tengo más remuneración que brindarle que el placer del sacrificio y la ingratitud probable de los hombres’». (M-en-SD, 55-56). Y así fue.

Atrás habían quedado las prevenciones y suspicacias del general Gómez cuando consideró como una herida personal las observaciones de Martí acerca de la fundación de un pueblo y el mando de un cuartel, en la carta del 20 de octubre de 1884, luego de la reunión que sostuvieron en Nueva York, Martí, Gómez y Maceo: «No, le responde el General. Ese hombre no me conoce» –dice–, y se limita a consignar el hecho a un pormenorizado apunte en su diario: «Como se verá, este hombre me insulta de un modo inconsiderado, y si se pudiera saber el grado de simpatías que al conocer a Martí sentí por él, sólo así se podrá tener una idea cabal de lo sensible que me ha sido leer los conceptos que sin ambages3 ni rodeos ha hecho de mí, y del mismo modo emite». (M-en-SD, 20).

Y la desavenencia no fue únicamente con Gómez, sino también con Maceo. Pero también con algunos combatientes que participaron en la Guerra Grande y la Chiquita, quienes, desde dentro y fuera de Cuba, le mortificaban con la acusación de teórico y que nunca había estado en el campo de batalla: «Capitán Arañas» le llamaba Ramón Roa en 1892, para insinuar que Martí jugaba al apóstol y misionero, al héroe y mártir y Enrique Collazo, también en 1892, dudaba que pudiera estrecharle la mano a Martí porque no se encontrarían en el campo de batalla, ya que «continuará usted dando lecciones de patriotismo en la emigración, a la sombra de la bandera americana». (M-en-SD, 126-27).

Estos insultos y mortificaciones, aparte de la concepción del héroe romántico-melancólico en la ideología literaria y sicologicista del siglo XIX, que Martí asumió, al igual que grandes poetas que dieron su vida en el campo de batalla en pelea por la libertad de su país o de otros –verbigracia Byron, por Grecia– le condujeron en su apostolado libertario a abrazar la inmolación o el martirio o, incluso, el suicidio como lo insinúa Rodríguez Almaguer en el prólogo que acompaña a esta tercera edición del Álbum. Pero nadie sabrá la razón por la que Martí se lanzó, de la manera en que lo hizo, al campo de batalla, desobedeciendo la orden de Gómez de que se quedara en la retaguardia. Solo caben interpretaciones ante ese hecho insólito, puesto que ya todas las desavenencias en torno a la conducción de la guerra habían sido limadas y Martí mismo había aceptado irse de nuevo al extranjero para defender en los foros internacionales la independencia absoluta de Cuba.

Tales insultos y mortificaciones no hicieron otra cosa en un alma sensible, como la de Martí, que servir de provocación que no supo soportar y trató de exculparse o justificarse esgrimiendo el argumento del sacrificio o su disposición de morir por la independencia de Cuba. Como se verifica documentalmente por las cartas de despedida a su madre, a su hija, a Gonzalo de Quesada, a Federico Henríquez y Carvajal, a Manuel Mercado y a todos aquellos a quienes escribió para despedirse de este mundo, en caso de que muriera de cara al sol en combate por la independencia de su país. Pero la forma en que Martí se lanzó al campo de batalla no era la más adecuada en un hombre que acababa de ser nombrado Mayor General de los ejércitos libertadores, ya que en el plano de la jerarquía militar las órdenes no se discuten y es obligación el cumplirlas.

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