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Frederick Douglas, Vida de un esclavo americano escrita por el mismo, 1845 (y 2)

Escrito por Debate Plural

La familia de mi amo constaba de dos hijos, Andrew y Richard, una hija, Lucretia, y su marido, el capitán 1homas Auld. Vivían en una sola casa, en la plantación familiar del coronel Edward Lloyd. Mi amo era mayoral y superintendente del coronel Lloyd. Era lo que se podría llamar capataz de capataces. Pasé dos años de mi infancia en esa plantación, con la familia de mi antiguo amo. Fue allí donde presencié la sangrienta operación que relaté en el primer capítulo; y dado que fue en esa plantación donde recibí mis primeras impresiones sobre la esclavitud, voy ahora a hacer una descripción de la plantación y de la esclavitud tal y como allí existían. La plantación está a unas doce millas al norte de Easton, en el condado de Talbot, y se extiende a lo largo de la orilla del río Miles. Los principales productos que se cultivaban allí eran tabaco, maíz y trigo. Crecían abundantemente. Con los productos de esta y otras granjas que le pertenecían, mi amo era capaz de mantener en actividad casi continua a un gran balandro para llevar productos al mercado de Baltimore. El balandro llevaba por nombre «Sally Lloyd» en honor a una de las hijas del Coronel. El yerno de mi amo, el capitán Auld, era el amo de la embarcación, cuya tripulación estaba compuesta por los esclavos del propio Coronel. Se llamaban Peter, Isaac, Rich y J ake. Los cuatro eran muy estimados por los otros esclavos, se les consideraba los privilegiados de la plantación; y es que no era poca cosa, a ojos de los esclavos, que tuvieran permiso para ver Baltimore.

El coronel Lloyd contaba en su plantación familiar con trescientos o cuatrocientos esclavos y poseía bastantes más en otras granjas aledañas de su propiedad. Las granjas más cercanas a la plantación familiar se llamaban «Wye Town» y «New Design». «Wye Town» tenía de capataz a un hombre llamado Noah Willis. «New Design» tenía de capataz al señor Townsend. Los capataces de estas y del resto de granjas, que sumaban más de veinte, eran asesorados y dirigidos por los mayorales de la plantación principal. Esta era el centro de negocios. Era la sede desde la que se gobernaban las veinte granjas. Todas las disputas entre capataces se dirimían aquí. Si se culpaba a algún esclavo de cometer alguna fechoría grave, negarse a obedecer o intentar huir, se le llevaba inmediatamente allí, se le azotaba cruelmente y se le embarcaba hacia Baltimore, donde se le vendía a Austin Woolfolk o a algún otro traficante de esclavos, a modo de advertencia para los esclavos restantes.

También aquí, los esclavos de todas las otras granjas recibían su asignación mensual de comida y sus vestimentas para todo el año. Los esclavos adultos, hombres y mujeres, recibían. como asignación mensual de comida ocho libras de carne de cerdo o su equivalente en pescado y un celemín de harina de trigo. Sus vestimentas anuales consistían en dos camisetas y un par de pantalones de lino grueso, una chaqueta, un par de pantalones para el invierno hechos en un basto paño negro, un par de calcetines y un par de zapatos. El importe total de todo no debía de exceder los siete dólares. Las asignaciones mensuales de los niños esclavos se les entregaban a sus madres o a las viejas que los cuidaban. A los niños que no podían trabajar en el campo no se les daba zapatos, calcetines, chaqueta, ni pantalones; sus vestimentas consistían en dos camisas de lino grueso para todo el año. Cuando estas se rompían, iban desnudos hasta el siguiente día de asignaciones. Se podía ver, casi desnudos, a niños de los siete a los diez años y de ambos sexos en todas las épocas del año.

A los esclavos no se les daba cama alguna, salvo que una manta gruesa se pueda considerar como tal, además de que tan sólo los hombres y las mujeres tenían derecho a ellas. Y, sin embargo, esto no se consideraba una privación demasiado importante. Más que la falta de cama, el problema era la falta de tiempo para dormir. Cuando acababa su día de trabajo en el campo, la mayor parte de ellos tenían que lavar, remendar y cocinar. y teniendo en cuenta que disponían de pocas o ninguna facilidad para realizar tales tareas, muchas de las horas de sueño las pasaban preparándose para ir al campo al día siguiente.

Y una vez acabadas las tareas, viejos y jóvenes, varones y féminas, casados y solteros, se echaban unos juntos a otros en una cama común: el frío y húmedo suelo; y cada cual había de cubrirse con sus míseras mantas. Entonces dormían hasta que los llamaba la corneta del encargado. Al sonido de esta, todos debían despertarse y dirigirse hacia el campo. No podía haber la menor demora, todos y todas debían estar en sus puestos, y desgraciado aquel que no oyera esa mañana la llamada al trabajo, porque si no se despertaba por el oído, le despertarían por el tacto. No se hacían distingos por edad o sexo. El señor Severe, el capataz, solía permanecer en la puerta del barracón, armado con un palo de nogal y un cinto de piel, preparado para azotar a cualquiera que tuviera la mala fortuna de no oír o que, por cualquier otra causa, no estuviera preparado para salir hacia el campo al sonido de la corneta.

El nombre de señor Severe le era adecuado:3 era un hombre cruel. Le he visto azotar a una mujer, haciéndole sangrar durante media hora seguida; y esto, además, delante de su hija que entre llantos imploraba la liberación de su madre. Parecía disfrutar manifestando su feroz crueldad. Además de cruel era un blasfemo. Bastaba con oírle hablar para que a un hombre normal se le helara la sangre y se le pusiera el pelo de punta. Escasas eran las frases que salían de su boca, frases que, sin embargo, siempre comenzaban o concluían con alguna horrible blasfemia. Desde el amanecer hasta la puesta de sol se pasaba todo el tiempo maldiciendo, despotricando, haciendo cortes y dando cuchilladas a los esclavos del campo de la manera más escalofriante. Su carrera profesional fue corta. Murió muy poco después de que yo pasara a pertenecer al coronel Lloyd; y murió como vivió: profiriendo, en sus gruñidos de agonía, venenosas maldiciones y horribles blasfemias. Los esclavos vieron su muerte como el regalo de una misericordiosa Providencia.

El lugar del señor Severe lo ocupó el señor Hopkins.

Era un hombre muy diferente. Menos cruel, menos blasfemo y menos ruidoso que el señor Severe. Se caracterizó por no hacer una demostración desmedida de crueldad. Azotaba, pero no parecía disfrutar haciéndolo. Los esclavos decían que era un buen capataz.

La plantación familiar del coronel Lloyd tenía el aspecto de una aldea. Todas las operaciones mecánicas para todas las granjas se realizaban allí. La fabricación de zapatos y remiendos, la herrería, la carretería, la tonelería, la tejeduría y la molienda de grano las realizaban los esclavos en la plantación familiar. Todo el lugar tenía un aspecto serio, muy diferente al de las granjas vecinas. El número de casas, además, hacía que pareciese más importante que aquellas. Los esclavos la llamaban «La Granja de la Gran Casa». Uno de los mayores privilegios para los esclavos era el de ser elegidos para ir a hacer recados a la «Granja de la Gran Casa». En sus mentes se asociaba con grandeza. Un diputado no podía estar más orgulloso de ser elegido para ocupar una escaño en el Congreso de los Estados Unidos de lo que lo estaría un esclavo de las granjas periféricas cuando lo elegían para hacer recados en la «Granja de la Gran Casa». Lo veían como prueba de la confianza que los capataces habían depositado en ellos. Es por esto, además de por el constante deseo de escapar del campo y de los latigazos del capataz, por lo que lo consideraban un alto privilegio que todos esperaban obtener algún día. Se pensaba que este honor se le concedía la mayor parte de las veces al hombre más inteligente y de mayor confianza. Los que competían por este cargo trataban de complacer al capataz del mismo modo que, en tiempo de elecciones, un candidato trata de complacer a la gente. El mismo rasgo de carácter se podía observar en los esclavos del coronel Lloyd que en los esclavos de los partidos políticos.

Los esclavos seleccionados para ir a la «Granja de la Gran Casa» a por su asignación mensual y la de sus compañeros se mostraban especialmente entusiasmados. En su camino, hacían reverberar a millas a la redonda los viejos bosques frondosos con sus cantos salvajes, cantos que revelaban a un tiempo el mayor júbilo y la más profunda de las tristezas. De camino a la granja principal componían y cantaban sin tener en cuenta tiempo o tono. Los pensamientos surgían, si no de la palabra, del sonido, y frecuentemente tanto de la una como del otro. A veces podían cantar los más lastimosos sentimientos en los tonos más arrebatados y los sentimientos más arrebatados en los tonos más lastimosos. En todas sus canciones hacían siempre para urdir algún tema relacionado con la Granja de la Gran Casa. Lo hacían sobre todo cuando partían hacia ella. Cantaban entonces con la mayor euforia la siguiente canción:

«¡Voy de camino a la Granja de la Gran Casa! ¡oh, sí! ¡oh, sí! ¡oh!»

Cantaban a coro, con palabras que muchos verían como de una jerga sin sentido pero que, sin embargo, estaban para ellos cargadas del mismo. A veces he pensado que la sola escucha de estas canciones le haría a una mente comprender el horrible carácter de la esclavitud con mayor claridad que la lectura de todos los volúmenes de filosofía escritos sobre el tema.

No entendía, cuando era esclavo, el sentido profundo de estas toscas y aparentemente incoherentes canciones. Estaba dentro del círculo; de manera que no podía ni ver ni oír, como no ven ni oyen aquellos que están incapacitados. Esas canciones contaban una historia que por aquel entonces estaba más allá de mi pobre entendimiento; eran tonos altos, largos y profundos; expresaban la oración y la denuncia de almas desbordantes con amargas angustias. Cada tono era un testimonio contra la esclavitud y una invocación a Dios para que les liberara de las cadenas. La escucha de estas notas salvajes siempre abatía mi espíritu y me llenaba de una tristeza inefable. Con frecuencia me sorprendía a mí mismo llorando mientras las escuchaba. La mera repetición de estas canciones, todavía ahora, me causa aflicción; y mientras escribo estas líneas, una expresión de tristeza ha encontrado su lugar bajando por mis mejillas. A través de estas canciones vislumbré mi primera idea del carácter deshumanizador de la esclavitud. Nunca me he librado de esta idea. Estas canciones todavía me persiguen, haciéndome profundizar con el oído en la esclavitud e intensificando mi compasión por los hermanos encadenados. Si alguien quiere comprender los efectos aniquiladores que tiene la esclavitud para el alma, que vaya a la plantación del coronel Lloyd un día de asignación, se sitúe entre los frondosos bosques de pino y trate de analizar en silencio los sonidos que le van a pasar a través de las estancias de su alma; y si esto no le impresiona será sólo porque no hay humanidad alguna en su inflexible corazón.

Desde que vine al Norte no dejo de asombrarme cada vez que encuentro personas que pueden hablar del canto de los esclavos como prueba de su satisfacción y felicidad. No es posible caer en un error mayor. Los esclavos cantan más cuanto más infelices son. Las canciones del esclavo representan los tormentos de su corazón; y sólo les calman de la misma manera que las lágrimas calman un corazón dolorido. Al menos, esa es mi experiencia. Suelo cantar para ahogar mis penas, pero casi nunca para manifestar mi felicidad. Llorar de alegría y cantar de alegría era algo poco común para mí cuando me encontraba bajo las fauces de la esclavitud. El canto de un náufrago en una isla desierta se puede considerar un canto de satisfacción con mayor propiedad que el canto de un esclavo; las canciones de uno y otro están provocadas por la misma emoción.

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