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Frederick Douglas, Vida de un esclavo americano escrita por el mismo, 1845 (1)

Frederick Douglass
Escrito por Debate Plural

 

Nací en Tuckahoe, cerca de Hillsborough, a unas doce millas de Easton, en el condado de Talbot, Maryland. No tengo conocimiento exacto de mi edad, y es que nunca he visto una auténtica partida de nacimiento que la indique. La mayor parte de los esclavos tienen tan poco conocimiento de su edad como los caballos de la suya y, hasta donde yo sé, es deseo de los amos mantener a su esclavos en la ignorancia. No recuerdo haber conocido a ningún esclavo que pudiera decir la fecha de su cumpleaños. Rara vez pueden aproximarse a ella de un modo más exaeto que indicando que fue por época de siembra o cosecha, de cerezas, en primavera o en otoño. La falta de información sobre mí mismo fue una fuente constante de infelicidad durante mi infancia. Los niños blancos podían decir su edad, sin saber por qué, yo estaba privado de ese privilegio. No tenía permiso para hacerle preguntas a mi amo sobre ese tema. Él consideraba que cuando tales preguntas provenían de boca de un esclavo eran impropias e impertinentes además de indicio de un espíritu rebelde. La estimación más aproximada que puedo hacer es que actualmente estoy entre los treinta y siete y los treinta y ocho años de edad. Llegué a esta conclusión cuando escuché a mi amo decir una vez en 1835 que tenía diecisiete años aproximadamente.

Mi madre se llamaba Harriet Bailey. Era hija de Isaac y Betsey Bailey, ambos de color, y muy oscuros. Mi madre era de tez más oscura que mi abuela o mi abuelo. Mi padre era blanco. Así lo han admitido todos aquellos a los que he oído hablar de mis padres. Se rumoreaba también que mi amo era mi padre, mas sobre la veracidad de tal opinión nada sé; las vías de conocimiento me fueron vetadas. Me separaron de mi madre cuando yo era tan sólo un infante; antes de que la pudiera reconocer como mi madre. Es costumbre habitual, en la zona de Maryland de la que yo escapé, separar a los niños de sus madres desde muy temprana edad. Es frecuente que, antes de que el niño haya cumplido los doce meses, cojan a su madre, la arrenden en alguna granja a considerable distancia y pongan al niño bajo la tutela de una mujer mayor, demasiado mayor como para trabajar en el campo. Por qué razón se hace esto es algo que no entiendo, salvo que sea para impedir que el niño desarrolle afecto por su madre o para debilitar el cariño natural de la madre por el niño. Al menos, ese es el resultado inevitable.

No vi a mi madre, reconociéndola como tal, en más de cuatro o cinco ocasiones en mi vida; y siempre durante poco tiempo y por la noche. Fue arrendada al señor Stewart, que vivía a unas doce millas de mi casa. Viajaba por la noche para verme. Hacía toda la distancia a pie después de su jornada diaria de trabajo. Trabajaba en el campo y no estar al amanecer en el puesto de trabajo se castigaba con el látigo salvo que el esclavo tuviera un permiso especial de su amo o ama que le eximiera, permiso que casi nunca concedían y cuando lo hacían era para poder vanagloriarse de ser buenos amos. No recuerdo haber visto jamás a mi madre a la luz del día. Me acompañaba durante la noche. Se recostaba conmigo y me dormía. Pero mucho antes de que yo despertara, ella ya se había ido. Entre nosotros hubo muy poca Frederick Douglas 2 comunicación. La muerte pronto acabó con lo poco que compartimos mientras vivió, además de con sus miserias y sufrimientos. Ella murió cuando yo tenía unos siete años, en una de las granjas de mi amo, cerca de Lee’s Mil. No me dieron permiso para acompañarla durante su enfermedad, ni tampoco en el momento de su muerte ni en su entierro. Se fue mucho antes de que supiera nada sobre ella. Sin haber disfrutado realmente de su tranquilizadora presencia y sus dulces y atentos cuidados, recibí la noticia de su muerte con la misma emoción que probablemente me hubiera producido la muerte de un extraño.

Al marcharse de repente, me dejó sin la menor información de quién era mi padre. Los rumores de que mi amo era mi padre podían ser o no verdad más, que fueran o no verdad es cosa para mí sin importancia, ya que el hecho, patente y detestable, es que los esclavistas tienen dispuesto -y la ley lo establece- que los niños de mujeres esclavas han de heredar sin excepción la condición de sus madres; y esto lo hacen, sin necesidad de ocultarse, para administrar su propia lujuria y hacer de la satisfacción de sus crueles deseos algo tan lucrativo como placentero. A través de tan astuto acuerdo, los esclavistas en no pocos casos sostienen con sus esclavos la doble relación de amos y padres.

Conozco ejemplos; y es importante destacar que tales esclavos sufren invariablemente grandes miserias y han de enfrentarse con más problemas que el resto. En primer lugar, sufren constantes ofensas de sus amas. Estas siempre están tratando de encontrarles defectos. Rara vez hacen los esclavos nada de su agrado; de hecho, nada hay que pueda agradarles más que ver cómo les azotan, sobre todo si sospechan que su marido dispensa un trato de favor a sus niños mulatos frente al que dispensa a sus esclavos negros. El amo se ve frecuentemente obligado a vender a esta clase de esclavos por deferencia hacia los sentimientos de su esposa blanca; y, aunque parezca cruel el hecho de que un hombre se vea obligado a vender a sus propios hijos a tratantes de carne humana, es frecuente que sea un deber de humanidad lo que le obligue a hacerlo ya que, si no lo hace, no sólo tendrá que azotarlos él mismo, sino que también tendrá que ver cómo alguno de sus hijos blancos ata a su hermano, iguales entre sí salvo por la tez un poco más oscura del segundo, y emplea un látigo ensangrentado sobre su espalda desnuda; y, si el amo entona una palabra de desaprobación, deja patente su trato de favor como padre y sólo logra que las cosas empeoren para él y para el esclavo al que trata de defender.

Cada nuevo año trae al mundo multitud de este tipo de esclavos. Fue sin duda al conocer este hecho como un gran estadista del Sur predijo el final de la esclavitud debido a las inevitables leyes demográficas. Se cumpla o no alguna vez esta profecía, es evidente que en el Sur está surgiendo una clase de gente, hoy víctima de la esclavitud, de aspecto muy diferente a los esclavos que se traían a este país desde África. Lo único bueno que traerá su aumento demográfico es que perderá fuerza el argumento de que Dios maldijo a Cam1 y que, por tanto, el esclavismo norteamericano es legítimo. Si la línea de descendencia de Cam es la única que puede ser esclavizada según la Biblia, no cabe duda de que en breve la esclavitud en el Sur dejará de ser bíblica, ya que son miles los que, como yo mismo, deben su existencia cada año a padres blancos, padres que, la mayor parte de las veces, son sus amos.

He tenido dos amos. El nombre de mi primer amo era Anthony. No recuerdo su apellido. Le solían llamar capitán Anthony, un título que presumo adquirió vendiendo una embarcación en la bahía Chesapeake. No se le consideraba un esclavista rico. Poseía dos o tres granjas y unos treinta esclavos. Sus granjas y esclavos estaban bajo el cuidado de un capataz. El capataz se llamaba Plumer. El señor Plumer era un borracho miserable, un blasfemo y un monstruo abominable.

Siempre iba armado con un cinto de piel de vaca y una porra muy dura. Sé de él que hacía cortes y laceraba en la cabeza a las mujeres de un modo tan horripilante que hasta el amo se encolerizaba con su crueldad y le amenazaba con azotarle si no entraba el solo en razón. El amo, no obstante, no era ningún esclavista humanitario. Necesitaba que un capataz se aplicara de modo extraordinariamente bárbaro para que le afectara. Era un hombre cruel, curtido por una larga vida de esclavismo. A veces, parecía disfrutar mucho azotando a un esclavo. Con frecuencia me he levantado al amanecer con los desgarradores gritos de mi propia úa, a la que mi amo solía atar a una viga y azotar sobre su espalda desnuda hasta que, literalmente, la cubría por completo de sangre. No había palabra, lágrima u oración alguna que pudieran apartar su corazón de hierro de su propósito sangriento. Cuanto más alto chillaba más fuerte la azotaba y cuanto más rápido corría la sangre más ptolongaba el castigo. Solía azotarla para hacerle chillar y entonces la azotaba hasta que se callaba; y sólo cuando le vencía la fatiga dejaba de mover su cinto empapado en sangre. Recuerdo la primera vez que fui testigo de esta horrible escena. Era tan sólo un niño, pero lo recuerdo perfectamente. y lo recordaré mientras me quede memoria. Fue la primera de una serie de atrocidades de las que me obligaron a ser testigo y parte. Me marcaron con una fuerza terrible. La puerta por la que tenía que pasar era la puerta manchada de sangre, la entrada al infierno de la esclavitud. Era un espectáculo absolutamente espantoso. Ojalá pudiera transferir al papel los sentimientos que me suscitó.

Este suceso tuvo lugar poco después de que me fuera a vivir con mi viejo amo y bajo las siguientes circunstancias. Mi tía Hester salió una noche -adónde o para qué, no lo sé- y ocurrió que mientras estaba ausente mi amo requirió su presencia. Él le había ordenado que no saliera por las noches y le advirtió que no quería verla nunca en compañía de cierto joven y que nunca olvidara que pertenecía al coronel Lloyd. El nombre del joven era Ned Roberts, más conocido como ‘Ned el de Lloyd’. La razón por la que el amo cuidaba tanto de ella es fácil de conjeturar. Se trataba de una mujer de formas generosas y agraciadas proporciones, con una presencia física que pocas igualaban y todavía menos superaban de entre las mujeres, blancas o de color, de los alrededores.

Tía Hester no sólo había desobedecido sus órdenes al salir, sino que la habían hallado en compañía de ‘Ned el de Lloyd’, circunstancia esta que, según lo que decía el amo mientras la azotaba, fue la principal infracción. Si hubiera sido un hombre bueno por naturaleza, hubiera mostrado interés en proteger la inocencia de mi tía; pero todos los que le conocen no pueden ni imaginar que pueda poseer semejante virtud. Antes de comenzar a azotar a Tía Hester, se la llevó a la cocina y la desvistió hasta la cintura, dejándo su cuello, hombros y espalda al desnudo. Entonces le dijo que juntara las manos, llamándola a la vez j-a p_a.2 Una vez hubo cruzado las manos, la ató con una soga recia y la condujo a un taburete bajo un enorme gancho clavado en una viga, puesto ahí para aquel fin. Hizo que se subiera al taburete y le ató las manos al gancho. Estaba ya preparada para el infernal propósito. Sus brazos estaban completamente estirados, para que se apoyara sólo en la punta de los pies. En esos momentos le decía: «¡Te voy a enseñar yo a desobedecer mis órdenes, j-a p-a!» y tras remangarse, comenzó a agitar el pesado cinto, y entonces la sangre, cálida, roja, comenzó a chorrear hasta el suelo entre los desgarradores chillidos de ella y las horribles blasfemias de él. Yo estaba tan aterrorizado y encogido por esa visión que me escondí en un armario y no me atreví a salir hasta mucho después de que la sangrienta operación finalizara. Pensaba que yo iba ser el siguiente. Todo aquello era nuevo para mí. No había visto nunca antes nada semejante. Siempre había vivido con mi abuela en los alrededores de la plantación, donde la habían dejado para que criara a los hijos de las mujeres más jóvenes. Hasta ese momento, había permanecido al margen de las sangrientas escenas que ocurrían en la plantación.

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