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La gran marcha de la hipocresía sionista

Escrito por Debate Plural

Jim Kavanagh (Rebelion, 11-6-18)

 

La Gran Marcha por el Retorno es una expresión sorprendente y poderosa de la identidad y resistencia palestinas. Miles de palestinos han salido a manifestarse, con valentía y sin pedir disculpas, para decir: “Nos negamos a seguir siendo invisibles. Rechazamos cualquier intento de destinarnos al montón de deshechos de la historia. Ejerceremos nuestro derecho fundamental a ir a casa”. Han hecho esto desarmados, frente al uso israelí de una fuerza armada letal contra objetivos (niños, prensa, médicos) deliberadamente seleccionados para demostrar la implacable determinación del Estado judío de obligarlos a volver a su sumiso exilio por cualquier medio necesario. Al manifestarse repetidamente en las últimas semanas, estos hombres, mujeres y niños increíblemente valientes han hecho más que décadas de ensayos y libros destinados a arrancar el aura de virtud del sionismo que ha venido velando los ojos de los liberales occidentales durante setenta años.

Lo que los israelíes han hecho durante las últimas semanas –matar al menos a 112 palestinos y herir a más de 13.000 (332 con lesiones que ponen en peligro su vida y 27 que necesitan de amputaciones)- es un crimen histórico equiparable a la Matanza de Sharpeville (69 asesinados), el Domingo Sangriento (14 asesinados) y el Movimiento de Birmingham como momento decisivo en la lucha en curso por la justicia y la libertad. Al igual que en esos sucesos, la carnicería de este mes [mayo y junio] puede convertirse en un punto de inflexión de lo que John Pilger llama correctamente “la ocupación y resistencia más largas de los tiempos modernos”; la subyugación continua e inacabable del pueblo palestino que, como el apartheid y Jim Crow, necesita al menos de una represión armada constante y de episodios de exterminio de vez en cuando.

El gobierno, los partidos políticos y los medios estadounidenses, que apoyan y hacen posible este crimen, son los cómplices criminales e ignominiosos del mismo. Los políticos, los medios y el pueblo estadounidense, que tan entusiasmados se mostraban todos manifestando su apoyo en aquellos tiempos (real para algunos; imaginado retrospectivamente para otros) del movimiento por los Derechos Humanos en Sudamérica y la lucha antiapartheid en Sudáfrica, que continúan ignorando la lucha palestina por la justicia contra el sionismo porque decir algo podría acarrearles alguna incomodidad, son unos hipócritas cobardes e impresentables.

Ya saben, esos millones de resistentes antirracistas que tienen que esperar el quórum de personalidades como Natalie Portman y la elite guay, preferiblemente judía, para que la crítica a Israel resulte aceptable antes de encontrar el valor para expresar la solidaridad con el pueblo palestino que siempre han llevado en sus corazones. Aquellos viejos tiempos en los que esperaban que Elvis denunciara a Jim Crow antes de decidir que era ya el momento adecuado de alinearse junto a MLK, Malcolm y Fred Hampton contra Bull Connor, George Wallace y William F. Buckley.

Falsedad

La bancarrota de la ideología liberal-sionista, supuestamente antirracista y liberal, y de las instituciones ideológicas, alcanzó su apogeo con el estallido de varias apologías de Israel a raíz del último crimen, no tan sutilmente incrustado en la evasiva de “lamento la trágica pérdida de vidas” balbuceada a través de todo el mediascape. Acumularon todos los temas retóricos habituales y los lanzaron a la batalla ideológica: “Israel tiene todo el derecho a defender sus fronteras” (junta editorial del New York Times); los “misóginos y homófobos de Hamas” fueron quienes orquestaron todo (Bret Stephens); los manifestantes son o “terroristas” de Hamas o robots manipulados por Hamas, no puede llamárseles “civiles” (Washington Post). Y, por supuesto, la pieza recurrente de la resistencia: ¡Los escudos humanos!

Prácticamente todos los expertos estadounidenses, en algún lugar de su discurso, están haciéndose eco del alegato israelí establecido por Benjamin Netanyahu durante el ataque israelí contra Gaza de 2014: que Hamas utiliza a los “telegénicamente a los muertos” para promover “su causa”. Que toda la Marcha del Retorno es “imprudentemente temeraria e insondablemente cínica” (Stephens). Que se “envió” a mujeres y niños a “encabezar las cargas” aunque habían sido “ampliamente advertidos… del riesgo mortal”. Que se trata de una “política de sacrificio humano” (Jonathan S. Tobin y Tom Friedman) puesta en escena por Hamas, “el grupo terrorista que controla las vidas [de los gazatíes]” para “que la gente muriera ante las cámaras” (Matt Friedman, artículo de opinión en el New York Times). La Casa Blanca, a través de su portavoz Raj Shah, adopta esta línea como respuesta oficial: “La responsabilidad de estas trágicas muertes recae directamente en Hamas”, que “de forma intencionada y cínica provocó esta respuesta” en “un repugnante intento propagandístico”.

Shmuel Rosner lleva a este tropo de los “escudos humanos” hasta su conclusión última de “no pedir disculpas” en su infame artículo de opinión: “Israel necesita proteger sus fronteras. Con todos los medios necesarios”. Sintiendo que “no hay necesidad alguna de involucrarnos en un duelo ingenuo”, Rosner afirma con toda franqueza que “proteger la frontera [o lo que sea] era más importante que evitar las muertes”. Ellos quieren sacrificios humanos, ¡pues les daremos sacrificios humanos! Reconoce que los gazatíes “se manifestaban porque están desesperados y frustrados. Porque vivir en Gaza no es mucho mejor que vivir en el infierno”, y que “el pueblo de Gaza… merece compasión y piedad”. Pero los palestinos buscaban “violar la integridad territorial [de Israel]”, por tanto, “Israel no tenía otra opción” que la de “trazar una línea que no pudiera cruzarse” y matar a todo el que intentara abandonar ese infierno. Era “la única vía para persuadir finalmente a los palestinos de que abandonen la inútil batalla por cosas que no pueden conseguir (“el retorno”, el control de Jerusalén, la eliminación de Israel). La alternativa es “más manifestaciones, y por ello, más derramamiento de sangre, en su mayoría palestina”.

Aunque reconoce que “los intereses de los palestinos no están en lo alto de la lista de mis prioridades”, sin embargo, Shmuel se siente cómodo hablando en su nombre. “Cree sinceramente que la actual política de Israel hacia Gaza beneficia en último término no sólo a Israel sino también a los palestinos”. En seguimiento de la sabiduría de “los sabios judíos” (¿presentando a Nick Lowe?), opina: “Quienes son amables con el cruel acaban siendo crueles con el amable”.

No temas, Shmuel, por la lamentable gente de Gaza: El miembro de la Knesset, Avi Dichter, nos reasegura que el ejército israelí “tiene suficientes balas para todos. Si todos los hombres, mujeres y niños de Gaza se reúnen ante nuestra puerta, por decirlo así, hay una bala para cada uno de ellos. Podemos asesinarlos a todos, no hay problema”. Amor sionista duro, en beneficio final suyo.

No hay nada nuevo aquí. Israel ha sido siempre consciente del gueto que creó en Gaza. En 2004, Arnon Soffer, demógrafo de la universidad de Haifa y asesor de Ariel Sharon, dijo: “Cuando 2,5 millones de personas vivan en una Gaza clausurada, va a haber una catástrofe humana… La presión en la frontera será horrible… Por tanto, si queremos seguir vivos, tendremos que matar y matar y matar. Todo el día, todos los días… Si no matamos, dejaremos de existir”. Y en 2007, cuando desafiaron de nuevo “la voluntad de Israel de hacer lo que él prescribe…, i.e., colocar una bala en la cabeza de cualquiera que intente trepar por la valla de seguridad”, Soffer replicó encogiéndose de hombros: “Si no lo hacemos, dejaremos de existir”. El único lamento de Soffer: “Lo único que me preocupa es cómo garantizar que los chicos y hombres que van a tener que asesinar puedan volver a casa con sus familias y ser seres humanos normales”. Una repetición del lamento de Golda Meir de “disparar y llorar”; “No podremos perdonar nunca [a los árabes] que nos obliguen a matar a sus niños”. ¿Quién quiere un duelo ingenuo?

Podemos señalar los errores reales y las crueldades concretas en las que se apoyan todas estas apologías.

Podemos señalar que Hamas no “orquestó” esas manifestaciones y que los miles de gazatíes que están arriesgando sus vidas no son instrumentos de nadie. “Siempre nos habéis mirado desde arriba”, le dijo un gazatí a Amira Hass, “por eso os cuesta tanto entender que nadie se manifiesta en nombre de otra persona”.

Podemos señalar que la valla que los israelíes están defendiendo no es una “frontera” (¿En qué país sobreviven los gazatíes?), sino el borde de un gueto, ese que el conservador primer ministro David Cameron llamó “un campo-prisión” gigante y el académico israelí Baruch Kimmerling llamó “el mayor campo de concentración que existe”. Es un campo al que el ejército sionista llevó a la fuerza a decenas de miles de palestinos. El derecho de esas familias (el 80% de la población de Gaza) a abandonar ese confinamiento y retornar a casa es un derecho humano básico destacado en el derecho internacional.

Podemos señalar que los gazatíes no están intentando cruzar una línea en la arena, están intentando romper un asedio y que: “El bloqueo es por definición un acto de guerra, impuesto y reforzado mediante la violencia armada. Nunca en la historia han existido el bloqueo y la paz uno al lado de la otra… No hay diferencia en el derecho civil entre matar a un ser humano estrangulándole lentamente o de un disparo en la cabeza”. Después de todo, esas fueron las palabras del ministro de Asuntos Exteriores israelí, Abba Eban, cuando estaba justificando el ataque de Israel contra Egipto en 1967. Y fueron recientemente confirmadas por la juez de Nueva York Mary McGowan Davis, quien dijo: “Hay que levantar el bloqueo de Gaza inmediata e incondicionalmente”.

Podemos señalar que no puede haber excusas en términos del derecho internacional moderno o de los principios de los derechos humanos para los “asesinatos masivos y lesiones incapacitantes calculados e ilegales (HRW) de manifestantes desarmados que permanecían de pie en silencio, o arrodillados y rezando, o caminando, o atendiendo a los cientos de heridos a cientos de metros de cualquier “valla” de los disparos efectuados no en la confusión de la “niebla de la guerra” sino con fuego de francotirador preciso y específico (que, en la práctica militar estándar, requeriría equipos de dos hombres).

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