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Libros: El libro de Manolito y Francis, y 5. Trujillo en el poder

Escrito por Debate Plural

Mu-Kien Adriana Sang /El Caribe, 12-5-18)

 

Después de la jura celebrose solemne Tedeum en la Catedral Primada y a continuación tuvo lugar en el palacio de gobierno el “Brindis Oficial” en el cual el nuevo presidente, General Trujillo, volvió a leer otro discurso consagrado a rememorar la fiesta patria cuyo aniversario se celebra también. En este día conmemora el pueblo dominicano la recuperación de su libertad después del abandono de las tropas españolas en 1865 tras cinco años de anexión. No es por lo tanto fecha que se preste a grandes efusividades hacia España y sin embargo, he aquí el párrafo conmovedor que leyó el General Trujillo en su hermoso discurso y en el cual palpita una mente el amor a la nación progenitora:

“Estremecimientos de angustias y de asombro que cundieron por todos los ámbitos nacionales, en el mismo histórico baluarte, símbolo de nuestra independencia, sobre el cual se desplegó a los vientos por primera vez nuestra enseña tricolor, se alzó dominadora la bandera rojo y gualda, de la España colonizadora, la de la nación gloriosa que a través del tiempo y cuando ya se ha extinguido felizmente, el fragor de nuestras contiendas emancipadoras, contempla con orgullo este despliegue de naciones hispano-americanas, emplazadas sobre el haz de todo el continente en un alarde de vitalidad y de grandeza, orgullosas de su estirpe prócera e identificadas en un empeño común por estrechar constantemente sus vinculaciones con la madre preclara que nos legó su lengua polícroma, su fina espiritualidad y su eterna e indomable vocación de libertad e independencia”.[1] Meruéndano.

Como dicen los autores, esas palabras de Trujillo fueron muy halagadoras para el diplomático español, “a pesar de no ser la República Dominicana – como subraya el propio diplomático- el país hispanoamericano que ha recibido más prueba de cariño por parte de España”. [2] Escriben García Arévalo y Pou, que ese sentimiento reflejaba el sentimiento de una importante élite intelectual en el país. “Y, en general, la mayoría de los dominicanos en su empeño de aferrarse a las raíces hispánicas para sustentar la identidad nacional, en oposición a la injerencia norteamericana en la vida nacional y el tradicional antagonismo limítrofe, migratorio y cultural con Haití”.[3]

Trujillo tomó posesión en agosto, y el día 3 de septiembre, en horas de la tarde, llegaron a la capital unos intensos vientos huracanados procedentes del mar Caribe que embistieron con fuerza inusitada las costas de Santo Domingo, destruyendo la ciudad capital y dejando a su paso desolación vulnerable y perpleja. Al día siguiente, el representante español escribió al Ministerio la noticia de la catástrofe a través de este telegrama:

“TERRIBLE CICLÓN DESTRUYÓ COMPLETAMENTE CIUDAD SANTO DOMINGO; NUMEROSOS MUERTOS Y HERIDOS; RESIDENCIA CONSULAR COMPLETAMENTE DESTRUÍDA; ESPAÑOLES MUERTOS UNOS 20; RUEGO LE EXPONGA GOBIERNO ENVÍE SOCORROS ALIVIAR HORRENDA MISERIA”. MERUÉNDANO [4] El desastre fue mayúsculo. Más calmado y con paz para escribir y describir lo que había dejado el ciclón San Zenón, Meruéndano hace una descripción profunda y desgarradora:

La tremenda crisis que ya atravesaba el país se agravará naturalmente hasta el límite máximo. Será necesario una energía enorme para remediar tanto daño y el problema que se plantea es –según muchos- superior a la capacidad y mentalidad dominicana. Por de pronto las dos grandes cuestiones que se han presentado –las sanitarias para evitar una epidemia- y la relativa a la alimentación de la población se van resolviendo con inquietante lentitud. Queda aún muchos cadáveres por enterrar bajo los escombros y se teme que estalle una epidemia; la limpieza de la ciudad se lleva a cabo con gran lentitud como es natural la población vive en unas condiciones antihigiénicas tremendas. La reconstrucción es un problema que pasa a segundo término probablemente el gobierno se verá precisado a contratar un empréstito o a adoptar medidas drásticas sometiendo a impuestos y contribuciones extraordinarias a los propietarios ricos si es que tales propietarios existen aún. El comercio pide ya una moratoria y el pueblo alojamiento y víveres (…).

La ayuda internacional vino. La comunidad internacional no se hizo esperar. Muchas naciones del continente se hicieron presentes. La ayuda humanitaria llegó, permitiendo que la población recuperara un poco de esperanza. Meruéndano jugó un papel vital en la ayuda a sus conciudadanos españoles.

Una vez superada la tragedia del devastador huracán, momento en que el gobierno de Trujillo se empleó a fondo para mejorar la situación, el dictador comenzó a esbozar las bases de su régimen. El ciclón además de tragedia nacional, le permitió al gobierno utilizarlo como propaganda y circunstancia para proclamar la Ley Marcial. Como afirman los autores:

“El ciclón en no escasa medida, le dio a Trujillo la legitimidad política y le puso en bandeja, además, la anuencia del Congreso, que le asignó poderes especiales para actuar conforme a las circunstancias. Aun así, la oposición no dejó de denunciar que el gobierno utilizaba el desastre como pretexto para suspender las garantías constitucionales. Por eso, Trujillo, hábilmente, pidió que le retiraran los poderes extraordinarios que le habían sido conferidos un mes antes, dando muestras de un aparente apego a la institucionalidad democrática con miras a reivindicar la legitimidad de su gobierno”. [5]

Parece ser que el diplomático Javier Meruéndano agotó sus fuerzas después del paso del ciclón San Zenón. Primero pidió una licencia de tres meses y finalmente partió definitivamente del país. Trujillo, por su parte, fortalecido, erigió su dictadura y permaneció en el poder por tres décadas.

Al concluir su gestión en Santo Domingo, Francisco Javier Meruéndano se había cifrado unas expectativas positivas de la gestión gubernativa emprendida por Trujillo, sin llegar a captar la verdadera naturaleza del régimen. Creyó ver en él a la persona apropiada para realizar las reformas de tipo regeneracionista que, a su entender, requería el país. Sin embargo, sus valoraciones resultaron prematuras, más bien fueron ecos de un espejismo, pues solo conoció los primeros meses de ese gobierno, cuando aún no se había definido su carácter dictatorial y despótico. De ahí que el representante español albergara esperanzas con relación a la estabilidad y el progreso que le aguardaban a la nación bajo la férula del encumbrado militar. [6]

Ahí termina el magnífico libro escrito por los amigos y colegas Manuel García Arévalo y Francis Pou. Una obra donde se ratifica que la utilización de las fuentes diplomáticas es esencial para conocer perspectivas distintas acerca de los importantes sucesos de nuestra historia que son vividos y analizados por testigos de excepción.

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