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Libros: El libro de Manolito y Francis (1)

Escrito por Debate Plural

Mu-Kien Adriana Sang (El Caribe, 14-4-18)

 

El caudillismo latinoamericano hundía sus raíces en los vacíos de poder del colonialismo español, proclive a los liderazgos donde mediaban las lealtades primordiales, los rituales ideológicos y los sustratos materiales que comprometían a personas y fortunas. Este caudillismo clásico posterior a las revoluciones emancipadoras, que aparecía vinculado a los sectores terratenientes menos dinámicos de las sociedades, conoció un inevitable eclipse durante la segunda mitad del siglo XIX, cuando los viejos “líderes a caballo” acabaron por ser controlados o eliminados por los nuevos grupos dominantes de carácter civil, que desarrollaron crecientes necesidades económicas que impulsaron la centralización nacional del poder y una nueva alianza de intereses de clase. En la mayor parte de América Latina, la época del caudillismo fue declinado desde 1870, cuando se percibió esa tendencia hacia la centralización política. Dada la ausencia de una sólida cultura democrática, la alternativa fue el asentamiento de “dictadores nacionales”, surgidos ellos mismos de la lucha caudillista, pero comprometidos con un proyecto modernizador. El desarrollo de la economía precisaba de una política nacional con un liderazgo nacional, que en ocasiones fue ejercido por un caudillo como Porfirio Díaz en México, Antonio Guzmán Blanco o Juan Vicente Gómez en Venezuela, Justo Rufino Barrios en Guatemala, Eloy Alfaro en Ecuador o Benardino Caballero en Paraguay. A estos cabría añadir los dirigentes dominicanos desde Ulises Heureaux a Horacio Vásquez.
Eduardo González Calleja.

Hace varios meses que este libro se puso a circular. Estaba en mi escritorio esperando pacientemente que iniciara la serie de artículos sobre esta importante obra que aborda la caída de Horacio Vásquez y la irrupción de Trujillo al poder.

El caudillo Horacio Vásquez, aunque tuvo una participación política importante desde finales del siglo XIX, al participar en el complot-ajusticiamiento de Ulises Heureaux; y en las tres primeras décadas del siglo XX por su lucha inter caudillista con Juan Isidro Jiménez, por haber creado un “partido político” que se llamaba “Los Coludos” contra el “partido de los jimenistas” que se autodenominaban “Los Bolos”. Vásquez llegó a la presidencia de la República en varias ocasiones, y fue el presidente que modificó dos veces la Constitución de la República para poder reelegirse. Ha sido, sin duda alguna, la inspiración para que muchos presidentes posteriores hicieran lo mismo.

A pesar de su presencia política por casi cuatro décadas, Horacio Vásquez ha sido poco estudiado. En los últimos años se ha despertado un interés de rescatar su memoria. Su familia creó una fundación y se han hecho seminarios para evaluar sus aportes.

En el año 2017 se publicaron dos obras sobre su participación política. El primero fue escrito por el amigo y Miembro Correspondiente de la Academia Dominicana de la Historia, Eduardo Tejera. Su título es: “El gobierno de Horacio Vásquez, 1924-1930”. Una obra que según Eduardo García Michel, a la sazón presidente de la fundación y familiar del caudillo, constituye “una magnífica contribución para entender el liderazgo y la obra de uno de los líderes de mayor proyección que ha tenido el país”.

El otro libro fue escrito por los amigos Manuel García Arévalo (Manolito para todos), Miembro de Número y Tesorero de la Academia Dominicana de la Historia; y su esposa, Francis Pou de García, una enjundiosa socióloga, militante activa y apasionada de la lucha contra todo vestigio de dictadura, especialmente la de Trujillo.

Manolito es un conocido empresario, historiador y activista cultural. La Fundación García Arévalo, creada en los años 70, ha hecho grandes aportes a la comunidad nacional, a través de publicaciones de interés histórico y antropológico. Además de empresario y funcionario público, ya que ostentó la posición de Ministro de Industria y Comercio durante el último período de Leonel Fernández, y como miembro de la Junta Monetaria del Banco Central de la República Dominicana.

Activo como es, ha escrito más de 20 obras y decenas de trabajos en revistas especializadas y publicaciones periódicas. Con Juan José Arrom escribió “La inmigración española y la fundación de la Casa de España en Santo Domingo” (1987). Con José del Castillo escribió “Antología del merengue” (1989) y “Artesanía dominicana” (1991). Junto a Juan Daniel Balcácer escribió la obra “La independencia nacional de la República Dominicana” (1992).

Uno de sus mayores intereses es sin duda el período pre-hispánico. Sus obras así lo demuestran: “El arte taíno y la identidad nacional dominicana” (1999), “El ayuno del behique y el simbolismo ritual del esqueleto” (2001), “Los taínos en los apuntes de Cristóbal Colón” (2003), y, “La frontera tipológica entre los objetos líticos de la cultura taína” (2005), solo para citar algunos.

Esta nueva obra escrita por la pareja de amigos, tiene la virtud, y esto constituye sin duda, su gran aporte, de que se hizo un amplio trabajo consultando las fuentes del Ministerio de Asuntos Exteriores de Madrid, principalmente, y completado con las fuentes del Archivo General de la Nación y el National Archive de Londres. Una amplia, amplísima bibliografía, que le permitió a los autores contar un sólido sustento teórico. La obra cuenta con 485 páginas. El índice onomástico fue elaborado por José Chez Checo. El libro está dividido en nueve capítulos. Al final se anexan 29 documentos, así como una secuencia de imágenes de la toma de posesión de Trujillo en 1930.

El interesante y profundo prólogo fue escrito por Eduardo González Calleja, reconocido historiador español especializado en la Edad Contemporánea, catedrático en la Universidad Carlos III de Madrid.

Al final de la obra se presenta una semblanza de Francisco Javier Meruéndano y Fermoso, el diplomático español que sirvió en el país a partir de abril de 1929, y duró hasta mayo de 1930. Y como bien escriben los autores: “Durante su estancia en República Dominicana, Meruéndano demostró sus dotes de diplomático, las cuales se evidencian en la profesionalidad de los informes que legó a la posteridad y que hoy se muestran decisivos para esclarecer algunos episodios de la historia dominicana. (…) le tocó vivir los estragos iniciales de la Gran Depresión, unidos a la convulsión política de 1930, que lo convirtió en testigo de excepción de la naciente dictadura de Trujillista”.

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