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Política exterior norteamericana para el Caribe y la República Dominicana (y 2)

Escrito por Debate Plural

Alvaro A. Caamaño y Ramón E Paniagua H. (Crisis de la dominación oligárquico-burguesa, Archivo General de la Nación 2017)

 

Con esa perspectiva se procura promover el modelo desarrollista de Puerto Rico como un resultado de lo que la Alianza para el Progreso podía proporcionar a los países de América Latina y el Caribe. La administración Kennedy, en el escenario electoral de 1962 en la República Dominicana, aunque prefería a los cívicos, trató o realizó ingentes esfuerzos para atraer a Bosch a esta corriente «aliancista», sin lograr una adscripción incondicional de este, de ahí el frío trato de Kennedy al gobierno de Bosch.

Podría afirmarse que la instauración del gobierno de Bosch vino a constituirse en un obstáculo a la política exterior de la administración Kennedy. Por su concepción liberal, Bosch quedaba inserto en los principios de la no alineación y esto debilitaba sensiblemente el frente anticastrista propuesto por la administración Kennedy.

En este escenario se planteaba una doble contradicción entre la política exterior norteamericana para el Caribe y la política liberal de Bosch. Primero, fraccionaba el bloque anticastrista en el plano exterior; segundo, en el plano interno, la no restricción a la libre expresión y movilidad de la izquierda dominicana mantenía en carne viva los temores norteamericanos de un desbordamiento de la izquierda, que eventualmente agregaría mayor volatilidad a la región.

A ese caldeado escenario de posiciones confrontadas entre el gobierno de Bosch y la administración Kennedy en materia de política exterior, venía a sumarse la crisis domínico-haitiana.5

De producirse el derrocamiento de la dictadura de Duvalier –razonaban los estrategas norteamericanos–, se potenciaría a unos niveles explosivos o catastróficos la ya precaria estabilidad de la región, por lo que la respuesta de la administración Kennedy fue enérgica y devino en un punto en extremo neurálgico de las relaciones Kennedy-Bosch.

El desenlace de la crisis domínico-haitiana evidenciaba que la gestión de Bosch se convertía en un obstáculo para los objetivos de política exterior norteamericana, que no eran simplemente de carácter económico6 sino, y sobretodo, de un alto valor estratégico, dado que la Revolución Cubana insertaba a la región en la confrontación este-oeste en el contexto de la Guerra Fría, en un punto que esta había llegado a su clímax por la crisis de los misiles de 1962.

Evidentemente la dinámica del proceso político dominicano en el plano interno, «su tolerancia a los comunistas», y en el plano externo la política de no alineamiento, obstruyó de manera significativa los objetivos de política exterior de la administración Kennedy, siendo el punto culminante de este «desencuentro» la crisis domínico-haitiana.

Otro punto sin dudas decisivo en la posición de la administración Kennedy frente al gobierno de Bosch, lo constituyó la actitud de este frente algunas empresas de capital norteamericano y las gestiones de préstamos ante a un consorcio angloholandés: la Overseas LTD.

Desde la lógica norteamericana, esto rompía con el marco casi neocolonial en que la República Dominicana había quedado desde la crisis financiera que generó la caída de la dictadura de Heureaux (1899) y que colocó al país, en los hechos, en un verdadero protectorado norteamericano (1899-1915) luego de la intervención militar directa (1916-1924).

Planteadas así las cosas, se produjo una situación de no retorno entre la administración Kennedy y el gobierno liberal de Bosch, distanciamiento, en todo caso, no exento de contradicciones en la cúpula kennedyana7 que, de igual manera, se reflejó en el personal de la embajada norteamericana en República Dominicana.8

En la administración Kennedy se hicieron evidentes las actitudes de distanciamiento y enfriamiento que no eran más que las consecuencias de las agudas contradicciones que, en esos momentos, se producían en los más altos círculos dirigentes de las diferentes agencias de poder del gobierno de los Estados Unidos, lo cual enfrentaba a liberales y conservadores, sobre todo a aquellos que tenían poder de decisión en el ámbito diplomático y sobre todo en los organismos militares.

Es evidente que en el rejuego de estas contradicciones entre liberales y conservadores, los halcones se impondrían, ante el hecho cierto de que Bosch, definitivamente, no asumía una adscripción incondicional a los lineamientos o perfiles que se le requerían frente a la cruzada anticastrista de la administración Kennedy. Frente a esta realidad, los liberales, al parecer, se apartaron y el tropel conspirador interno, auspiciado por el ala conservadora, enquistada en la embajada norteamericana, consumó el golpe de Estado del 25 de septiembre de 1963.

Política exterior

Si bien es cierto que el derrocamiento de Bosch fue la expresión concreta de la incapacidad de la burguesía dominicana –visto en su conjunto– para implementar un proyecto consono con sus intereses, también lo fue la intermediación injerencista norteamericana, que expresó determinados niveles de inconsistencia frente a la gestión administrativa de Bosch.

Las contradicciones de la administración Kennedy con la plutocracia que detenta el poder real en Estados Unidos, se dejaron sentir con evidente crudeza en la gestión de Bosch, durante la cual se pueden constatar posiciones contrapuestas en el desenlace trágico que culminó con el asesinato del presidente Kennedy en noviembre de 1963.

A partir de ese acontecimiento, la política norteamericana con respecto a la crisis dominicana fue más coherente y claramente definida en cuanto a favorecer los intereses de los sectores de la oligarquía burguesa que, de todas maneras, no hizo más que precipitar precisamente lo que más temían los norteamericanos: una insurrección popular, que quebraba el orden neocolonial vigente desde la intervención militar de 1916, cuya restauración implicó una segunda intervención militar en abril de 1965.

En resumidas cuentas, el factor geopolítico contextualizado en la Guerra Fría, fue un elemento en extremo desfavorable a la gestión boschista, en tanto la exacerbación de la crisis con el caso cubano (crisis de los cohetes, Bahía de Cochinos) extremó la intransigencia norteamericana, en los términos de exigir a los gobiernos del área una adscripción incondicional a su política exterior frente a Cuba; exigencia que en el plano político y particularmente por la complexión ética de Bosch, era inaceptable. Aunque Bosch no la confrontó públicamente, sus acciones evidencian que no se plegó.

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