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Lula y el desafío de Brasil frente a la crisis de representatividad

Escrito por Debate Plural
Vanessa Dourado/Virginia Bolten (Rebelion. org, 16-4-18)

 

Los últimos acontecimientos en Brasil llaman la atención por su nitidez estratégica. No hay más pudor en demostrar que la embestida golpista se profundiza. La forma con la cual el Superior Tribunal Federal  (STF)  juzgó a Lula es una evidencia de esto.

Utilizando argumentos políticos, los magistrados negaron el habeas corpus a Lula. Apelaron, en la instancia que juzga cuestiones de constitucionalidad,  a  argumentos anti-corrupción y defendiendo que habría que escuchar al “sentimiento social”. Según el especialista Nabor Bulhões –en entrevista a Folha de São Paulo– el reemplazo del principio de la legalidad por el sentimiento de la nación ya llevó a tragedias históricas, como se nota en el párrafo 2° del Código Penal  alemán del nazismo: “Delito es todo lo que hiere el sano sentimiento de la nación aria”.

Mientras los magistrados hablaban “en nombre de la nación”, el pueblo salió a las calles a denunciar la condena del expresidente sin pruebas y sin legitimidad constitucional. Las protestas  parecían no existir para los medios de comunicación y para los juristas. La conmoción de los magistrados fue selectiva.

La persecución política a Lula llega a su máxima expresión. El insólito juzgamiento –que seguramente entrará a la historia como una aberración jurídica– dejó el camino abierto para que el expresidente vuelva a movilizar las bases. Mientras se consolidaba el veredicto, muy probablemente ya acordado en alguna mesa de negociación palaciega, los movimientos sociales  tomaban las calles. El intento de rescatar algún mínimo dispositivo democrático confrontaba a la autoridad de las togas politizadas.

Frente al fallo que fue comprendido como grave ataque a la democracia y como un avance reaccionario con rasgos fascistas, las izquierdas se juntaron para resistir, denunciar y dialogar. Mientras los medios intentaban construir la imagen de un Lula delincuente,  la movilización en las calles decía que Lula seguía ocupando el lugar del más importante líder popular de la historia reciente de Brasil. La burbuja se rompió y ya no se podía esconder lo que estaba pasando en el país.

La apuesta en despolitizar a la sociedad para lograr ascender al poder por las vías electorales había fallado. Lula, a pesar de todo, es el elegido del pueblo, sigue liderando las encuestas presidenciales. El pueblo, marcado por la agonía de la hambruna, tiene memoria fuerte y no hay análisis político de la más alta calidad que pueda borrar esto. Las contradicciones de Lula y del PT, la política de conciliación sin límites y las negociaciones características de los gobiernos progresistas latinoamericanos no obstaculizaron la unidad para resistir al enemigo común.

Aún en luto por el asesinato de Marielle Franco y Anderson Gomes, la condena violenta y autoritaria a Lula entremezcla impresiones; el sentimiento de una vuelta al pasado es inevitable, la amenaza concreta, el discurso del odio, las agresiones a las personas por sus ideas y la censura. El enemigo creado por los medios de comunicación y sus socios está listo para nacer y explotar.

Pero algo se aprendió. Lula, tal vez, ya con la madurez de sus 72 años y una envidiosa habilidad política, haya querido decir que es necesario cambiar los métodos, cuando salió a hablar de la necesidad de nuevos y jóvenes liderazgos  junto a Boulos y Manuela irguiendo los puños para defenderse de lo inevitable.

Todavía aún no se ha llegado a los límites. Las potentes protestas sociales que tomaron las calles contra las reformas  y el ajuste impuestos por Temer, las huelgas,  las tomas de los colegios y la primavera feminista tienen un grado de radicalidad distinto de las manifestaciones que se dan hoy en Brasil. Si defender la democracia es esencial, defender la vida concreta de unx aún es lo que más convoca y contiene un germen rupturista sin lo cual no es imposible cambiar las estructuras.

La apuesta a las elecciones es un camino –y en el contexto actual esta elección es importante para el rumbo del país, ya que el segundo favorito es Jair Bolsonaro, candidato de la extrema derecha–,  todavía no debería ser el único ni lo más importante. Brasil, este país tan grande, diverso y despolitizado necesita empoderarse. Las voces y los cuerpos de las favelas, la fuerza de la juventud, la resistencia de los pueblos indígenas, el coraje de las mujeres, la osadía de los movimientos LGBT y de negros y negras entrecruzando las peleas entre el campo y la ciudad, son los que pueden, realmente, modificar el futuro del país. Todo lo demás es parte pequeña de una pintura que contiene el paisaje, pero a la que le falta los personajes.

Para ello, pensar la democracia afuera de los espacios institucionales es clave. Lograr canalizar el rechazo por la política –comprendida por el conjunto de la sociedad como institucionalidad– para la construcción de poder popular y horizontal es el camino más plausible para frenar el avance autoritario de las fuerzas reaccionarias. Mientras no se comprenda que la disputa por el poder es la principal responsable por lo que está pasando en Brasil hoy, no habrá figura, por más popular y representativa que sea, que tenga condiciones de hacer con que la Historia no se repita como farsa.

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