Cultura Nacionales

La lluvia que no cesa (2)

Escrito por Debate Plural

Marcio Veloz Maggiolo (Listin, 2-2-18)

 

“La lluvia, como la vida, tiene sus cosas”, decía Míster Grass, acomodando los hechos a favor de su suerte.

Ese día húmedo, misterioso y sutíl, nuestra preocupación por el deterioro del idioma del barrio se reflejó en todos los textos políticos leídos en voz alta en las iglesias golpeando un sinfín de escapularios, cátedras en las universidades y jardines, hasta tropezar con las hojas nada literarias de las canasteras del Mercado Modelo, y los llamados del Centro Social Obrero y del Centro de Detallistas, en donde oradores juveniles desertaban del idioma con asombro de los dioses de la ortografía, y donde el perfume del Egeo se esfumaba por la primera vez al entender, como en un lenguaje pleno de filigranas, las nuevas palabras mestizas, que colgaban, inmaduras atrapadas por los aldeanos gracias a las sugerencias culturales del Partido Dominicano, que con aedas del siglo las dispersaban de provincia en provincia, cuando las ramas del Parque Julia Molina, saturadas por el clamor odorífero del árbol de Ilang-Ilang, chocaban movidas misteriosamente para encofrar nuevas palabras sustitutas y Ella las escuchaba como burda expresión, su apego al amor transformaba en florilegios.

La lluvia torrencial, y barroca, sonora como un endecasílabo de Garcilaso y formadora de los afl uentes del Arroyo Tamayo en nuestro barrio, era la promotora de nuestras imágenes particulares, de los centauros, canes, minotauros inventados en el Bar El Pino, los que basureaban, y defecaban en las cunetas y postes contribuyendo a la distorsión del universo, arrastrando desde Villa Francisca hacia el sur, los tanques ahítos de impurezas, donde también las letras elogiosas para la dictadura, todas escritas en gótico fl orido por los pendolistas de turno, fermentaban, rehaciéndose, conformando una papilla que por su unidad argumental y temática, terminaba consolidándose en un material literario utilizable en los centros educativos. “! ¡Partido Dominicano, de la patria la expresión!”.

Todos nos compungíamos sin saber por qué.

Mientras tanto el bolero “en el juego de la vida”, era el himno nacional de la medianoche oculta en la vellonera de Flor Cabrera y Daniel Santos, nuestro Enrico Caruso. Ya la naciente bachata se escondía sudorosa en las letras de El Cuartito, salpicado y acuareloso (“el cuartito está igualito desde cuando te fuiste…tu retrato con fl ores, porque aquí tú eres Dios”) y era de rigor imaginar la fi gura acuarelada de Panchito Riset con su sonrisa a punto de reventar.

Entonces yo estaba empeñado en conocer el origen del arcoíris, y tú la veracidad de “el rayo que no cesa”, proclamado por el poeta Miguel Hernández. Vivíamos como en las órbitas de algún satélite de barrio. Flotamos en un soñar con los versos de Bécquer y los poemas imitadores de Rafael de León. “Dije que me daba igual”.

Mientras con inteligencia precoz me observabas con tu sentido de caligrafía Palmer, y de Billiken y Leoplan, revistas de la infancia, el silencio tuvo mayoría de votos cuando dijiste “Dios, Dios, danos la conversación perdida, devuélvenosla.” Hay conversaciones que como “el rayo” del poeta, pueden ser hirientes, eternas y recuperables.

Dioses ajenos a los de Jehová persistieron en nuestro cronograma donde una lluvia de estrellas se “estrellaba” y estallaba a tu paso.

Por las avenidas un nuevo sonar de aguaceros imberbes e ignorantes invadía los cartelones cinematográfi cos dibujados por el Polaco, pintor de guaguas, y en los cines Max y Apolo el maestro Cándido Bidó se inauguraba, niño, como cartelista protegido por las monjas del Colegio Serafín de Asís.

Íbamos de manos con el tiempo y reducíamos el amor para entenderlo mejor. La luna de Villa Francisca, diferente de las de García Lorca intentaba justifi car el “encanto” de amaneceres con “horizontes de perros” lejanos del rio, cuyos ladridos desaparecían al roce de la luz decadente.

Dijiste si, y las lluvias futuras detuvieron sus pasos y en los humedales algunas algas renacieron y las yerbas presurosas, ungidas de amor, fueron habitaciones nuevas para el cariño. Te dije, “saldremos a los campos a predicar nuestra dicha, pero una nube de polvo estelar, auténtico milagro sin motivos aparentes se hizo largo futuro, para retornar luego, apremiado por paisajes nuevos, de voces abotonadas en mi camisa y en tu falda sonora. Pensé en el sueño de hadas azules y convergentes que la abuela amistosa nos narraba, y en los versos de Héctor José de Regla Díaz, y deprimido por las sombras, anduve a ciegas para encontrarte a veces profundamente herida, como un gorrión derribado del nido por el viento, por la lluvia de siempre, la que no cesa, como si fuese también el rayo del guerrero condenado a muerte republicana.

Desde entonces te amé nuevamente sin darme cuenta de que los siglos y milenios han pasado ignorando que el origen de nuestra conversación, bajo un mayo o un octubre de aguas primarias, haya podido ser explicado y sin que el rumor de palabras que discuten entre el tintineo de las gotas de lluvia haya desaparecido.

Philon decía que la eternidad vacila a veces frente a los aguaceros de barrio. Agradecido por el pensamiento de los demás, del cual se nutre la feraz tierra de la fi losofía; la del “deinda philosfare” no ha sido más que un subterfugio acuoso, un prístino intento de entender la vida, la que nacida al ritmo de nebulosas aterriza en el mundo de la biología para convertirnos en protozoarios y nostalgias, como dijera el poeta, y luego en teoremas, pujos científi cos y frondas de ADN. Mientras tanto y mientras menos, la lluvia no ha cesado, pertenece, sin dudas a la parte húmeda y correntía de la eternidad.

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