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Las fantasías neoliberales de Macri

Escrito por Debate Plural

Claudio Katz (Rebelion. org, 24-3-18)

 

A mitad de su mandato Macri no puede ocultar el monumental abismo entre sus promesas y la realidad. Auguraba una lluvia de dólares para bajar la inflación, con alto crecimiento, creación de empleos, boom de emprendedores y erradicación del asistencialismo.

También pronosticaba una drástica reducción del déficit fiscal y un manantial de dinero para obras públicas proveniente del fin de la corrupción. Proclamaba, además, que el “retorno al mundo” sería premiado con un gran financiamiento productivo y una expansión de las exportaciones.

El incumplimiento de estas previsiones fue muy visible desde el principio. Por eso el gobierno trasladó el despegue para el segundo semestre y luego pospuso el debut para el año siguiente. Ahora disfraza con nuevas artimañas sus magros resultados.

PRETEXTOS Y ENGAÑOS

Los voceros de Cambiemos presentan como un gran logro la reducción de la inflación, que inicialmente duplicaron. El porcentual del bienio llegó al elevadísimo 73%. La meta del 2016 era 12% y fue 41% y la pauta del 17% para el año siguiente terminó en 24%. Con la única excepción de un pico en 2014 (38%), la inflación del PRO ha superado todos los promedios desde 1991. La ausencia de datos creíbles durante la década precedente no impide corroborar esa conclusión, con numerosas estimaciones alternativas.

Los datos de algunas investigaciones (CIFRA, 2018) desmienten los anuncios del gobierno. Lo que Macri presenta como un insólito “crecimiento invisible” es el conocido rebote que sucede a las caídas. Computando la recesión del 2016 (-2,2%) con la recuperación del 2017 (2,9%), el resultado es neutro y el nivel de actividad se ubica en el mismo piso del 2015. El incremento de la ocupación carece de envergadura y simplemente refleja ese vaivén. Incluye, además, el reemplazo de empleos estables por monotributistas precarizados.

El gobierno afirma que el salario se recuperó, olvidando que la recomposición del 2017 no compensó la caída del año anterior. En el bienio se registró una disminución del 4,2% de esos ingresos en la actividad privada y del 6,3% en el sector público. El ponderado repunte de la inversión repite los bajos porcentuales de 14-16% de los últimos años. La mejora en el agro o en la construcción apenas compensa el declive en la industria.

Los funcionarios destacan la reducción de la emisión omitiendo su reemplazo por el endeudamiento. Macri ha convertido al país en el principal emisor planetario de títulos públicos, a tasas que superan el promedio regional. Ya ubicó a la Argentina entre las cinco economías más vulnerables a los efectos de una eventual crisis internacional.

Con cualquier metodología de cálculo el déficit fiscal se ha disparado. El desbalance primario ascendió levemente al principio por el ingreso extraordinario del blanqueo. Pero el componente financiero del agujero presupuestario trepa con los intereses de la deuda. El bache fiscal (6-7%) ya bordea las mismas cifras de los grandes terremotos de la economía.

Este cúmulo de desajustes condujo a la imprevista devaluación de diciembre. Los propios banqueros que sostenían el encarecimiento del dinero (para lucrar con la bicicleta de las Lebacs) se atemorizaron. Observaron con preocupación la desactualización del dólar frente a los precios internos y el potencial volcán que rodea al endeudamiento. El gobierno ya cubrió la mitad de sus necesidades financieras del año, pero despunta la desconfianza en su futura capacidad de pago.

El déficit comercial alcanzó el mayor desnivel de los últimos 40 años y la fuga de capital no cesa. Esta salida involucra a 84 de cada 100 dólares ingresados y se ubica en los mismos niveles del kirchnerismo.

Este escenario acrecienta el pase de facturas dentro del equipo económico. Los que exigen mayores tasas de interés y freno de la emisión chocan con los partidarios de la devaluación y el bombeo del nivel de actividad. Es una discusión sin salida entre los causantes del mismo desastre. Como no hay crecimiento ni inversión, la frazada es corta para cualquier alternativa.

Macri anuncia que “lo peor ya pasó” cuando lo peor está por venir. Al comienzo del 2018 la recuperación del PBI tiende a frenarse y los precios se despistan. La previsión oficial de inflación (15%) carece de credibilidad, frente a una oleada de tarifazos que retroalimenta la carestía.

Como el gobierno convalida el repunte del dólar la hoguera inflacionaria se expande. El oficialismo sólo apuesta a frenar los precios con el cepo al salario. Pero ese techo resiente el consumo y apaga el único motor del PBI, ante el estancamiento de la inversión y el declive de las exportaciones. Para colmo, el bache fiscal amenaza la continuidad de la obra pública como sostén del nivel de actividad.

DESCONCIERTO Y JUSTIFICACIONES

Frente al sombrío escenario económico los funcionarios improvisan justificaciones. Repiten el pretexto de la demora y resucitan la llegada del segundo semestre con dos años de retardo. Esperan ese futuro venturoso para medidos del 2018, como fruto del ajuste realizado en las tarifas y el tipo de cambio. Pero esa leyenda ignora que la inflación continúa socavando ambas variables, hasta situarlas en el mismo punto de partida.

Los economistas de todos los palos alzan la voz. El empantanamiento del programa actual es evidente y se debate si el fracaso es reversible o encendió una bomba con incierta fecha de explosión.

También los estrategas del PRO buscan nuevas explicaciones de su inoperancia. Argumentan que la “herencia fue más pesada de lo imaginado” y que no dijeron “toda la verdad”. Pero ese lugar común -repetido por todos los gobiernos para exportar culpas- tiene poco auditorio. Olvida que los desequilibrios recibidos no presentaron la escala de la hiperinflación de 1989 o del colapso del 2001 y fueron acentuados por las propias medidas que adoptó Cambiemos.

El costo del gradualismo es la justificación más corriente de los fallidos oficiales. Afirma que una lenta marcha de los cambios genera resultados también aletargados. Pero ese diagnóstico no aclara nada. Sólo justifica lo que no funciona, suponiendo que apretando el acelerador se observarían otros efectos. Más sencillo es percibir lo contrario: el desastre actual sería infinitamente superior con una dosis mayor de la misma receta.

Si el rumbo fuera el correcto ya deberían notarse los brotes verdes del magnífico porvenir que augura Macri. En los hechos se observa lo opuesto: el anticipo de la hecatombe futura que prepara su gestión. El gradualismo es tan sólo un pretexto para justificar el endeudamiento. Antes era presentado como el cimiento de las inversiones productivas y ahora se lo acepta como una canilla para solventar gastos corrientes.

El argumento gradualista constata en los hechos la enorme dimensión de la resistencia popular. Cuando el gobierno afirma que un “ajuste abrupto desataría la guerra social”, reconoce la frontal oposición que existe a sus atropellos. Ese rechazo explica el perfil acotado de las permanentes agresiones del gobierno.

La impotencia de Macri ha multiplicado también las críticas de la derecha cavernícola. Cuestionan la lentitud del ajuste desde una perspectiva de salvajismo puro. Despotrican contra los funcionarios que “no se atreven a despedir empleados públicos” y proclaman la inexistencia de soluciones “sin un shock doloroso”. Obviamente se eximen de padecer la tragedia que promueven para el resto. Entre sus allegados de las clases acomodadas, no figura ninguna víctima potencial del empobrecimiento que publicitan.

Los derechistas tampoco ofrecen algún indicio del prometido renacimiento que sucedería al shock. Suelen omitir que en los 90 se ensayó la “cirugía sin anestesia”, que ahora presentan como una gran invención. Tampoco recuerdan que el colapso del 2001 fue un efecto de ese experimento. El trasfondo del problema no radica en el ritmo del modelo. Tanto el gradualismo como su aceleración conducen a un tenebroso resultado.

MITOS DEL LIBERALISMO

El macrismo también reflota viejas creencias liberales para justificar sus contratiempos. Atribuye el declive de la economía al gigantismo del estado y a la consiguiente endeblez del sector privado. Pero olvida que la expansión estatal siempre obedeció a algún fracaso del empresariado.

El estado rescató en incontables oportunidades a los banqueros, industriales o agro-propietarios en quiebra. Intentó compensar el comportamiento estéril de una burguesía que invierte poco, fuga capital y remarca precios. Los problemas de la economía no se originan en el estado, sino en los negocios fallidos de las clases dominantes.

Los líderes de Cambiemos reemplazan este diagnóstico por diatribas contra el populismo. Contraponen la demagogia de esa ideología con la actitud laboriosa de los modernizadores de Argentina. Macri enaltece especialmente a la generación del 80 y despotrica contra los populistas que arruinaron al país.

Pero nunca define el significado de esa demonizada condición. Sólo sugiere que alguna maléfica presencia popular destruyó el paraíso de la oligarquía vacuna. Los liberales no asignan al populismo un significado concreto. Lo identifican con las desventuras generadas por Maduro, Kirchner o cualquier adversario del momento.

Los ideólogos del PRO desconocen especialmente la gran responsabilidad de sus antecesores en las desgracias que denuncian. Suponen que desde 1930 Argentina fue gestionada por enemigos del liberalismo, olvidando a todos los gobernantes que anticiparon la política económica actual. Macri no inventó la apertura comercial, la agresión al sindicalismo o el deslumbramiento por el capital extranjero.

Es un dislate ubicar en el casillero populista a los conservadores, militares, gorilas o menemistas que manejaron el estado. Cambiemos recurre a una gran cuota de amnesia parar recrear sus engañosas ilusiones fundacionales.

Sus voceros proclaman que necesitan tiempo para extirpar la “cultura de la desmesura”, que busca soluciones fáciles con caudillos salvadores (Llach, 2014). Pero el intento más reciente de esa redención fue encarado por el propio Macri, cuando supuso que su figura despertaría la confianza requerida para resolver los problemas de la economía.

Los autores más sofisticados plantean las mismas tesis con cierto despecho. Acusan a los argentinos de “vivir por encima de sus posibilidades”, entrampando al país en un nostálgico apego a riquezas ya extinguidas (Gerchunoff, 2016). Atribuyen ese espejismo a la “psicología de la clase media” (Levy Yeyati, 2015) e impugnan con gran enojo la “fantasía de consumo” de la década pasada (González Fraga, 2016). Por eso convocan a un gran ajuste del cinturón.

Pero generalizan a toda sociedad comportamientos de los enriquecidos, omitiendo que el despilfarro no es un hábito del pueblo. Es un privilegio de las minorías que derrochan los recursos negados a los trabajadores. Argentina no se convirtió en un desierto. Preserva los mismos activos del pasado, pero sometidos a una mayor depredación o inutilización. Los teóricos del PRO encubren a los responsables de ese estancamiento y culpabilizan a sus víctimas.

Los liberales suelen combinar diagnósticos sombríos con entusiastas augurios de oportunidades para todos. El mito del emprendedor sintetiza esa ensoñación. Supone que con algún ahorro, cualquier individuo puede enriquecerse en la actividad privada. El propio despido es presentado como una ventajosa posibilidad para crear parrillas o cervecerías.

Con esa ilusión enaltecen la conversión de los trabajadores estables en precarizados. Evitan cualquier balance de lo ocurrido en los 90, cuando el desempleo generado por las privatizaciones empujó a millones de argentinos a la informalidad laboral.

Con ese mismo elogio del individualismo se recortan los planes sociales o se promete reducir la marginalidad con mayor esfuerzo escolar de los asistidos. Basta con observar la brutal agresión contra la docencia para notar la hipocresía de esa iniciativa. ¿Cómo esperan capacitar a los desocupados si al mismo tiempo destruyen la educación pública?

Pero incluso mejorando sus calificaciones educativas el grueso de los parados seguirá sin trabajo. La carencia de empleo proviene del estancamiento de la economía y no de la ausencia de graduados en los colegios primarios o secundarios.

Acerca del autor

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