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El partido de la revolución (y 5)

Escrito por Debate Plural

Leo Panitch (Sin permiso, 6-3-18)

 

Conclusiones

Desde nuestra perspectiva propia del siglo XXI, en medio del capitalismo neoliberal y global, está claro que la opinión de los revolucionarios durante la Segunda Internacional –esa concentración capital más reforma social, lejos de inclinar gradualmente el capitalismo hacia el socialismo, solo podría, como mucho, mejorar ciertas contradicciones y conflictos en el capitalismo al tiempo que intensifica otros– se ha probado totalmente acertada. Aún más, las democracias liberales hoy día, en las que las cada vez más precarias y desorganizadas clases trabajadoras han sido dejadas, políticamente desnudas, a merced de las arengas xenófobas, revelan trístemente con su peligrosa situación las consecuencias de la ausencia de partidos socialistas de masas involucrados en el desarrollo de las competencias democráticas a través de su papel en la formación de la clase. Y esto nos devuelve al lugar por el que comenzamos: al de la importancia histórica de dichos partidos como eje entre la formación de la clase y la transformación del Estado.

Recuperar este hecho histórico no es cosa de nostalgia. Con buenas razones, Simon Signoret tituló hace cuarenta años su autobiografía Nostalgia isn’t what it used to be [La nostalgia ya no es lo que era]. Tampoco es cosa de la “melancolía de la izquierda”, tan afligida por “las derrotadas revoluciones del pasado” como para quedarse inmóvil en el presente, negando así el admirable sesgo positivo que Enzo Traverso propone dar a la noción de “melancolía fructífera”, la cual “no significa abandonar la idea de socialismo o la esperanza en un futuro mejor; significa repensar el socialismo en una época en la que la memoria está perdida, oculta y olvidada, y necesita ser redimida. Esta melancolía no significa lamentar ninguna utopía perdida sino repensar el proyecto revolucionario en tiempos no revolucionarios”.

Los diversos intentos que se han hecho por “redimir el proyecto revolucionario” mediante nuevos partidos leninistas en la resaca del embriagador espíritu de 1968 se han probado estériles precisamente porque no alentaron ese repensar. Como Ralph Miliband apuntó en “Moving On”, su famoso ensayo de 1976 en Socialist Register: “Todas estas organizaciones tienen una percepción común del cambio socialista en términos de la toma revolucionaria del poder según el modelo bolchevique de Octubre de 1917. Este es su común punto de partida y de llegada, el guion y el escenario que determina su entero modo de ser”. Antes que algún innato “sectarismo, dogmatismo, aventurerismo y autoritarismo”, fue esta “perspectiva básica” la que explicaba, no solo por qué “fallaron convertirse en partidos masivos o en grandes partidos”, sino incluso “por qué apenas se convirtieron en partidos”, y fue “su aislamiento el que, si no completamente, al menos en parte, produce sus desagradables características”.

El final de los regímenes comunistas autoritarios entre 1989 y 1991 poco podía importar por sí mismo a una generación de izquierda de los sesenta que había sido radicalizada, no debido al socialismo sino más bien a despecho del ejemplo del “socialismo realmente existente”. Tampoco fue necesario esperar a que el “realismo sin imaginación”, que ansiaba reconciliación con el neoliberalismo de la blairista “tercera vía” a finales de los 90, reconociera que el curso histórico reformista de la socialdemocracia había llegado a su final. Mientras los seguidores tradicionales de clase obrera de los partidos socialdemócratas y comunistas fueron despojadas del arsenal ideológico –por no hablar del material– contra el grotesco aumento de las desigualdades de clase de principios del siglo XXI (capitalismo avanzado, desigualdad avanzada, podríamos llamarlo); no debería ser sorprendente verles hoy sucumbiendo al patriotismo de granujas políticos.

La acumulación de errores tanto de los partidos comunistas como de los socialdemócratas durante los últimos cincuenta años, estuvo acompañada de un marcado desplazamiento de la izquierda radical hacia un amplio “movimientismo” –tanto en su forma de protesta o como grupo de presión–. Como Jodi Dean ha discutido recientemente, aquellos que tratan de escapar de esta forma “de las limitaciones del partido” frecuentemente lo han reducido a “la realidad de sus errores” mientras que “su papel como aglutinador de aspiraciones colectivas y afectos ha sido menoscabado, cuando no olvidado”. Observa que más y más actores de los propios movimientos “reconocen en mayor medida las limitaciones de la política concebida en términos de activismo basado en temas e identidades, de demostraciones masivas que a todos los efectos son esencialmente únicas y localismo momentáneo de anarquista lucha callejera. De este modo se preguntan de nuevo por la cuestión organizacional, reconsiderando las posibilidades políticas del partido”. Es justo esto lo que también sirve para realzar la importancia, y aun las inconveniencias, de Syriza y Podemos entre los partidos más nuevos, así como las de las insurgencias de Corbyn/Momentum y de Sanders/Our Revolutionentre los viejos.

Estos han surgido en respuesta directa a los graves efectos desmovilizadores, incluso frente a sus propias bases, del reformismo socialdemócrata de viejo cuño. Pero también han considerado claramente al modelo bolchevique como anacrónico. Qué nuevas formas de partido surgirán para triunfar ante estas dos condiciones tan diferentes del siglo XXI, con todo lo que implicarán tanto para la formación de la clase como para la transformación del Estado, aún está por ver. La cuestión del partido –que parece haber caído en algún pozo de la historia, al igual que las locomotoras a vapor que una vez impulsaron ciertas representaciones teleológicas del materialismo histórico– está palpablemente de vuelta en el orden del día de la izquierda.

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