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¿Por qué Vietnam sigue siendo importante? (I)

Escrito por Debate Plural

Matthew Stevenson (Rebelion. org, 27-2-18)

 

En la época de Vietnam, yo era aún demasiado joven en muchos aspectos. La llamada a filas me llegó a la edad de 19 años, varios meses después de enero de 1973, cuando Richard Nixon y Henry Kissinger –utilizando una frase nixoniana- “salieron” del Sur. En teoría, los asesores y el poder aéreo estadounidense iban a seguir allí para que el Sur permaneciera en el conjunto independiente y no comunista. Ese era el optimismo a ultranza de un presidente ya por entonces delirante aunque todavía se expresaba con dureza.

Muy pronto, el mismo presidente se convirtió en el “gigante patético e indefenso” atrapado en el Watergate y fue a parar a San Clemente, California (a pesar de que su madre había sido una santa). Cuando en abril de 1975 llegó el final para Vietnam del Sur, todo lo que Estados Unidos pudo hacer fue salir volando desde las azoteas de Saigón junto a sus subordinados y unos cuantos colaboradores, poniendo fin a una guerra que para los estadounidenses se remontaba a 1965, cuando no a mediados de la década de 1950.

Por aquel entonces era estudiante en la universidad y para mí Vietnam era una especie de montaje de imágenes fugaces formadas a partir de una infancia hojeando la revista Life y contemplando las noticias de la noche en televisión. En el instituto y en la universidad asistí a cursos de política exterior y a “charlas” sobre las guerras en Indochina, pero en el mejor de los casos mi comprensión de los problemas era teórica, no mucho más informada que la de alguien que pasaba las tardes del sábado viendo películas de guerra en el teatro local. En el

instituto, recuerdo haberme esforzado mucho para comprender los tiroteos acaecidos en la universidad estatal de Kent, la incursión (así la llamaron) en Camboya y las masacres en la aldea de My Lai. A pesar de esos desastres, me resultaba difícil reprobar a los soldados estadounidenses condenados a combatir y morir en las junglas remotas diseminadas por todo de Vietnam.

Mi generación fue la que creció en las largas sombras proyectadas por la II Guerra Mundial en la que habían luchado nuestros padres. Aunque sabía por instinto desde edad temprana que Vietnam era una causa perdida, todavía tengo recuerdos frescos de los viajes en el coche familiar durante la década de 1960, con mi madre saludando a los convoyes del ejército que se alargaban por las carreteras interestatales. Nunca asistí a una manifestación contra la guerra, prefiriendo en cambio recopilar y leer libros sobre Vietnam, siempre en la esperanza de que podría finalmente descifrar el significado de la guerra.

Estoy bastante seguro –pensando en los últimos años sesenta- de que los primeros dos libros que leí sobre la guerra de Vietnam fueron The Making of a Quagmire The Best and the Brightest de David Halberstam. Ambos libros estaban en las estanterías de la biblioteca de mi amigo Bob Koch. Era amigo de mis padres y alguien a quien yo admiraba. Había sido piloto durante la II Guerra Mundial y había estado en la facultad de Derecho con muchos de los que formaron parte de los gabinetes de las administraciones presidenciales de John F. Kennedy y Lyndon Johnson. Era alguien que podía leer The New York Times y agregar comentarios sobre la gente que hacía la primera página. Cuando estaba en la universidad me animó a leer los libros de Halberstam, siendo el segundo de los libros anteriormente citados una denuncia de la misma clase gobernante en la que yo estaba creciendo (aunque gran parte de la prosa de Halberstam me impactó por parecerme un ajuste de cuentas).

Para mí resultaba duro asociar los fracasos en Vietnam con los mismos hombres que tenían presencia (tal vez una o dos veces eliminada) en mi vida emocional del paso de la infancia a la edad adulta. Puede que no conociera al secretario de defensa Robert McNamara o al secretario de Estado Dean Rusk, pero no era inusual que estuvieran en reuniones o cócteles con amigos de nuestro barrio, muchos de los cuales eran editores o corresponsales de las revistas Time y Life.

En el aspecto militar, mi padre había servido en la II Guerra Mundial junto a muchos de los oficiales de campo, ahora altos generales del cuerpo de marines, que estaban dirigiendo las batallas terrestres en Vietnam. (Pensaba que muchos de ellos deberían haberse retirado como comandantes.)

Aunque luché para comprender de qué iba Vietnam, tenía algunas ideas sobre los hombres que estaban metiendo a EE. UU. en aquellas malditas batallas, lo que hacía que mis emociones fueran aún más confusas. ¿Cómo pudieron hacerse tan mal las cosas?

La guerra de Vietnam en la memoria moderna

Cuando acabó la guerra de Vietnam, la siguió el genocidio camboyano (en el que los bombarderos estadounidenses jugaron un papel explosivo), pero no tuve interés en viajar a Vietnam, algo que quedó pendiente en el horizonte, hasta que la administración Clinton reconoció diplomáticamente a Hanoi.

Los presidentes Reagan y Bush agitaron la camisa ensangrentada de los POW/MIA [1] en interés de los prisioneros de guerra que, supuestamente, los norvietnamitas se habían negado a repatriar cuando terminaron los combates. En el mundo, según Ronnie, cientos, cuando no miles de soldados y pilotos estadounidenses estaban retenidos en jaulas de tigres del Viet Cong, sometidos a torturas y lavado de cerebro en lugares remotos.

Aunque no suscribí la mitología POW/MIA (todas las guerras terminan con muchos desaparecidos), la combinación de la culpa de guerra por las atrocidades de EE. UU. en Indochina y el gobierno de línea dura del unificado Vietnam no ayudaron a que el país entrara en mis sueños de viaje. Como John Quincy Adams dijo, “¿por qué ir a buscar monstruos al extranjero?”

A finales de la década de 1970 y principios de la de 1980, trabajé como editor de una revista, y en el proceso de solicitar manuscritos me sentí atraído por las narrativas de la guerra de Vietnam. En aquel tiempo, Hollywood estaba incorporando sus efectos especiales para poder mostrar la guerra en la gran pantalla con un final más feliz (John Rambo: “Sir, ¿vamos a ganar esta vez?”) o, al menos, con una banda sonora adecuada (Apocalyse Now, de The Doors : “Este es el fin, amiga mía, el fin…”) para que la audiencia estadounidense pudiera comprender por qué tuvimos que librarnos de tantos amarillos.

Si bien no llegué a sentir mucha afición por las películas de guerra (¿a quién le puede gustar “el olor del napalm por las mañanas”?), sí que me zambullí en algunas de las novelas y memorias de Vietnam que entonces se publicaban.

Leí y admiré A Rumor of War de Philip Caputo, Chickenhawk de Robert Mason, Vietnam-Perkasie: A Combat Marine’s Memoir de W.D. Ehrhart, y Close Quarters de Larry Heinemann, todas las cuales describen Vietnam como una variante del desastre de Little Bighorn .

Estos libros describían la guerra de Vietnam sobre el terreno con los instrumentos de la ilustración estadounidense batallando con la teoría dominó, que utilizaba cualquier táctica o armamento que tuviera a mano, incluida la violación, el Agente Naranja, los ataques aéreos con B-52 y la ejecución sumaria de los presos del Viet Cong. Gran parte de la guerra de Vietnam sonaba como una variación de My Lai.

Por suerte, mis lecturas de los años setenta y ochenta me facilitaron una serie de amistades con hombres que habían luchado en Vietnam o cubierto la guerra en la prensa. En algunos casos, escribí cartas a los autores cuyos libros había admirado y sus respuestas propiciaron nuevos intercambios y, en ocasiones, una reunión o una comida.

Entre quienes influyeron en mi forma de pensar sobre Vietnam figuraba William Shawcross, periodista e historiador británico, que en 1979 publicó Sideshow: Kissinger, Nixon and the Destruction of Cambodia Cuando apareció, edité un extracto para Harper’s Magazine, y las horas que pasé extrayendo pasajes de las galeradas me convencieron de que la presencia de bombarderos estadounidenses sobre los santuarios camboyanos impulsó la disolución de una sociedad que estaba ya próxima a que cayeran sobre ella varios millones de muertos desde las manos genocidas de los jemeres rojos.

En aquellos años pasé también mucho tiempo con Murray Sayle, que cubrió la guerra de Vietnam desde el Sunday Times de Londres, y de T. D. Allman, cuyos reportajes desde Vientiane y otros lugares habían descubierto la guerra secreta (más bombas de Nixon y Kissinger) en Laos.

Sobre Sayle había leído primero The First Casualty: The War Correspondent as Hero and Myth-Maker from the Crimea to Vietnam de Philip Knightley (1975), en el que se le citaba: “La actividad económica en el Sur ha cesado prácticamente, excepto en lo relativo a la guerra; Saigón es un inmenso burdel; entre los estadounidenses que tratan, más o menos sinceramente, de promover una copia de su sociedad en suelo vietnamita y la masa de la población que hay que “reconstruir”, están los peces gordos de Saigón”.

Ambos, Sayle y Allman, en nuestras conversaciones, darían a la guerra una inmediatez que no había captado nunca, ya fuera en mis cursos o leyendo la prensa diaria. Y ambos cambiaron mi idea de no querer nunca visitar Vietnam.

Sin saber cómo podría llegar allí, empecé a pensar en Vietnam como un lugar que debería ver y no sólo el paisaje mitológico en el que había quedado disuelto gran parte del sueño estadounidense.

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