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El partido de la revolución (4)

Escrito por Debate Plural

Leo Panitch (Sin permiso, 6-3-18)

 

Cualesquiera que fueran las competencias que los trabajadores y los soldados pudieron tener mediante los soviets a lo largo de 1917, hasta qué punto pudiesen responder adecuadamente a tal exhortación, estaba determinado a ser puesto a prueba severamente, especialmente en la estela de la fallida revolución alemana, durante la guerra civil, tan agravada por las intervenciones, militares y de otro tipo, de los victoriosos Estados capitalistas de la Primera Guerra Mundial. Como Miéville señala: “bajo tan implacables presiones, estos son meses y años de innombrable sufrimiento, hambruna, muertes masivas, el casi completo final de la industria y la cultura, de bandolerismo, pogromos, tortura y canibalismo. El asediado régimen desata su propio Terror Rojo”. Lejos de la democracia soviética de obreros y campesinos que los revolucionarios habían concebido y prometido, fue establecida la dictadura de lo que por aquel entonces, en 1918, se conocía como el Partido Comunista Ruso (los bolcheviques). Si en algún sentido fue dictadura del proletariado, fue solo una que representaría “como mucho, la idea de clase, no la clase por sí misma”, como Isaac Deutscher apuntaría más tarde con perspicacia. Los bolcheviques no solo se habían “aferrado al poder por su propio bien”, insistía. Mediante la identificación del destino de la república con el suyo propio –prohibiendo partidos de oposición y reconstruyendo los soviets y los sindicatos como agentes del nuevo partido del estado, como “la única fuerza capaz de salvaguardar la revolución”–, rechazaban firmemente permitir que “el famélico y emocionalmente voluble país pudiera votar a su partido fuera del poder y así mismo en un sangriento caos”. Sin embargo, la cuestión fundamental era esta:

Siempre habían asumido tácitamente que la mayoría de la clase trabajadora, habiéndoles respaldado en la revolución, seguiría apoyándoles inquebrantablemente hasta que hubieran completado todo el programa del socialismo. Inocente suposición, brotó de la noción según la cual el socialismo era la idea proletaria par excellence y que el proletariado, habiéndose adherido una vez a ella, nunca la abandonaría… A los marxistas jamás se les ocurrió reflexionar si era posible o admisible intentar establecer el socialismo sin tomar en cuenta la voluntad de la clase obrera.

Lo que Rosa Luxemburgo percibió durante el primer año de la Revolución de Octubre, pronto marcaría definitivamente el resultado. El mismo partido revolucionario se convertiría en un “asunto de compadreo” ya que “en realidad, solo una docena de brillantes cabezas hacen de guía y de vez en cuando se invita a las reuniones a una élite de la clase trabajadora para que aplaudan los discursos de los líderes y para que aprueben unánimemente las resoluciones propuestas”. El gran peligro, predijo Luxemburgo, era que en un Estado “sin elecciones generales, sin la libre liza de la opinión, la vida muere en cada institución pública, se torna en mera apariencia de la vida, en la cual solo la burocracia permanece como el elemento activo”.

En 1923, el propio Lenin admitió que prácticamente no se había conseguido ningún progreso en el desarrollo de las competencias para la administración popular. Lamentaba que las instituciones del Estado aún portaban íntegros vestigios de la “despiadada, controladora y centralizada burocracia rusa, heredada en su mayor parte del sistema zarista”. Tamas Krausz recientemente ha sintetizado la disyuntiva de Lenin, resuelta poco antes de su muerte:

Debido a los límites impuestos por las circunstancias históricas y la mortalidad individual, Lenin no fue capaz de proponer nada más que una limitada repuesta marxista a la cuestión de tener que recurrir a la dictadura, incluso contra su propia base social, por mor de la preservación del poder soviético. Por un lado, intentó compensar la opresión política proclamando, oponiendo al remanente y cada vez más fuerte poder del Estado que “la clase obrera se debe defender a sí misma contra su propio Estado”. Dejó sin explicar cómo podría hacerse eso mismo con el apoyo del propio Estado. Dicho de otro modo, los trabajadores deberían confrontar al Estado y al mismo tiempo defender a ese mismo Estado y a todas sus instituciones. No había ninguna solución dialéctica para tal contradicción.

Los efectos de esto sobre la conciencia de la clase obrera y sus competencias democráticas, fueron tenebrosamente captados por lo que el líder del comité de un sindicato local de la planta de automóviles Volga expresó en 1990, justo antes del colapso de la URSS: “Si acaso los trabajadores estuvieron atrasados y subdesarrollados, fue porque de hecho no ha habido educación política real desde 1924. Los trabajadores se quedaron idiotas por culpa del partido”. Las palabras aquí deben tomarse literalmente: a los trabajadores no solo se les tomó por idiotas sino que se hizo que se quedaran idiotas; su competencia democrática fue socavada. La Revolución rusa no produjo tanto un “Estado obrero deformado” en los regímenes comunistas autoritarios, como una clase obrera deformada. Ciertamente hay aquí una lección. Si el partido de la revolución, tras un largo y activo proceso de formación de la

clase, se prueba incapaz de provocar una transformación del Estado que de hecho produzca una “maximización de la democracia”, el resultado será la deformación de la clase.

 

Conclusiones

Desde nuestra perspectiva propia del siglo XXI, en medio del capitalismo neoliberal y global, está claro que la opinión de los revolucionarios durante la Segunda Internacional –esa concentración capital más reforma social, lejos de inclinar gradualmente el capitalismo hacia el socialismo, solo podría, como mucho, mejorar ciertas contradicciones y conflictos en el capitalismo al tiempo que intensifica otros– se ha probado totalmente acertada. Aún más, las democracias liberales hoy día, en las que las cada vez más precarias y desorganizadas clases trabajadoras han sido dejadas, políticamente desnudas, a merced de las arengas xenófobas, revelan trístemente con su peligrosa situación las consecuencias de la ausencia de partidos socialistas de masas involucrados en el desarrollo de las competencias democráticas a través de su papel en la formación de la clase. Y esto nos devuelve al lugar por el que comenzamos: al de la importancia histórica de dichos partidos como eje entre la formación de la clase y la transformación del Estado.

Recuperar este hecho histórico no es cosa de nostalgia. Con buenas razones, Simon Signoret tituló hace cuarenta años su autobiografía Nostalgia isn’t what it used to be [La nostalgia ya no es lo que era]. Tampoco es cosa de la “melancolía de la izquierda”, tan afligida por “las derrotadas revoluciones del pasado” como para quedarse inmóvil en el presente, negando así el admirable sesgo positivo que Enzo Traverso propone dar a la noción de “melancolía fructífera”, la cual “no significa abandonar la idea de socialismo o la esperanza en un futuro mejor; significa repensar el socialismo en una época en la que la memoria está perdida, oculta y olvidada, y necesita ser redimida. Esta melancolía no significa lamentar ninguna utopía perdida sino repensar el proyecto revolucionario en tiempos no revolucionarios”.

Los diversos intentos que se han hecho por “redimir el proyecto revolucionario” mediante nuevos partidos leninistas en la resaca del embriagador espíritu de 1968 se han probado estériles precisamente porque no alentaron ese repensar. Como Ralph Miliband apuntó en “Moving On”, su famoso ensayo de 1976 en Socialist Register: “Todas estas organizaciones tienen una percepción común del cambio socialista en términos de la toma revolucionaria del poder según el modelo bolchevique de Octubre de 1917. Este es su común punto de partida y de llegada, el guion y el escenario que determina su entero modo de ser”. Antes que algún innato “sectarismo, dogmatismo, aventurerismo y autoritarismo”, fue esta “perspectiva básica” la que explicaba, no solo por qué “fallaron convertirse en partidos masivos o en grandes partidos”, sino incluso “por qué apenas se convirtieron en partidos”, y fue “su aislamiento el que, si no completamente, al menos en parte, produce sus desagradables características”.

Acerca del autor

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