Internacionales Politica

El partido de la Revolución (2)

Lenin
Escrito por Debate Plural

Leo Panitch (Sin permiso, 6-3-18)

 

Lo que de este modo estaría anticipando es “la gran significación socialista de las luchas sindicales y parlamentarias”; pues era precisamente que “a través de ellas la sensibilización, la conciencia del proletariado se vuelve socialista y este es organizado como clase. Pero si son consideradas como instrumentos para la socialización directa de la economía capitalista, no solo pierden su supuesta eficacia, sino que también cesan de ser medios para la preparación de la clase obrera para la conquista proletaria del poder”. Luxemburgo resumió lacónicamente la perspectiva revolucionaria como sigue:

El socialismo solo será la consecuencia de las crecientes contradicciones de la economía capitalista y de la comprensión por parte de la clase obrera de la inevitabilidad de la supresión de dichas contradicciones mediante una transformación social. Cuando la primera condición es negada y la segunda rechazada, como hace el revisionismo, el movimiento obrero es reducido a simple movimiento cooperativo y reformista, y se dirige en línea recta hacia el abandono total de la perspectiva de clase.

Esto fue inicialmente articulado a finales de la década de 1890 como una defensa de la estrategia revolucionaria del partido “sobre la cual hasta ahora todo el mundo estaba de acuerdo”: sin embargo, capturaría de manera precisa la predominante práctica revisionista de la socialdemocracia, sin duda desde el cambio de siglo hacia delante. Culminaría en 1914 con la histórica división de la Segunda Internacional socialdemócrata entre aquellos que, por un lado, apoyaron a cada Estado y clase dominante particular en los albores de la Gran Guerra, y por otro a los que sostuvieron la perspectiva revolucionaria.

Aún así había mucho de profundamente problemático en la articulación de esta perspectiva revolucionaria contra la revisionista en el cambio de siglo. Y esto reflejaba problemas muy arraigados en el legado marxista tal y como fue heredado y manufacturado por los partidos socialistas de masas. El primero de ellos tenía que ver con lo que Luxemburgo había simplemente denominado “el colapso”. Mediante el rechazo de lo que Bernstein afirmó como la propensión del capitalismo a la “adaptación” –la cual suavizaría sus contradicciones y facilitaría su transformación en socialismo–, Luxemburgo insistió en que en la teoría socialista, el “punto de partida para una transición al socialismo” no solo era “una crisis general y catastrófica” sino la “idea fundamental” según la que, como resultado “de sus propias contradicciones internas”, el capitalismo llega a un punto en el que “se vuelve simplemente imposible”. Engels había admitido en su prefacio de 1895 a la obra de Marx La lucha de clases en Francia(publicada originalmente tras las derrotas de 1848) que Marx y él mismo –“y todos los que son de nuestro parecer”– estuvieron equivocados al pensar en aquel momento que las condiciones estaban “maduras para la eliminación de la producción capitalista” en tanto que la segunda mitad del siglo XIX había probado que el capitalismo todavía tenía “una gran capacidad para la expansión”. Pero hacia finales de siglo, la mayoría de marxistas revolucionarios, Engels incluido, compartieron generalmente la opinión de Luxemburgo de que esa misma expansión había “acelerado la llegada de un declive general del capitalismo”. En contra de la posición de Bernstein según la cual la propagación de créditos financieros acompañados de la concentración de capital en cárteles, permitidos por la movilidad del capital para superar las “fuerzas productivas limitadas”, Luxemburgo insistió en que esto solo reflejaba la “creciente anarquía del capitalismo” y agravaba “la contradicción entre al carácter internacional de la economía capitalista mundial y el carácter nacional del Estado capitalista”.

Esta perspectiva –tan fundamental para la estrategia revolucionaria en los años anteriores a la Primera Guerra Mundial como después (de hecho, hasta la Gran Depresión de los años 30)– ni predijo la capacidad del Estado capitalista para la adaptación a graves crisis capitalistas ni tampoco la continua dinámica expansiva de las fuerzas productivas. Y es precisamente esto lo que ahora nos permite ver exactamente cuán problemática fue la estrategia que presentó al socialismo como una “necesidad histórica”, como Luxemburgo indicó, sobre la base de la expectativa de un colapso capitalista sistémico a escala mundial a comienzos del siglo XX.

Siendo justos, para los revolucionarios que estaban, si acaso, obsesionados con la importancia de la agencia de la clase trabajadora, la idea del socialismo como una “necesidad histórica” no implicó, ipso facto, una concepción economicista de la historia. Más bien subrayó la importancia, partiendo de las condiciones materiales y las contradicciones que el capitalismo había creado, de involucrarse activamente en la formación de la clase obrera para desarrollar el potencial de su agencia revolucionaria. En efecto, Luxemburgo rechazó manifiestamente “una concepción mecánica del desarrollo social (…) planteando para la victoria de la lucha de clases un momento fijo, externo e independiente de la lucha de clases”. En su lugar, ella argumentó –pues era “imposible imaginar que una transformación tan formidable como el paso de la sociedad capitalista a la socialista pueda ser realizado en un solo acto”– que el proletariado “necesariamente” habría de “tomar el poder ‘demasiado pronto’ una o varias veces antes de que pudiera mantenerse en el poder perdurablemente por sí solo”.

Hubo sin embargo una disyuntiva fundamentalmente problemática entre, por un lado, una orientación estratégica basada en el colapso inminente del capitalismo (combinada normalmente, además, como para la propia Luxemburgo, con una expectativa del “abandono de la sociedad burguesa de las conquistas democráticas ganadas hasta el ahora”) y, por otro lado, un reconocimiento estratégico de la auténtica cantidad de tiempo y espacio político que sería necesaria para “preparar la clase obrera para la conquista proletaria del poder”, en palabras de Luxemburgo. Esto fue ulteriormente agravado por la entusiasta adopción de la no menos problemática concepción estratégica de esta “conquista” en términos de “dictadura del proletariado”, un concepto que solo posteriormente oscureció el “largo y persistente trabajo” implicado en los obreros “entrenándose a sí mismos para el ejercicio del poder”. La opinión de Luxemburgo permitió, citando a Marx, la posibilidad de “el ejercicio pacífico de la dictadura del proletariado”, incluso mientras insistía en que era imposible imaginar que “el gallinero del parlamentarismo burgués” pudiera guiar en “la transición social más formidable en la historia, el paso de una sociedad de la forma capitalista a la socialista”. Pero su Reforma o revolución dejó completamente de lado lo que ella misma celebérrimamente identificaría como “el problema de la dictadura” veinte años después de sus comentarios críticos a El Estado y revolución de Lenin:

Lenin dice: el Estado burgués es un instrumento de opresión de la clase trabajadora; el Estado socialista, de la burguesía. Hasta cierto punto, dice, es solo el Estado capitalista patas arriba. Esta visión simplificada pierde la cuestión más esencial: el gobierno de la clase burguesa no necesita el entrenamiento político y la educación de la entera masa del pueblo, al menos no más allá de ciertos límites estrechos. Pero para la dictadura del proletariado este es el elemento vital, el mismo aire sin el cual no es capaz de existir.

La Revolución rusa

El Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (POSDR) siempre fue algo atípico entre los partidos de la Segunda Internacional. Las condiciones sociales y políticas en Europa Occidental durante la década de 1890 que llevaron a Engels a insistir en que la insurrecciones eran cosas del pasado simplemente no se aplicaban a la Rusia de por aquel entonces. Aunque el POSDR asentó sus bases en el rápido crecimiento de un proletariado industrial en las ciudades del Imperio ruso, el campesinado continuó siendo, por mucho, la clase dominada más abundante. A comienzos del siglo XX Rusia continuaba pareciéndose más a cómo Alemania había sido en 1848 que a lo que esta habría de convertirse medio siglo más tarde. Además, el régimen zarista de Rusia apenas permitió una parte del espacio político del que disponían el SPD y sus sindicatos en Alemania durante la década de 1890. Precisamente por esto Lenin dijo en el primer congreso del POSDR que “en Rusia, los socialdemócratas necesitarían trabajar en la clandestinidad, crearse falsas identidades y confiar en otras formas de engaño”. Como abiertamente indicó: “Sin un fortalecimiento y desarrollo de las disciplinas revolucionarias, la organización y la actividad clandestina, la lucha contra el gobierno es inviable”.

Como Lars Lih muestra en Lenin Rediscovered, la organización del POSDR como un partido liderado por una vanguardia fue una cuestión propia de su funcionamiento bajo el régimen zarista más que oposición de Lenin al modelo alemán de partido socialdemócrata masivo. Lo que está claro es que Lenin se alineó firmemente con el ala revolucionaria de la socialdemocracia alemana: ¿Qué hacer? comienza con un decisivo rechazo a la “tendencia” revisionista bernsteiniana en la socialdemocracia por su intento de cambiarla “de partido de revolución social a partido democrático de reformas sociales”. Aun así, el acento que este ensayo fundamental puso sobre “el entrenamiento en la actividad revolucionaria” no tenía nada que ver con el dominio de técnicas de insurrección violenta sino con el desarrollo de competencias hegemónicas. “La conciencia de la clase obrera no puede ser genuina conciencia política a menos que los trabajadores sean entrenados para responder a todos los casos de tiranía política, opresión y abuso, sin importar qué clase sea la afectada (…) a menos que aprendan a aplicar en la práctica el análisis materialista de todos los aspectos de la vida y de la actividad de todas las clases, estratos y grupos de población”. Esto solo podría enraizar en el partido mediante el desarrollo de la capacidad de “organizar rápidas denuncias lo suficientemente amplias y llamativas contra todas las bochornosas atrocidades (…) descubrir a las masas obreras raudas denuncias sobre todos los temas posibles (…) profundizar, expandir e intensificar las denuncias y la agitación política”.

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