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Las tumbas de los Trujillo: como pasa la gloria del mundo (1)

Tumba de los Trujillo
Escrito por Debate Plural

José Rafael Lantigua, ex ministro de cultura República Dominicana (D. Libre 23-7-16)

 

El periplo de la vida, ese viaje de ida y regreso que todos acometen, fue para los Trujillo-Molina, ascendientes y descendientes, una odisea ríspida donde el poder acumulado durante treinta y un años, una vez hecho añicos, no pudo esquivar los vaivenes de la desgracia ni mucho menos pudo servir para sujetar las bridas irrefrenables de la parca, cuando ésta hizo su entrada definitiva en aquel entorno familiar.

Las pompas, la faramalla, los mucamos del protocolo, las carantoñas de los áulicos, las obcecaciones de la fuerza, la perpetuación del absolutismo y la jarana interminable del poder omnímodo, no resultaron útiles cuando la vida hizo su áspera mudanza hacia los caminos insondables de la desgracia y los nombres de los protagonistas del suceso histórico que fue la dictadura nacida en 1930 se dispersaron en distintas geografías para sufrir el estigma al que la muerte puso su cerrojo cuando el jefe de la tribu cayó fulminado en 1961.

Meses más tarde de que la boca muda de donde salieron tantas órdenes de mando –en palabras de Joaquín Balaguer- demostrara a todos “la tremenda realidad con toda su elocuencia aterradora”, los Trujillo iniciaron su camino hacia la muerte en la orfandad de los elogios y sin la presencia multitudinaria que siempre les acompañó en los desfiles onomásticos y en los corsos floridos.

Cuando el Caudillo fue enterrado en la iglesia Nuestra Señora de la Consolación de su nativa San Cristóbal, estaba continuando un tránsito con la muerte que resultó largo, infamante y despiadado. Su primera parada fue en el garaje de la residencia de Juan Tomás Díaz, oculto en el baúl del Oldsmobile de Antonio de la Maza Vázquez. Cuando Ramfis lo sacó de su efímera morada en el templo sancristobalense a la medianoche del 18 de noviembre de 1961 y colocó sus restos en el yate Angelita luego del bacanal de venganza en la hacienda María, Rafael Leonidas Trujillo Molina fue devuelto al territorio dominicano antes de llegar a las islas Azores que era su primer destino. El 29 de noviembre atracaba en la base naval Las Calderas y de ahí el cadáver fue llevado en un camión al aeropuerto de Barahona para que un avión DC3 lo transportase a San Isidro. Entonces, luego de una requisa dirigida por quien cuatro años más tarde sería una figura histórica en los acontecimientos de abril de 1965, el entonces mayor Pedro Bartolomé Benoit, el presidente Balaguer ordenó que colocaran el cadáver en un DC7 de Pan American que aterrizó en el aeropuerto de Orly, en París, el 30 de noviembre, donde ya lo esperaba su hijo Ramfis, luego de que el ataúd fuese recibido por el embajador dominicano en París, Carlos Rosemberg. Un día después era sepultado en la famosa necrópolis Pere Lachaise, compartiendo espacio nada más ni nada menos que con Marcel Proust, su vecino más cercano, con Guillaume Apollinaire y con Oscar Wilde. Allí permanecerían los huesos del dictador por nueve años, hasta que a fines de los setenta su viuda, María Martínez de Trujillo, le hizo construir en El Pardo, de Madrid, un mausoleo de mármol negro con motas turquesas y nácar que doblaba en dimensión al del cementerio parisino. Su osamenta fue llevada a este lugar justo un día después de que se cumpliese el noveno aniversario del asesinato de los conjurados del 30 de mayo en la hacienda María y de que se produjese la salida del país hacia París del primogénito del dictador. Un pequeño grupo acompañó al Jefe a su morada definitiva, entre ellos su hermano Héctor, su hijo Radhamés, Lita Milán, viuda de Ramfis, los dos hijos de ambos y dos o tres allegados a la familia. El trasiego de los restos mortales de Trujillo llegaba a su fin. Ya no estaban a su lado Proust, Wilde y Apollinaire, sino las más relevantes personalidades del franquismo, comenzando por Carmen Polo, la mujer del dictador español, y sus generales Luis Carrero Blanco y Carlos Arias Navarro.

Pero, ¿y qué sucedió con los demás integrantes de la familia Trujillo? Durante largos años esta historia estuvo vedada al conocimiento general de los dominicanos. Solo algunos allegados tenían conocimiento del destino de los despojos mortales de ascendientes y descendientes del Jefe. Sus vidas terminaron consumiéndose, con los años, muchos en la nadería, ignorados hasta por los de su propia sangre; otros, en la fiesta de la angustia y el duelo perenne del olvido; y los menos, como Ramfis en una agitada aventura de vida que terminó estrellada en una vía madrileña, o como Radhamés, cuyo cuerpo los capos Rodríguez Orejuela lo pusieron a flotar en el caudaloso Cauca colombiano.

Nadie ha descrito mejor qué fue de la vida de los Trujillo, sus desconfianzas y peleas entre ellos mismos, sus existencias miserables después de la fiesta que pareció infinita del poder, sus ambiciones, dolores y ruindades que la hija de Ramfis, Aída Trujillo Ricart en su novela “A la sombra de mi abuelo”, la mejor descripción de lo que fue la infortunada vida de su familia en el exilio. Cuando el tiempo y su añagaza colocó las cruces del óbito sobre los cuerpos exánimes de aquella familia, las tumbas se instalaron en variadas geografías: España, Miami, Panamá y el cementerio nacional de la avenida Máximo Gómez. Franklin Gutiérrez, catedrático de la universidad de Nueva York, investigador de camposantos (recordemos su valioso libro “De cementerios, varones y tumbas-Múltiples caras de la muerte en la cultura y la literatura dominicana, 2012) se dedicó durante largos años a desentrañar el misterio y a responder para todos la cuestión: ¿Dónde están los restos de la familia del compadre que matán, ya que sus compadres tomaron la de Villadiego y no dieron cuenta de sus muertos? La respuesta viene dada con detalles minuciosos, fotografías a todo color para que queden las constancias, documentos irrebatibles y una indagación profesional y profunda que los historiadores debieran agradecer porque, a decir verdad, no todos han de tener la vocación tanatófila que posee Franklin Gutiérrez para poder revelarnos saberes de finados que resultan indispensables para completar los ciclos humanos de la historia.

Y revelaciones muchas son las que trae este libro sobre las tumbas de los Trujillo. El itinerario comienza por el progenitor de la especie, José Trujillo Valdez, cuyo nombre le fue colocado a la avenida Duarte al día siguiente de su enterramiento. “Varón de gloriosa estirpe española” escribió un periodista amancebado con la dictadura al momento de la muerte del padre del dictador, ocurrida el 10 de junio de 1935, cuando apenas el hombre fuerte calentaba los motores. A don Pepe lo enterraron en la capilla del Sacramento, que llamarían Capilla de los Inmortales, en plena Catedral Primada, después de que el dictador le pidiese al arzobispo Pittini que obtuviese la aprobación del papa Pío XI para este propósito. Allí, al lado de Buenaventura Báez, de Juan Isidro Jimenes, de Manuel de Jesús Galván y de César Nicolás Penson, fue sepultado don Pepito y conservados sus restos durante veintiséis años, hasta que el 19 de diciembre de 1961 fueron trasladados a hurtadillas sin que nadie supiese su destino. Incluso hoy, según atestigua Gutiérrez en su obra, ni siquiera descendientes del extinto clan de los Trujillo conocen que se encuentra casi escondido “en el sótano pestilente, sucio y grimoso de un panteón de mármol parcialmente abandonado, situado en la calle principal del cementerio nacional de la avenida Máximo Gómez”. Allí están enterrados también Marina Trujillo de García, Thelma, José y Lourdes García Trujillo, Mireya García Trujillo, la esposa del general Pupo Román, y otras personas que no son integrantes de esta familia pero sí amigos de la misma y dueños originales del panteón.

Aníbal Julio Trujillo Molina, hermano del dictador, quinto de la prole, quien padecía de problemas esquizofrénicos, se suicidó en diciembre de 1948 y fue enterrado en el entonces cementerio de la avenida Tiradentes. A finales de los ochenta sus restos fueron exhumados y llevados a un lugar que se desconoce, según las investigaciones de Gutiérrez. Soy amigo de sus nietos y de la madre de éstos, una de las hijas de Aníbal, y ni siquiera ellos saben cuál fue el destino dado a la osamenta de su pariente. Solo me han comentado que creen que una hija suya, Silverita, casada con el ex general Luis René Beauchamps Javier, fue quien tomó la decisión de exhumar sus restos.

II

María Martínez de Trujillo salió desde Santo Domingo hacia París seis meses después de la muerte de su esposo hospedándose de inmediato en el exclusivo hotel George V, para luego fijar residencia en una confortable mansión. “Dueña de una de las más pingües fortunas de la isla”, según afirmara Joaquín Balaguer en su libro de cortesanías durante la Era, con sus caudales se instalaba también en su nueva morada la suerte hecha girones y las turbaciones que le produjeron sus hijos.

Su estancia parisina fue de corta duración. Partió hacia Madrid donde logró que el generalísimo Franco le reconociera su ciudadanía española –sus padres eran de origen gaditano- y allí vivió por cinco años hasta que su hija Angelita se la llevó a vivir con ella a Miami. Por entonces, comenzó a desangrarse su fortuna, en medio de las disputas protagonizadas por Angelita y Radhamés, buscando acceder a sus cuentas bancarias. En los años ochenta, Radhamés se la llevó con él a vivir a Costa Rica y luego a Panamá, donde falleció, ya anciana, el 14 de marzo de 1989. Solo Radhamés y su amigo Kalil Haché asistieron a su entierro y, previamente, a las exequias que se oficiaran en el Santuario Nacional del Corazón de María, de la capital panameña.

Murió pobre y sola y, según afirma el investigador Franklin Gutiérrez se cree que su patrimonio –que nunca cedió a su hijo menor- terminó en posesión de bancos suizos y de otras partes del mundo “pues su senilidad avanzada la hizo olvidar las claves de acceso a las cuentas bancarias”. En Panamá siguen enterrados sus restos, mientras Angelita, ya con 77 años, planea llevárselos a Miami donde sigue residiendo.

Cuando murió doña María, Kalil Haché le escribió al presidente Joaquín Balaguer en estos términos: “Señor Presidente Joaquín Balaguer, aunque soy su enemigo personal y usted sabe los motivos, pasado mañana voy a Panamá a enterrar a doña María Martínez viuda Trujillo, quien fue Primera Dama en nuestro país durante treinta años y a quien tantos piropos usted le hizo durante su reinado. Hoy han cambiado las circunstancias: usted sigue en el reinado y ella no. Solo le pido que usted le ordene al embajador en Panamá (Héctor) Pereyra Ariza, entregar un ramo de flores en su tumba, en su nombre. Como sé que usted no es muy dadivoso compraré las flores con mi dinero, solo espero su autorización”. Balaguer envió un emisario donde Kalil con un escueto mensaje: “Eso no es recomendable”. Así murió y fue enterrada la mujer de hierro del hombre fuerte de la República Dominicana durante tres decenios: sola, sin pompas y con una fortuna evaporada.

Franklin Gutiérrez en su libro continúa su andadura sepulcral con sus historias de nichos y sarcófagos, las que ahora se revelan por primera vez en este libro seductor. ¿Dónde están sepultados los demás integrantes de la familia Trujillo, de los que solamente sobrevive Angelita, sin contar la amplia descendencia que creció posterior a la Era? Julia Molina Chevalier, la “Excelsa Matrona”, está enterrada en el Flager Memorial Park, de Miami, donde se encuentra junto a sus hijos Pipí, Pedrito y Nieves Luisa; Japonesa, enterrada también en Miami pero en otro cementerio, el Woodlawn Park, donde se guardan los huesos de Nene y los de Héctor Bienvenido, solo que éste fue ubicado dentro de un edificio lujoso; Virgilio Trujillo Molina, descansando en el cementerio sacramental de San Justo, en Madrid; Ramfis, enterrado provisionalmente en el madrileño cementerio de La Almudena y luego llevado sus restos a hacerle compañía a su padre en El Pardo; la hermana del dictador, Marina, en el cementerio de la Máximo Gómez; Flor de Oro, fallecida en 1978 en Nueva York y trasladada a Santo Domingo por su marido número nueve, el norteamericano Jorge Farquhar, donde fue velada en la funeraria Blandino y depositado su cadáver, junto a los de su madre, Aminta Ledesma, en el cementerio de la Máximo Gómez; allí se encuentra también Julieta, fallecida en 1980. Un hermano de padre de Trujillo, de hecho el hijo primero de José Trujillo Valdez, Julián Nivar Trujillo, está enterrado en el cementerio El Cigüelillo, de Yamasá; Ramfis Rafael, hijo mayor de Ramfis, fallecido en el 2002, está en el llamado Panteón de los Trujillo, en la Máximo Gómez, junto a varios miembros de la familia Martínez-Alba. De los sobrevivientes de la familia, Angelita reside desde hace muchos años en Miami, específicamente en Kendall; Darío Trujillo Tejada, hijo de Virgilio, a sus 86 años, reside en Sabana Iglesia, provincia de Santiago; y los demás hijos del dictador, que no fueron de la prole de María Martínez, Odette, Rafael, Yolanda (esta última viuda del maestro Carlos Piantini), Bernardette y Elsa Julia, como bien afirma Franklin Gutiérrez no tuvieron “participación directa en la política implementada por el dictador”. Una hija de Ramfis, que ha residido por varios años en el país, Aída Trujillo Ricart, luego de vivir en un carromato en Cabarete muy pobremente, hoy se encuentra sobreviviendo en un albergue de indigentes en Madrid.

He dejado el siguiente caso de último, porque es el personaje de la familia Trujillo que mayor interés se ha tenido en conocer la fosa donde descansan sus huesos. Se trata del general José Arismendi Trujillo Molina, Petán, quien luego de residir en Madrid y Lisboa, se estableció en San Juan de Puerto Rico en junio de 1968. Tenía planes de viajar a Jamaica para fijar residencia allí con fines de negocios, pero una trombosis cerebral lo obligó a quedarse en la isla con un permiso especial de las autoridades boricuas. Allí murió once meses después, siendo enterrado en el cementerio Buxeda, de Isla Verde. Sus restos permanecieron veintidós años en ese modesto cementerio, hasta que, luego de largas diligencias, su osamenta fue exhumada el 11 de septiembre de 1991 por su hijo Luis Eduardo Trujillo Reinoso y transportada secretamente hacia Santo Domingo. Las noticias que tengo de parientes suyos, y que Franklin Gutiérrez recoge en su extraordinario esfuerzo investigativo, aunque sin compartir plenamente esta parte que ahora revelo, es que Luis y su compadre Miguel Mercedes, amigo nuestro (y residente actualmente en Santiago de los Caballeros), trasladaron desde Puerto Rico los huesos de Petán y, cargado en el baúl del automóvil del primero, lo pasearon secretamente por todo Bonao, acompañado de algunas personas que ocuparon importantes posiciones públicas durante la Era en esa comunidad. Luego, sus restos fueron enterrados en el cementerio municipal de esa ciudad, con el solo conocimiento de esas pocas personas, hasta que finalmente fueron llevados al cementerio de la Máximo Gómez donde reposan desde hace veinticinco años sin que, hasta hoy, nadie lo supiese a cabalidad. Franklin Gutiérrez es el único que ha dado directamente y no solo documentalmente con los restos de Petán. Los artistas de La Voz Dominicana que durante años han reclamado que los huesos del hombre que trajo la TV al país sean trasladados a su tierra ya saben que tiene un cuarto de siglo esperando por ellos en la Máximo Gómez, en un panteón abandonado, parcialmente destruido y cubierto de una llamativa variedad de malezas, según consigna Gutiérrez.

Esta obra de Franklin Gutiérrez, pues, es de gran valor histórico. Completa el periplo de vida y muerte de la familia Trujillo Molina, incluyendo entre ellos también a los hermanos Teódulo y Plinio Pina Chevalier. Es una labor encomiable, porque pocos como he dicho ya, se dedican a hurgar en mausoleos y osamentas para poder hacernos el revelado de las mentiras de la vida y de la verdad inexorable y fría de la muerte. La obra está llena de noticias que la convierten en lectura que atrae y hasta conmociona. Nos comunica además una solemne realidad, la más importante conclusión de esta investigación: los Trujillo que vivieron en la copiosidad y bajo los signos de la ostentación, no fueron a establecer su última morada en panteones y palacios funerarios suntuosos. El boato se quedó en las Cariátides de Palacio y el derroche en los palacetes que la posteridad vio caer una vez la dictadura cerró sus puertas de oprobio.

El estado no de modestia sino de franco abandono y pobreza de las tumbas de los Trujillo nos muestra la efímera pasión de la vanagloria, la impertinencia de la búsqueda de honores vacuos, el padecimiento de los entuertos cubiertos por el polvo y el lastre inmisericorde del olvido. He aquí patente y viva la inmortal frase de Tomás de Kempis: O quam cito transit gloria mundi. Oh, cuán rápido pasa la gloria del mundo.

 

Acerca del autor

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