Internacionales Politica

Sobre el Manifiesto comunista (IV)

Karl Marx
Escrito por Debate Plural

Salvador López Arnal (Rebelion.org, 8-3-18)

 

El Manifiesto es la expresión anticipada de una intuición muchísimas veces repetida por los trabajadores en un canto que todavía se canta, el de La Internacional: “Ni dioses, ni reyes, ni tribunos. No hay supremo salvador ”. Una de las ideas centrales contenidas en la parte del Manifiesto que trata del socialismo como movimiento es que los de abajo tienen que liberarse a sí mismos autoorganizándose políticamente. El reconocimiento de este punto obligará siempre, a quien pretende prologar o introducir esta obra de Marx y Engels, a preguntarse qué hace él aquí si no ha de ser cura laico o pedante glosador del texto. Decir al amable lector que se encuentra ante un texto excepcional en la historia de las ideas es ya un obviedad. Sugerir, como se ha hecho tantas veces, que el sentido de la lectura del Manifiesto es abrir al lector apasionado la puerta de la afiliación comprometida en el partido comunista, puesto que de eso se trataba precisamente en origen, sería ahora una temeridad. Sin ninguna duda.

El razonar el interés de la lectura del clásico podía hacerse de dos maneras igualmente válidas, en opinión del autor de Para la tercera cultura.

La primera consistiría en distanciarse lo más posible del texto y considerar el Manifiesto como uno más de los libros que han configurado el canon de la filosofía política europea para tratarlo como se suele tratar académicamente a los clásicos: con rigor filológico, espíritu comparativo y atención preferente al momento histórico en que la obra fue escrita. Como se trata a Maquiavelo, a Hobbes, a Montesquieu o a Tocqueville. La segunda manera de razonar ese interés actual, sin despreciar la primera, consiste en leer al clásico en el marco de la tradición liberadora que él mismo ha inaugurado, haciendo propios, por tanto, las preocupaciones y el punto de vista de Marx y de Engels en una situación ya muy cambiada respecto del momento histórico en que ellos escribían. Sé que esta otra manera de ver la cosa no está de moda y que ir contra las modas es como afiliarse a la Compañía de la Soledad; pero también sé, por Leopardi, que la moda, por efímera, es hermana de la muerte.

En la tradición que Marx y Engels inauguraban con el Manifiesto el primer paso para la liberación de los de abajo, de los explotados y oprimidos, era tener conciencia; tener conciencia de lo que se había sido y de lo que se era. Tener conciencia significa saber situarse en la historia de la humanidad y en su presente.

Hasta 1847, hasta que se escribió el Manifiesto, la literatura política que los intelectuales cultos, humanitarios o compasivos, habían producido en favor de las pobres gentes osciló entre la profecía, el mesianismo, la utopía y el sarcasmo crítico a costa de los de arriba, de las clases dominantes. La idea misma de una sociedad de hombres socialmente iguales y libres se identificaba con un pasado idealizado, anterior a la existencia misma de la propiedad privada, con lo que se llamó la “edad dorada”, o bien se concluía, como en el caso de la utopía de Thomas More, con alguna broma irónica, como diciendo: “He aquí lo mejor, pero como eso no es realizable entre nosotros, tomémonos unas copas, mientras tanto, y esperemos”. Thomas More murió asesinado por el poder de su tiempo. Otros dijeron: “Vendrán tiempos mejores en que los viejos y repetidos anhelos de los pobres y expoliados se verán por fin satisfechos”. Pero esos tiempos pasaron, el viejo régimen de la monarquía absolutista cayó y los nuevos pobres sólo vieron repetida la eterna esperanza. Eran, aquéllos, libros admirables que los de arriba, los que mandaban y los que mandan, pueden leer hoy casi siempre sin turbación. Pasado el tiempo en que fueron escritos, y limadas sus aristas críticas, pueden ser leídos desde el Olimpo incluso con delectación y placer estético.

Los profesores habían puesto en los pies de sus páginas notas cultas y convenientes. Ahora algunos de estos libros pueden ser comprensiblemente entendidos incluso como lo contrario de lo que sus autores pretendían decir a sus contemporáneos. Pero no así en el caso del Manifiesto comunista.

De las muchas ediciones que pueden hallarse, aunque no en las librerías, sí, al menos, en nuestras bibliotecas, ninguna cuenta, que yo sepa, con ese tipo de notas que embalsaman para siempre a un clásico. Hay ediciones mejores y peores, dogmáticas y científicas, eruditas y combativas, pero no embalsamadoras. Por lo demás, no deja de ser significativo el que las editoriales grandes -y esto es sintomático- no tengan ahora mismo, en España, entre sus clásicos una edición del Manifiesto disponible. Y si alguna lo tiene hace tiempo que lo descatalogó. El editor grande tal vez argumente: ¿Y quién va a leer hoy en día el Manifiesto comunista después de la caída del comunismo?

Su propia respuesta a la pregunta: “Suponiendo que, como se suele decir, la historia reciente hubiera refutado la prospectiva de Marx y de Engels, esto no sería razón suficiente para dejar de leer el Manifiesto comunista.” ¿Por qué? Por lo siguiente.

Desde el siglo XVI la historia de la ciencia no ha hecho sino refutar, una tras otra, muchas de las ideas básicas contenidas en el viejo y en el nuevo testamento, y, sin embargo, la buena gente, incluida la mayor parte de los científicos del siglo XX, no ha dejado por eso de leer la Biblia. Y la buena gente hace bien, porque ese libro contiene muchas cosas interesantísimas que no se agotan con el reconocimiento de la teoría copernicana y de la teoría darwinista de la evolución. A casi nadie se le ocurriría hoy en día ir a buscar respuesta a sus penas en la Apología de Sócrates, en la Utopía de Thomas More o en la Brevísima relación de la destrucción de las Indias de Bartolomé de las Casas, pese a lo cual habría que considerar del género tonto el argumento de que ya no vale la pena leer estas obras porque su tiempo ha pasado. Todo aquel que se haya dedicado a la enseñanza sabe cómo año tras año los jóvenes se conmueven con la lectura de textos así, independientemente de que Sócrates haya salido derrotado en su lucha en la democrática Atenas, de que Thomas More haya pagado con la vida su atrevimiento en la Inglaterra del siglo XVI, o de que Bartolomé de las Casas se quedara casi solo en su lucha en defensa de los indios en la España imperial. ¿Y no nos conmueve lo que dijeron o escribieron precisamente por esto?

Los textos clásicos nunca han cotizado en la bolsa de los valores mercantiles. Tampoco ahora por supuesto:

Un texto clásico no se caracteriza porque uno, el amable lector, por ejemplo, vaya a sacar utilidad inmediata de la lectura, sino porque, en lo suyo, sea esto la narrativa, la poesía, la filosofía o la política social, ha sabido envejecer: porque en su envejecimiento aún tiene cosas importantes que decirnos, aún nos conmueve, aún nos hace pensar: en lo que hemos sido, en lo que somos, en lo que podríamos haber sido, en lo que desearíamos ser.

El MC comunista era un texto de este tipo.

De los que han envejecido, a pesar de todo, bien. De los que hablan de uno de los anhelos sustanciales del hombre que, como animal racional, es un ser civil que, en ocasiones, ha considerado que valía la pena arriesgar por su propia emancipación, por la liberación de las cadenas que le oprimen por librarse de la dominación ejercida por unos hombres sobre otros hombres.

La lectura del MC siempre producía turbación, inquietud. Desde su primera frase: ”Un fantasma recorre Europa: es el fantasma del comunismo” hasta la última: “Proletarios de todos los países, uníos”

El lector quedará siempre atrapado por la impresión de que aquello va con él y, además, en serio. El cuento cuenta de algo que nos afecta profundamente. Todavía ahora, cuando las bromas intelectuales acerca del “fantasma que recorre Europa” están a la orden del día, y el nombre mismo de “comunismo” sumamente desacreditado, las veintitantas páginas del Manifiesto siguen provocando turbación en el lector y en el profesor que ha de explicar a sus alumnos, de forma contextualizada, las ideas allí contenidas. ¿Por qué eso? ¿Por qué esta turbación y el sucederse de las sonrisas nerviosas contenidas cada vez que se abre el Manifiesto y se lee aquello de que la historia de todas las sociedades existentes hasta el presente es la historia de la lucha de clases o aquello otro de que los obreros no tienen patria? ¿Por qué tanta crispación si el proletariado del que allí se habla ya no existe, si el capitalismo del que allí se habla ya no existe, si la lucha de clases de la que allí se habla ya no existe, si el comunismo del que allí se habla no llegó a existir y donde se dijo que existió acabó hundiéndose? No es fácil contestar a esta otra pregunta directamente. Pero sospecho que eso ocurre por motivos parecidos a los que llevan a la conmoción del lector cada vez que se enfrenta a alguna de la obras clásicas citadas más arriba o al Zaratustra de Nietzsche, o a los textos de Sade, o a la interpretación freudiana de los sueños.

Algo había allí, en esos textos, que comparten con el MC la pasión por la liberación del ser humano:

Algo hay que, por encima de nuestros intereses y de nuestras convicciones, nos hace oscilar, como divididos, entre dos sentimientos: nuestro autor -pensamos desde la experiencia histórica acumulada- exagera, generaliza en demasía, pero de esta pasión exagerada brota alguna verdad, alguna verdad sustantiva, que quienes no exageran nos quieren ocultar. ¿Tal vez porque la mesotés, el equilibrio, la mediocritas, la discreción, el olimpismo estético y la razón pura, a que aspiramos y aspiraremos siempre, son atributos del estar a bien con el mundo mientras que la hybris, la demasía, en cambio, es el estado de necesidad del hombre que no puede reconciliarse con un mundo lacerado por las desigualdades y demediado por la dominación de clase?

Lo que nos turbaba, cuando leemos clásicos como los mencionados, era tener que reconocer que no todas las opiniones valen igual en todo.

Acerca del autor

Debate Plural

Un medio independiente, libre, plural, sin ataduras con empresas o gobiernos; buscando el desarrollo de una conciencia critica, y la verdad que subyace en el correr de la vida nacional e internacional para el empoderamiento del pueblo dominicano en relación con las luchas y reivindicaciones económicas y sociales fundamentales

Dejar un comentario