Nacionales Politica

Trujillo mataba por desplantes y desdenes

Dictador Rafael Leonidas Trujillo
Escrito por Debate Plural

Tony Raful (Listin, 16-1-18)

Algunos lectores de “La Rapsodia del Crimen”, sobre todo fuera del país, me han escrito  preguntando, si  Trujillo  era capaz de reaccionar de manera tan patibularia ante cualquier diferencia con un aliado político, hasta llegar a ejecutar un magnicidio.

El general Arturo Espaillat, el único militar dominicano graduado en la prestigiosa Academia Militar norteamericana  de West Point, quizás el único oficial suficientemente capacitado y formado académicamente con que contaba Trujillo, y a quien la vida le tuvo reservado un “cisne negro” que todavía hoy es motivo de controversias y especulaciones, ya que fue testigo de la emboscada del 30 de mayo de 1961, que liquidó al tirano, por pura casualidad histórica, y cuya rápida presencia ante el Secretario de la Fuerzas Armadas, minutos después del ajusticiamiento, frustró la segunda parte de la conspiración, que consistía en un Golpe de Estado, encabezado precisamente por el titular del mando militar, general José René Román Fernández, escribió un libro llamado “Trujillo, el último de los Césares”, en una edición dominicana impresa por la “Revista Renovación”, del periodista Julio César Martínez,  traducida  y con notas de los doctores Pedro Andrés Pérez Cabral (Corpito)  y Ramón Pina Acevedo.

Estas distinguidas personalidades  habían hecho esta edición dominicana, traducida  de la edición hecha por Henry Regnery Company, Chicago, 1963, Illinois, Estados Unidos, que fue donde apareció el libro de Espaillat. La edición de la “Revista Renovación” de Julio César Martínez, con notas a cargo de Pérez Cabral y Pina Acevedo apareció en 1969 en Santo Domingo, luego de que fueran publicados muchos capítulos de libro, por entrega en la susodicha  revista. La obra de Espaillat apareció originalmente con el título de “Anatomía de un Dictador”. Se supone que el nombre fue cambiado con la autorización del propio general Espaillat, ya que el doctor Pina Acevedo fungió de representante legal suyo a raíz de haber regresado de  su exilio a Santo Domingo en 1967.

Lo más significativo de la edición dominicana de la “Revista Renovación”, son las notas al pie de cada capitulo escritas por Pérez Cabral y Pina Acevedo, se trata de casi un libro paralelo,  donde estos abogados hacen  hincapié  en cada afirmación de interés histórico, añaden datos, sitúan el contexto y enriquecen la obra. Pedro Andrés Pérez Cabral  fue un antitrujillista legendario, quien escribió varios libros denunciando los crímenes de Trujillo, y a su regreso al país en 1961, fundó el Partido Nacionalista Revolucionario, en los altos de la Galería de Arte Auffant, en la calle El Conde, que se convirtió en aquellos meses de euforia antitrujillista, en una escuela del pensamiento político avanzado, dando cátedras orientadoras a la juventud ansiosa de conocimientos e ideales revolucionarios.

El Golpe de Estado contra Bosch, lo sorprendió  arribando al puerto de Santo Domingo, de un viaje de paseo a Venezuela, su segunda Patria,  pero no pudo desembarcar porque los golpistas septembrinos, se lo impidieron. Sin embargo, un osado periodista de “El Caribe”  pudo subir al barco, e intentó entrevistarlo, a lo que Pérez Cabral respondió que él no daba declaraciones en alta mar, que él era un hombre de tierra firme, demandando su derecho a pisar tierra dominicana. Esa frase se convirtió en lo que hoy llamaríamos “viral”, en “tendencia” comunicativa y el hecho arbitrario se revirtió contra  los usurpadores del poder político. El doctor Pina Acevedo, una de las figuras más respetadas y queridas de este país por su ejercicio profesional y su honradez, era familia de Trujillo, pero jamás  se benefició de ese parentesco, albergando sentimientos antitrujillistas, hasta el grado de que pasó a ser abogado de la parte civil constituida de los familiares de las hermanas Mirabal en el juicio seguido en 1962 a los asesinos materiales de las tres heroínas. Pina Acevedo, fue amigo personal de Máximo López Molina, el intrépido dirigente del Movimiento Popular Dominicano (MPD) que enfrentó  a Trujillo  y denunció sus crímenes en  las calles, junto a un puñado de jóvenes valientes, colaborando con éste en sus actividades, por lo que fue deportado por el Consejo de Estado y luego por el Triunvirato, acusado  de comunista, hacia Venezuela, donde luego se uniría a Pérez Cabral.

Todo este preludio es para decir que en su libro, Espaillat asegura que Trujillo lo envió a Cuba en el año 1955 a participar en las ceremonias de inauguración de un nuevo período del dictador Fulgencio Batista, para proponerle una alianza informal entre los dos gobiernos. La idea, relata Espaillat, de Trujillo, era  formar un frente unido para neutralizar a los liberales de Washington y a los revolucionarios del Caribe. Espaillat, al ver a Batista y proponerle el pacto, no lo notó entusiasmado, y Batista le dijo que estaba dispuesto a darle la bienvenida a cualquier asistencia secreta que Trujillo pudiese prestarle, pero, “por el amor de Dios, que nadie lo supiera”. Cuando Espaillat se lo dijo a Trujillo, éste reaccionó: “Qué sargento de mierda, voy a tumbar a ese bastardo”.

Y dice Espaillat que inmediatamente Trujillo planeó la operación denominada  “pañuelos y tomates”. La palabra pañuelo significaba armas y la palabra tomates significaba explosivos. Trujillo no aceptaba ese tipo de desplantes, incluso hizo contacto con militares disgustados del ejército cubano para conspirar contra Batista. Exactamente lo mismo  ocurriría luego, el 26 de julio de 1957, ordenando el asesinato del presidente Castillo Armas.  Ese era Trujillo, no se le podía herir, ni despreciar, ni sentirse avergonzado de él, no perdonaba la ingratitud. A Batista no lo pudo matar como a Castillo Armas, pero cuando Batista vino huyendo de Cuba a raíz del triunfo de Fidel Castro, lo humilló, lo pateó, lo metió preso y luego lo dejó salir del país.

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