Nacionales Sociedad

Los barrios, memorias de poeta (2)

Escrito por Debate Plural

Marcio Veloz Maggiolo (Listin, 2-5-14)

En el mapa de Casimiro de Moya se advierten las antiguas divisiones de la capital dominicana. Gascue, elegante y vivo, con su nueva pequeña burguesía alentadora. Calles arboladas, estilo modernista, experimento urbano. Nueva voz de la ciudad. Quedaba, como un recuerdo colonial, la huella del azúcar al través de más de cuatro siglos. Historias locales, luchas nacionales, profundo sentido de la vecindad, amor por las cosas pequeñas, y una profunda fe en el terruño, hicieron de los barrios capitalinos una forma de identidad que ha tomado parte en importantes episodios como manera de orgullo que se integra a lo nacional.

La mayor identidad barrial sobrevivió y apenas sobrevive en Gascue, hoy despedazado, y San Carlos, atada a su capilla y a la Virgen de la Candelaria, lo mismo que a San Carlos Borromeo. Ambos fuereon parte de una cotidianidad basada en la colaboración familiar la que obligaba a reconocer no sólo a los que han ido forjando con sus acciones mínimas el perfi l de lo que se considera la historia mayor. Hechos bélicos como la Guerra de Abril de 1965 dejaron en la conciencia barrial puntos de heroicidad permanentes y cada barrio se unió y arrimó a la cultura popular, en los quehaceres de clubes urbanos y suburbanos, obra de ellos mismos y no de los gobiernos, barrios que encarnaron la identidad nacional en momentos de peligro para el país.

Lo mismo había acontecido durante la ocupación norteamericana del año 1916, con la tradición de la montonera y del apego a la libertad. Las invasiones modernizadas como la de 1916 y la de 1965, cambiarían en parte la faz barrial, y politizarían los barrios y darían nombres extraños a nuestro entorno. Debido a concentraciones étnicas surgieron tempranamente Mandinga y Los Mina ya reformado y hecho barrio modernizado a pesar de su historia étnica y colonial. Y mucho más tarde, ya en el siglo XX, como referencia debido a las luchas internacionales, en la parte inmediata a la orilla oeste del río Ozama emergió Katanga, nombre popular, como muchos otros, dado por el propio pueblo para homenajear la acción libertaria, nueva, de parte de África. Hemos sido un recipiente de los mundos que luchan por su libertad. No los consigno todos, es imposible que me lleguen a la memoria ahora afectada por el agua o las aguas del Leteo, el río del Hades donde la memoria desaparece adrede o sin motivo específi co.

El barrio, los barrios crecen como parte de la ciudad cruzando, como transeúntes; los barrios dejan huellas de vida e historia y se extienden, siglo tras siglo, acosados por la nueva ola de calles y viviendas con nombres que responden más bien a un “porque sì”. No caben ni sus vidas ni sus biografías en tan pocas páginas ni en el marco de toda la poesía que este escrito representa. La arqueología los busca, pero la piqueta del llamado “progreso” y los afanes pasajeros de un turismo sin conciencia de lo que éramos que ahora destruye huellas e inventa memorias sin verdadera base. La estética de los presupuestos nacionales se asienta no en documentos, sino en el número de turistas. Una nueva historia, inventada, sustituye las viejas historias subterráneas. Los dinosaurios metálicos cavan el pasado y no lo documentan.

La moderna barrialidad bulle se ha alimentado siempre de hechos que generan cierto orgullo localista. Ya no son los barrios coloniales, marcados por los ofi cios, las misas y las “patronalidades”. Ahora, en el siglo XX y en el XXI la modernidad obliga a otro tipo de identidad. La identidad para un turismo sin base histórica. Los primeros turistas, señalados en la obra de Bernardo Vega, vieron el verdadero rostro de la barrialidad. Hoy verán el carnavalesco antifaz producto de la voluntad de varios, pero no de todo el pueblo. Artistas que triunfan y enorgullecen a las gentes del barrio, personajes de leyenda que el barrio respeta por sus hechos, héroes y heroínas conformaron el mito barrial mediante su hombría o su “mujeridad” cuando se trataba de defender la concreción de la identidad o de reforzarla con su arte, con sus hechos admirables, con su modelo, se van hundiendo en el olvido progresista y progresivo.

Hoy la actual barrialidad es un proceso moderno que se asienta en valores y antivalores muchos de ellos artifi ciales. El orgullo que nos hace ser barrialistas debe depender y depende de nuestra propia escala de valores, y podemos llegar al orgullo barrial por disímiles vías y hechos, pero coincidiendo en que el barrio es un territorio de nuestra identidad y signifi ca la unidad de valores nada condicionados. Nadie puede cambiar ni debe inventar un rostro nuevo para fi nes ulteriores.

Hoy la nueva barrialidad dice un réquiem que se anida en una historia disolvente. Los edifi cios de apartamientos son eso, un modelo que “aparta”, un modelo que fragmenta y donde un mundo interior se mueve huyéndole a la vida de fuera. Ni hablemos de las altas torres donde nadie se conoce y donde el saludo personal ha desaparecido. El cascarón vital de estas edifi caciones se llama dudosamente “barrio”. Creemos que también a veces los ensanches, con modelos tan numerosos, pueden llegar a tener cierta conciencia de una barrialidad que se esfuma y que es ajena a los viejos cánones. Nacen barrios a medias y mueren barrios completos. Mueren calles completas y nacen calles, completadas pero sin sentido histórico. Esto ocurre según la visión política de unos fusionada con la mentalidad ahistórica de otros.

Gascue, uno de nuestros más signifi cativos barrios de clase media, no ha merecido su permanencia, sus viejas casas son modifi cadas, sus antiguos dueños, idos hace tiempo no pueden ya aferrarse al recuerdo, muchos de los descendientes de los pobladores que con orgullo vieron la vida desde lo que vendría a ser el corazón más coherente de Santo Domingo, cedieron por razones válidas o no, al proceso del urbanismo que apoyado en la plusvalía dio más importancia al precio de la tierra que al de su contenido emocional. Ahora, calles sin vecinos originaros o de originaria descendencia, no tienen sufrientes. Las academias, los ministerios, los que estudiaron para la salvaguarda del futuro, son dueños de un magro silencio con ataduras.

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