Nacionales Sociedad

Vecindarios y barrios (IV)

Escrito por Debate Plural

Marcio Veloz Maggiolo (15-12-17)

A los palacios del Santo Domingo que apuntaban a ser medievales y a la vez renacentistas, se acercaron los miserables que buscaban la ayuda de los poderosos. Los. Engendradores y lectores de futuro, las gitanas que garantizaban el porvenir, los italianos a los cuales los colones o Colon dieran el monopolio del jabón, iniciando el modelo del agiotismo en las nuevas tierras descubiertas por los europeos.

Las calles no sólo recibían pisadas que madrugaban en los charcos de una ciudad con luminarias de cuaba y de caras resinas importadas, sino que pronto las iglesias del catolicismo conquistador se coagularon envueltas en cofradías y espacios para la supervivencia; las mandolinas sonaban en las horas de la madrugada, y las misas para pobres, sin embargo más que ricas para la creciente población dominante y esclavizadora, muchas tempranas para habitantes mal vestidos y mujeres sin trapos que lucir, habitantes de casas de madera mal labradas con techos de cana, paja, refugio de ofi cios sonoros que lo fueron para canteros de rostro calizo, plateros con escasa materia prima, y poetisas de voz apagada como campanillas de timbre temeroso, que avecinaron a la villa, a su historia inicial, con saraos, bailes cortesanos, presentaciones en los atrios y prostituciones ofi – ciales, semi-ofi ciales que eran como la reversa de una España navegante entre el medioevo y las rebeldías de Erasmo y sus seguidores y de los nuevos intérpretes de las llamadas “sagrada escritura”.

La materia prima de los vecindarios estaba borbollando y en búsqueda de consolidarse; y el pensamiento latinoamericano nacía entre frailes cultos o entre lectores ocultos como el marinero Diego Méndez, cuya biblioteca erasmista, consistente en unos cuantos volúmenes, se hizo famosa mucho después de su viaje en búsqueda de ayuda al encallamiento de Colón en Jamaica, frente a Ovando, la que el Gobernador negó casi a mansalva, mientras judíos mal llegados se abrazaban a la Torá y Pentateuco original, y las oraciones y salmos de su progenitor mítico el Rey David.

La ruralidad eclesial comenzaba con un cura casi imaginario cada cientos de leguas. El Illo Tempore estaba a la mano de todos. Tiempo inaugural que se escondía en los establos donde tocaban los esclavos el tambor oscuro de la noche, al tiempo que cuidaban del quehacer aun semi-urbano de sus amos y de su propia habla, -mezcla ferruginosa de palabras y de lenguas diferentes-, bañando caballos y limpiando porquerizas, e inventando modos y mezclas de cantos, porque no todos llegaban de un mismo lugar ni eran parte de una misma etnia. Así como el castellano se había curtido entre palabras moriscas, enriqueciéndose, había comenzado a danzar en giros fonéticos con voces de África occidental, y con la visión del negro cuya mejor lengua era la piel del tambor y la conversión de la maraca ritual taina en voz del canto de las haciendas.

La música y las oraciones a los seres antecesores, fue la defensa lúdica y sensual de su raza. El mestizaje comenzó con los castigos y de otro lado con el sexo enfebrecido, y se incendió con la música y el canto mezclados, concluyendo con un ludibrio que se fundía por encima de las oraciones y las creencias propiciando un nuevo modo de racialidad.

Las negras de “lecho libre” y del dominio del “macho cabrío” oculto alcanzaron mayor libertad que la ofrecida por el amo al esclavo, convertido a veces en su opositor sexual. Alrededor de las iglesuelas o capillas nacieron los primeros barrios del Santo Domingo colonial. Se cocieron las primeras identidades barriales: San Miguel, San Antón, Santa Bárbara, San Lázaro, y tal vez en el Santiago destruido y desconcertado por el terremoto tardío de todos cantando entre oraciones y misales los padrenuestros y avemarías del siglo XVI.

En su intento de catolizar al indígena la invasión hispana fracaso ya antes de 1540, y a fuerza también de látigo y borrascas morales, el africano aprendió a ser siervo católico de oculta religión africana, para termina incorporándose a la fusión racial hispana que tuvo modelos como el de los moros y españoles que habían conformado y mantuvieron aun en épocas de expulsiones, las culturas mozárabes, y algunos de los aspectos de la cultura sefardita.

Cuando aún no llegaban los luteranos, reformadores de las palabras sagradas sugeridas por modelos imaginarios, o más bien interpretadas en las letras bíblicas promovidas por el protestantismo temprano, los barrios se defi nieron por sus ofi cios, voces, discursos y motivos de una cristiandad nueva, cimarrona, vivida a quemarropa y apenas orientada por la parroquia. Entonces la palabra “parroquiano” pudo ser usada y tuvo mayor sentido. El cura párroco cubría en muchos casos las ofertas raciales.

De la palabra árabe “bar”, lugar donde los árabes del Medioevo español habían establecido sus viviendas fuera de las ciudades, nace la denominación “barrio” y alrededor de las ermitas, capillas y pequeñas iglesias de Santo Domingo, y algunas de las villas fundadas por Ovando, también. Allí hubo un fl orilegio de conglomerados humanos: barrios los hubo que representaron un poco el exilio pobrísimo de las villas.

Cuando los siglos XVII y XVIII arribaron, inmigrantes nuevos, los “adosados” como, chapolas o mariposas negras de las que dan fi ebre, ya éramos parte de la colonia, madre nutricia de alegrías y tragedias, almohadón de invasiones e hija del llamado “situado”, monedero marítimo llegado para pagar empleados y macutos o más bien “bacías”, donde venía troquelado el futuro tintineando en maravedíes o del latón transformado en monedas y en pensamientos agiotistas.

Exiguo envió gastado de antemano.

Las calles coloniales habían sido trazadas por la cotidianidad y lo mismo el tiempo de su uso y necesidades.

Se diría que se adaptaban al modelo histórico.

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