Cultura Nacionales

El trópico en Madrid

Escrito por Debate Plural

Anibal de Castro (D. Libre, 17-12-16)

MADRID LLUVIOSO, FRÍO, PROFUNDAMENTE otoñal y en galas navideñas, acoge al trópico cálido, rebosante de luz y color en Sinergias Barcelona-Santo Domingo, una exposición pictórica de factura creativa impecable y muestra excelente de la grandeza del arte dominicano, con cargos totales a la Colección Museo Bellapart. Se ha llenado el espacio de dos amplias salas del Palacio de Linares, sede de la Casa de América, de una fuerza visual que sobrecoge de inmediato, los cuadros en exhibición cual vehículos de aproximación rápida, subjetiva y objetiva a la vez, a esa geografía física y humana que somos nosotros, la República Dominicana.

Placer estético incontenible al apreciar obras pictóricas que recogen la verdad de nuestra idiosincrasia. Que transforman realidad e imaginación en un despliegue de tonalidades y formas que nos devuelve la visión de un trópico idílico, quizás, pero descarnado en su belleza inquietante y drama. Josep Gausachs y dos de los primeros alumnos del maestro catalán, Gilberto Hernández Ortega y Clara Ledesma, confirman la trascendencia de la plástica dominicana. De sus paletas ha emergido una descripción acabada de rasgos centrales de nuestra cultura, metamorfoseada en costumbres que le adscriben especificidad. Mirna Guerrero Villalona, directora del museo, ha hecho una selección inteligente, propia de un ojo crítico agudo.

Sin jactancia, decía a los concurrentes a la apertura de la muestra que esta se bastaba a sí misma y, por tanto, innecesario ingresar en detalles técnicos o descifrar un posible arcano enclaustrado en imágenes y paisajes indudablemente exóticos para los ojos madrileños. Hay otras lecturas posibles, sin embargo, que contradicen la sabiduría convencional que entretienen algunos académicos y representantes de la diáspora ilustrada cuando abordan el tema de la raza en la tierra que más amó Colón.

En los cuadros de Gausachs, Hernández Ortega y Ledesma, y sin necesidad de mucho esfuerzo para encontrarla, aflora una definición racial y la consiguiente derivación cultural no es otra sino el mestizaje: suma de etnias y prácticas sociales, el encuentro afortunado de Europa, África y América.

No hay trampa alguna en las líneas y colores que alumbran figuras humanas negras pero con rasgos que delatan otras contribuciones genéticas. Negrita en el jardín, un óleo sobre madera de Ledesma, es una señal. Igual consideración a la diversidad racial se aprecia en el guache sobre papel que Hernández Ortega tituló Niños jugando con funfún. Hablamos de cuadros pintados durante la dictadura trujillista, a contrapelo de la ideología oficial que abominaba de la influencia africana en la fragua de nuestra cultura.

El catalán Gausachs, de quien Hernández Ortega y Ledesma recibieron las líneas maestras del lenguaje que los unifica, reproduce en cascada de colores la negritud presente, motivo tan poderoso de como el exotismo del trópico y las tormentas que representó genialmente como aspas girando velozmente en lugar de las hojas de las palmeras.

Sin embargo, en We Dream Together: Dominican Independence, Haiti, and the Fight for Caribbean Freedom, de Anne Eller, profesora de la Universidad de Yale, se recrea la leyenda de que desconocemos la herencia africana y se carga a la sociedad dominicana un racismo que podría quizás entusiasmar a grupos minúsculos, menos numerosos que su contraparte norteamericana. Por el mismo sendero se descarrilan los dominicanos de la diáspora Edward Paulino en su Dividing Hispaniola: the Dominican Republic´s border campaign against Haiti, y Milagros Ricourt, en The Dominican Racial Imaginary: Surveying the Landscape of Race and Nation in Hispaniola. Aún no se ha secado la tinta en las tres obras.

La mácula en los escritores y académicos dominicanos en los Estados Unidos salta a la vista. Han abandonado la neutralidad afín al investigador al adoptar como válido el modelo norteamericano en la interpretación de la realidad social dominicana y que, sin embargo, un extranjero como Gausachs y en plena dictadura supo describir con acierto a golpe de pincel. La toxicidad del entorno, revelada una vez más en la reciente campaña electoral, les ha echado a perder la intuición, tan importante como el método en el trabajo académico.

Gausachs llegó a Santo Domingo en la década de los cuarenta, luego de una temporada en un campo de concentración francés una vez concluida la guerra civil española. Con él vino la experiencia madura de un pintor que se había codeado en París con Picasso, Chagall y Modigliani, entre otros.

Después de una travesía tormentosa hasta Nueva York y un accidentado vuelo, a la Ciudad Trujillo de entonces llegó en la misma década un joven catalán de apenas 16 años. Con las vueltas del calendario, Juan José Bellapart se convertiría en empresario acaudalado gracias a su talento, visión y una envidiable capacidad de trabajo. Destacado mecenas, ha sabido combinar sus dotes empresariales con un amor acendrado por la plástica que se le despertó en sus años de infancia en la Ciudad Condal. A él debemos la pinacoteca privada individual más importante del país.

Aquel joven de fortuna solo en sueños, encontró en el país el terreno fértil para desarrollar sus habilidades, crecer como persona y formar familia. Ha compensado la hospitalidad, la nacionalidad y el calor que le hemos dispensado con una pasión inextinguible por la buena pintura. No se ha solazado en la propiedad egoísta de verdaderos tesoros pictóricos, sino que los ha puesto al servicio de todos; también del país donde nació, como lo demuestra la exposición recién abierta en Madrid, con el apoyo de la embajada dominicana y Seguros Universal, y el aliento del embajador español Jaime Lacadena.

Sinergias Barcelona-Santo Domingo refiere el impacto positivo de esa inmigración española que rechazó la tentación del gueto para integrarse sin complejos y abonar así el nuevo suelo con sus destrezas artísticas, caso Gausachs, o esfuerzos personales rayanos en el sacrificio, como testimonian muchos otros pertenecientes a la emigración del siglo pasado. Uno y todos se reconvirtieron en el crisol de razas que es la República Dominicana, asumiendo las costumbres de este trópico nuestro y su realidad tan diferente y que, sin embargo, ha sido pródiga para la creación artística y la riqueza material.

El reconocimiento a la diversidad racial o el rescate de la presencia africana no se limita a Gausachs, a quien podría atribuírsele una “embriaguez tropical” resultante del choque cultural que debió experimentar al establecerse permanentemente en el Caribe insular y enseñar lo mucho que sabía. El relato de la certeza racial, sublimado por el toque mágico del arte, aparece con igual vigor en la pintura de los dominicanos Elsa Núñez, Jorge Severino, Jaime Colson, Cándido Bidó, Ramírez Conde, Guillo Pérez y otros de igual calibre.

El mestizaje trasciende el color y se reivindica, por ejemplo, con la mítica ciguapa de Rodríguez Conde; con los gallos, cañaverales y carretas de Pérez; con esos contornos etéreos de las figuras de Elsa. Brota en dos de mis favoritos entre los cuadros que se exhiben en Madrid, Descanso, de Gosachs, y La Ciega, de Hernández Ortega. Hay un mensaje de desolación en ambos, mas también señas identificatorias de nuestra cultura que a nadie apercibido medianamente del carácter y rasgos esenciales del dominicano escapa.

Es una dinámica imposible de evitar, una fuente inagotable de inspiración que ideología alguna seca, una realidad que apabulla y enaltece.

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