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La provocación de Estados Unidos en Corea del Norte: un pretexto para la guerra con China

Donald Trump
Escrito por Debate Plural

James Petras (Rebelion.org, 5-5-17)

Estados Unidos comenzó a construir su imperio a escala mundial durante la Segunda Guerra Mundial y el periodo posterior a esta. Washington intervino directamente en la guerra civil china (proporcionando armas al ejército de Chiang Kai-shek mientras el Ejército Rojo luchaba contra los japoneses), apoyó la guerra de recolonización de Francia contra el Viet Minh en Indochina e instaló regímenes títere en Corea del Sur, Taiwán y Japón.

Mientras el imperio se edificaba a trompicones, con avances y derrotas, el objetivo estratégico seguía siendo el mismo: prevenir el establecimiento de gobiernos comunistas o nacionalistas laicos independientes e imponer regímenes vasallos compatibles con los intereses de Estados Unidos.

Las armas empleadas fueron guerras y golpes de estado sangrientos (“cambios de régimen”). Los regímenes coloniales europeos derrotados fueron reemplazados e incorporados como aliados subordinados a Estados Unidos.

Para realizar las conquistas imperiales, Washington utilizó siempre que estuvo en su mano a ejércitos de mercenarios entrenados, equipados y dirigidos por ‘asesores’ estadounidenses. Cuando esto no fue suficiente, por lo general si el régimen clientelista y las tropas vasallas se mostraban incapaces de derrotar al ejército del pueblo, las fuerzas armadas de Estados Unidos intervinieron directamente.

Los estrategas imperiales trataban de intervenir y conquistar brutalmente al país elegido. Cuando no conseguían alcanzar su objetivo ‘máximo’, iniciaban una política de asedio para cortar los vínculos de los centros revolucionarios con los movimientos populares de países limítrofes. Si los países lograban resistir la conquista armada, los constructores del imperio imponían sanciones económicas y bloqueos para erosionar la base económica de los gobiernos populares.

Los imperios, como los sabios romanos reconocieron hace tiempo, no se construyen en un día, en semanas o en meses. Se firman a conveniencia convenios y acuerdos temporales que se quiebran cuando ya no resultan útiles porque los diseños imperiales están por encima de todo.

Los imperios fomentan las divisiones internas entre adversarios y los golpes de Estado en países vecinos. Pero, sobre todo, construyen una red mundial de avanzadas militares, agentes clandestinos y alianzas regionales en las fronteras de los gobiernos independientes para recortar las potencias militares emergentes.

Una vez concluidas con éxito las guerras, los centros imperiales dominan la producción y los mercados, los recursos y la mano de obra. Sin embargo, con el tiempo es inevitable que surjan problemas en los regímenes dependientes e independientes. Los rivales y los competidores ganan acceso a los mercados y aumentan su poderío militar. Mientras que algunos estados vasallos sacrificaron su soberanía política-militar para conseguir un desarrollo económico independiente, otros optaron por la independencia política.

Las contradicciones primeras y últimas de la expansión del imperialismo

Las dinámicas inherentes a los estados y sistemas imperiales experimentan contradicciones que replantean y cambian constantemente los contornos del imperio.

Estados Unidos ha dedicado inmensos recursos para mantener su supremacía militar entre los estados vasallos, pero ha experimentado un grave declive en su cuota de mercado mundial, especialmente con el rápido aumento de nuevos productores económicos.

La competencia económica obligó a los centros imperiales a reconfigurar el centro de sus economías: la “renta” (finanzas y especulación) desplazó a los beneficios del comercio y la producción. Las industrias imperiales se trasladaron al extranjero en busca de mano de obra barata. La economía nacional está ahora dominada por las finanzas, los seguros, los bienes inmuebles, las comunicaciones y las industrias militares y de seguridad. Esto ha creado un círculo vicioso: con la erosión de su base productiva, el imperio ha incrementado aún más su dependencia del ejército, del capital financiero y de la importación de bienes de consumo baratos.

Justo después de la Segunda Guerra Mundial, Washington puso a prueba su destreza militar a través de la intervención en terceros países. Debido a la gran resistencia popular y la proximidad de la URSS, y más tarde la República Popular China, la construcción del imperio en el Asia post colonial se contuvo o fracasó militarmente. En Corea, las fuerzas estadounidenses alcanzaron transitoriamente un punto muerto después de matar a millones de personas. En China, su derrota provocó la huida de los “nacionalistas” a la isla de Taiwán. La resistencia popular y el apoyo material de las potencias socialistas obligaron a EE.UU. a retirarse de Indochina. A causa de ello, no tuvo más opción que recurrir a las sanciones económicas para estrangular a los gobiernos revolucionarios.

El crecimiento de la ideología unipolar

Ante el creciente poder de sus competidores económicos en el extranjero y su mayor dependencia de la intervención militar directa, el imperio de EE.UU. aprovechó la desintegración interna de la URSS y el giro de China hacia el “capitalismo de Estado” en las décadas de los ochenta y los noventa. Con la desintegración forzada de Yugoslavia, Estados Unidos se expandió por la región del Báltico, Europa oriental y central y los Balcanes. Los estrategas imperiales anticiparon “un imperio unipolar”, un Estado imperial sin rivales. Los constructores del imperio eran libres para invadir, ocupar y saquear estados independientes en cualquier continente e incluso para bombardear una capital europea, Belgrado, con total impunidad. Se iniciaron múltiples guerras contra señalados adversarios que carecían de aliados globales fuertes.

Países del sur de Asia, Oriente Medio y el Norte de África fueron objeto de destrucción. América del Sur estaba bajo el control de los regímenes neoliberales. La antigua Unión Soviética fue saqueada y desarmada por vasallos del imperio. Rusia estaba gobernada por gánsteres cleptócratas aliados con títeres de Estados Unidos. El papel asignado a China era el de convertirse en un taller de esclavos para producir artículos de consumo baratos para los estadounidenses y generar grandes beneficios para las corporaciones multinacionales y minoristas como Wal-Mart.

A diferencia de lo que ocurrió con el Imperio Romano, la década de los noventa no iba a ser el preludio de un imperio indiscutible de larga duración para Estados Unidos. Los “unipolaristas” se embarcaron en múltiples guerras caras y destructivas de conquista y no fueron capaces de confiar en el crecimiento de las economías industriales emergentes para obtener beneficios; el poder global de EE.UU. se deterioró.

La desaparición de la unipolaridad: El siglo XXI

En los primeros diez años del siglo XXI, la visión de un imperio unipolar indiscutido se vino abajo. La acumulación “primitiva” de China dio paso a una acumulación interna avanzada de la que se beneficiaron el pueblo y el Estado chinos. El poder de China se expandió por el extranjero mediante inversiones, comercio y adquisiciones, desplazando a EE.UU. como principal socio comercial en Asia y mayor importador de materias primas de América Latina y África. China se convirtió en el principal fabricante y exportador de bienes de consumo para América del Norte y la Unión Europea (UE).

La primera década del siglo XXI fue testigo del derrocamiento o la derrota de los estados vasallos de Estados Unidos en América Latina (Argentina, Bolivia, Venezuela, Ecuador y Brasil) y de la aparición de regímenes agro-minerales independientes dispuestos a formar alianzas comerciales regionales. Fue un período de aumento de la demanda de sus recursos naturales y materias primas que coincidió con el proceso de desindustrialización de EE.UU., inmerso en costosas guerras desastrosas en Oriente Medio.

En contraste con la creciente independencia de América Latina, la UE incrementó su participación militar en las brutales guerras en el extranjero lideradas por Estados Unidos mediante la ampliación del ‘mandato’ de la OTAN. Bruselas siguió la política sistemática de cercar a Rusia para debilitar su independencia a través de duras sanciones. La expansión hacia el exterior de la UE (financiada gracias a las políticas internas de austeridad) acentúo las divisiones en el seno de la organización, provocando el descontento popular. Reino Unido votó a favor en un referéndum para separarse de la UE.

En los noventa, los desastres internos del régimen vasallo de Estados Unidos en la Rusia de Boris Yeltsin empujaron a los votantes a elegir a un nacionalista, Vladimir Putin. El gobierno del presidente Putin se embarcó en un programa para recuperar la soberanía de Rusia y su posición como potencia mundial, contrarrestar la intervención de EE.UU. en el país y alejar de las fronteras el cerco creado por la OTAN.

Los defensores del imperio unipolar continuaron iniciando múltiples guerras de conquista en Oriente Medio, África del Norte y sur de Asia, con un coste de billones de dólares, que provocaron una pérdida de los mercados globales y de competitividad. A medida que los ejércitos del imperio se expandían por todo el mundo, la economía doméstica (“la República”) se contrajo. Estados Unidos quedó atrapado en la recesión y asediado por el aumento de la pobreza. La política unipolar permitió un crecimiento de la economía global multipolar, al imponer de forma rígida prioridades militares.

El Imperio contraataca: La opción nuclear

La segunda década del siglo XXI marcó el comienzo de la desaparición de la unipolaridad ante la consternación de muchos ‘expertos’ y la negación ciega de sus arquitectos políticos. El advenimiento de una economía mundial multipolar intensificó el impulso desesperado del imperio por restaurar la unipolaridad por medios militares, a cargo de militaristas incapaces de adaptarse o evaluar sus propias políticas.

Bajo el régimen del “primer presidente negro”, Barack Obama, elegido bajo la promesa de refrenar a los militares, los estrategas imperiales intensificaron su belicismo, enfrascándose en siete guerras, nuevas y antiguas. Para los legisladores y los propagandistas de los medios de comunicación de masas de EE.UU. y la UE, fueron guerras imperiales exitosas, que vinieron acompañadas de declaraciones prematuras de victoria en Somalia, Irak y Afganistán. Estos delirios de grandeza llevaron a la nueva administración a poner en marcha nuevas guerras en Ucrania, Libia, Siria y Yemen.

Cuando la nueva ola de guerras y golpes de Estado (de “cambio de régimen”) para volver a imponer la unipolaridad fracasó, se pusieron en marcha políticas belicistas aún mayores que desplazaron a las estrategias económicas para conseguir la dominación mundial. Los

militaristas que dirigen el aparato de Estado permanente, siguieron sacrificando mercados e inversiones con total inmunidad a las desastrosas consecuencias de sus fracasos en la economía nacional.

Breve renacimiento de la unipolaridad en América Latina

Argentina, Brasil, Paraguay y Honduras han sufrido golpes de Estado y los gobiernos progresistas de Bolivia, Venezuela y Ecuador han estado a punto de sufrirlos. Sin embargo, el retroceso a favor del imperio en América Latina no es política ni económicamente sostenible y amenaza con socavar cualquier restauración de la dominación unipolar en la región.

EE.UU.no ha proporcionado ninguna ayuda económica ni ampliado el acceso a los mercados para premiar y apoyar a sus regímenes clientelares recién adquiridos. Su nuevo vasallo en Argentina, Mauricio Macri, transfirió miles de millones de dólares a los banqueros depredadores de Wall Street y entregó a Estados Unidos el acceso a las bases militares y los recursos lucrativos sin recibir por ello flujos recíprocos de capital de inversión. De hecho, las políticas serviles del Presidente Macri han creado mayores niveles de desempleo y han reducido el nivel de vida, creando descontento popular. El “chico nuevo” del imperio unipolar en su feudo Buenos Aires se enfrenta a una defunción temprana.

Del mismo modo, la corrupción generalizada, una profunda depresión económica y los niveles de dos dígitos de desempleo sin precedentes en Brasil amenazan al ilícito régimen vasallo de Michel Temer con la crisis permanente y el aumento de la lucha de clases.

El efímero éxito en Oriente Medio

El poder devastador de los bombardeos aéreo y naval de Estados Unidos y de la OTAN pareció otorgar un breve triunfo a la nueva ola de guerras revanchistas en Oriente Medio y África del Norte. Luego, esa aparente victoria se desvaneció en medio de la destrucción y el caos, inundando Europa con millones de refugiados.

Importantes brotes de resistencia a la invasión estadounidense de Irak y Afganistán precipitaron el retroceso hacia un mundo multipolar. Los insurgentes islamistas obligaron a EE.UU. a refugiarse en sus guarniciones fortificadas y tomaron el control del campo y las ciudades cercadas en Afganistán; en Irak, Siria, Yemen, Somalia y Libia forzaron la huida de los regímenes y mercenarios respaldados por EE.UU..

La pulsión unipolar y el Estado permanente: Reagrupamiento y ataque

Frente a sus fracasos, los defensores del imperio unipolar se reagruparon para poner en marcha una estrategia militar aún más peligrosa: el aumento de su potencia nuclear de “primer ataque” dirigida a China y Rusia.

Orquestada por los políticos designados por el departamento de Estado de Estados Unidos, el gobierno de Ucrania fue sustituido por vasallos de EE.UU. dando lugar a la ruptura de ese país, todavía en marcha. Temerosos de los neofascistas y los rusófobos, los ciudadanos de Crimea aprobaron en referéndum su unión con Rusia. Las mayorías étnicas rusas de la región de Donbass en Ucrania entraron en guerra con Kiev, lo que ha provocado miles de muertos y millones de desplazados que buscan refugio en Rusia. Los imperialistas de Washington financiaron y dirigieron el golpe de Estado de Kiev liderado por cleptócratas y fascistas siendo inmunes, como siempre, a sus consecuencias.

Mientras tanto, EE.UU. está aumentando su número de tropas de combate en Afganistán, Irak y Siria para apuntalar a sus poco fiables aliados y mercenarios.

Lo que es crucial para la comprensión de la ascensión y caída del poder imperial y de las eufóricas declaraciones unipolares de la década de 1990 (especialmente durante el apogeo del reinado sangriento del presidente Clinton), es que los avances militares y políticos no han sido apuntalados en ningún momento por la construcción de economías fuertes.

EE.UU. derrotó y posteriormente ocupó Irak, pero también destruyó sistemáticamente su sociedad civil y su economía, creando un terreno fértil para la limpieza étnica, las oleadas de refugiados y el levantamiento islamista posterior que se extendió por los territorios adyacentes. De hecho, han sido las políticas deliberadas de EE.UU. en Irak y otros lugares las que han creado la crisis de refugiados que agobia Europa.

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