Nacionales Politica

¡Trujillo en el banquillo!

Trujillo
Escrito por Debate Plural

Tony Raful (Listin, 7-11-17)

Esta noche en la Sala Juan Bosch de la Biblioteca Nacional, Pedro Henríquez Ureña, el dictador Rafael Trujillo Molina, comparece como acusado, señalado  por el dedo índice de una investigación completa, minuciosa, detallada, sustentada en elementos probatorios, como autor principal de la conjura que suprimió la vida del presidente de Guatemala, Carlos Castillo Armas. El magnicidio materializado la noche oscura del 26 de julio de 1957, ha permanecido sin sanciones desde entonces, todas las pruebas tangibles, todos los indicios comprometedores fueron borrados por  el oro corruptor del tirano, todas las pesquisas iniciadas fueron diluidas por las complicidades del Estado guatemalteco de la época, virtualmente comprado por Trujillo. No hubo funcionarios judiciales ni estamentos políticos que Trujillo no mediatizara ocultando su participación destacada en este hecho histórico. Parecía que el dictador dominicano había escapado de la acusación  que en su momento formularon las instancias judiciales y el Congreso de Guatemala, responsabilizándolo de la muerte del presidente Castillo Armas. Pero no. 60 años después, un escribiente de la historia, recupera la verdad histórica, desentierra a los muertos, busca las marcas indelebles del crimen, reinicia el juicio a Trujillo, esta vez, desde el augusto Tribunal de la historia. Trujillo no siempre mató por razones políticas. En algunos casos lo hizo por reacciones emocionales, fuera de control. Nada lo hería más profundamente que el agravio a su ego desproporcionado. Lo que los sicólogos llaman la deficiencia troncal, el vacío de la infancia, las carencias del desarrollo humano, dejaron desolada su alma, solamente compensada por el don de mando, por el liderazgo compulsivo, por la orden pretoriana del poder. Su personalidad impresionante era sin embargo esencialmente débil, susceptible de quebrarse ante la menor crítica de los demás. Necesitaba del halago y la sobrevaloración de sus aptitudes y condiciones de poder. Exigió siempre incondicionalidad, factor de cohesión política y humana. El país nuestro le empezó a quedar chiquito antes sus aires de grandeza No concibió  la disensión, el derecho a la diferencia, a la pluralidad democrática. Construyó una estatua de sí mismo con la argamasa de su tiempo histórico a imagen y semejanza  de sus miserias más hondas, de sus mezquindades y pasiones. Peor aún, no pudo percatarse de que su momento político como gobernante había periclitado. No transcribió  el signo de los tiempos. No oyó a nadie, ni siquiera a su hijo que le advirtió  los cambios que se estaban produciendo en el mundo y que demandaban un cambio de política y un desistimiento de la impronta de guerra con la cual había gobernado. No entendió  cuando  el profesor Juan Bosch en carta histórica memorable dirigida el 27 de febrero de 1961, le explicó gráficamente la mudanza histórica de la correlación de fuerzas sociales, mundiales, internas, que decretaban su salida del poder. Arreció la represión, convirtió el país en una gigantesca cárcel suprimiendo las libertades. Advirtió a mediadores norteamericanos enviados por el presidente Eisenhower para sugerirle el abandono pacifico del poder, que jamás saldría del poder sino era muerto. Un obcecado. Sobre su responsabilidad directa, miles de seres humanos sufrieron la represión más encarnizada y murieron bajo el plomo homicida de su mandato absoluto.

Nunca fue juzgado ni penalizado por el ejercicio autocrático del poder. Ordenó el magnicidio del presidente Carlos Castillo Armas de Guatemala, no por razones políticas ni ideológicas, porque Castillo Armas era tan anticomunista como Trujillo, sino por razones emocionales. Trujillo lo había ayudado a conquistar el poder, financió el derrocamiento del gobierno de Jacobo Arbenz en 1954, y conjuntamente con el viejo Tacho Somoza y la Agencia Central de Inteligencia norteamericana, lo llevó al poder.  La razones de Trujillo estaban sustentadas en el peligro que representaba para su régimen, la existencia de Guatemala gobernada por sus enemigos, como lo eran los presidentes, Juan José Arévalo y Jacobo Arbenz, cuyos gobiernos fueron hostiles a Trujillo. Incluso la expedición armada  de Luperón del 19 de junio de 1949 salió de Guatemala. Una vez Castillo Armas ascendió al poder, Trujillo le pidió reconocimientos por su contribución a la causa de la “libertad” contra el comunismo, entre ellas la condecoración de la Orden del Quetzal, el recibimiento multitudinario por las calles de Ciudad de Guatemala, con un carro descapotado, al “primer anticomunista de América”. Le pidió la entrega de varios exilados dominicanos que habían sido detenidos en Guatemala, entre ellos uno de los enemigos más grandes que Trujillo tenía, que era el general Miguel Ángel Ramírez Alcántara, a lo que Castillo Armas también se negó. La reacción de Trujillo, ante el desplante de ese “mal agradecido”, fue enviar a Johnny Abbes como agregado militar a Guatemala y urdir la muerte de Castillo Armas en convivencia con un ala militar del ejército guatemalteco, que conspiraba contra el presidente Castillo Armas.

60 años después, hoy 7 de noviembre del 2017,  el generalísimo Rafael Trujillo Molina comparece ante el Tribunal de la Historia para ser juzgado. Las pruebas la suministra la obra “La Rapsodia del Crimen, Trujillo versus Castillo Armas”. Estará  sentado en el banquillo de los acusados. Desde alguna región remota del averno hemos logrado extraditar su espíritu, para ser juzgado por la comisión de un magnicidio  del cual había escapado durante seis décadas. La sala Juan Bosch de la Biblioteca Nacional  será esta noche el recinto sagrado de la justicia humana, del ejercicio pleno  de la condena histórica. Todos están invitados.

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