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La memoria vacía y el escriba sentado

Jose Asuncion Silva
Escrito por Debate Plural

Marcio Veloz Maggiolo (Listin, 10-11-17)

El mundo real es auténtico, y por lo tanto rechaza, al fin y al cabo, las falsificaciones de la memoria. El poeta colombiano José Asunción Silva no se suicidó por amores lacrimógenos ni por un romanticismo que lo llevó a la tumba como a otros héroes románticos de la vida literaria mejicana que se tendieron a los pies de aquella singular Rosario, falsamente considerada como devoradora de corazones, y fácilmente ubicable en los misterios cardíacos entre los que comer corazones fuera un rito azteca y de otros pueblos para los que el corazón encarnaba los sentimientos. Silva se suicidó, en verdad, por deudas, luego de consultar con el médico familiar exactamente el lugar del corazón, la geografía de aquellos latidos para el ensordecedores, como si al suicidarse creyera que aquella bomba aspirante e impelente fuera la culpable de los trances que le agobiaron,  o del naufragio en el que perdió parte de su obra inédita,  derroche de un oleaje cierto o romántico.

Modificar la memoria “consumible”, es parte de nuestras vidas. Matarla con un disparo contra nuestra biología, es un impresionante dato proto-biográfico. Hay suicidas que determinan este tipo de muerte para salir, por lo menos, venciendo su anonimato, en la esquela mortuoria de un periódico.

El modelo de cierta memoria es una especie de huida de lo que somos o de lo que hemos sido para bien o para mal. Con un  gesto para acabar con la vida, la memoria no  solo caerá en el vacío,  En el vacío la  memoria se ve modificada por los maquillajes, los cambios de rostro, las inserciones glúteas, los arreglos para senos grandes  y pequeños,  y la reducción costillar, desafiando el modelo creativo de Jehová  en nombre de caderas más llamativas  por aquello de que “media libra de cadera no es cadera”. La memoria muerta se acurruca en un tiempo esperando un retorno sin transformaciones.

Entran en el maquillismo biográfico los nombres personales, la inhumación de identidades nominales que el narco cambia resucitando cedulas falsas, muertes ya previstas  en las que el  delincuente se llama ahora con nombre y apellido de muertos que en el cementerio, como en aquella canción macabra, en la que borrachos descarriados en el cementerio  “gritan salud”. De tal modo pasan los cedulados formar parte de los personajes de novela y de cementerio que cotidianamente  forman parte del relato en el que la sociedad corrupta supera por mucho los culebrones de la televisión.

La lucha contra la memoria es una lucha a veces inconsciente, y en otros casos es la lucha contra por lo que no podemos o pudimos ser. La memoria tiene sus demonios, y se dice que Cristo los echaba con solo recordarles que no eran parte de la realidad, sino de los sueños que distinguen al ser humano. Jesús de Nazareth fue un importante conocedor de las almas de aquí y de allá, y por lo tanto un psicólogo de su época, en la que la parábola era un pensamiento, un método  que buscaba la curación mental del afligido.

Morir de la memoria, de un cáncer de pensamiento, de una metáfora “corrosiva” o de una crisis económica que afecta las neuronas con paso al corazón, como es el caso romántico de Asunción Silva, es uno de los extremos de cualquier epílogo. Para una reconstrucción de la memoria muchos piensan que hay que volver a nacer. Pero aun reencarnando la memoria perdida se queda reposando su error.  Pero la idea de vivir de la construcción de otra memoria es asimismo el extremo defensivo de una sociedad confundida, en la que los valores perdieron sus parámetros y los más viejos seguimos esperando el anunciado cambio que evite que caigamos en la nada. Por ello creemos, que la reencarnación, es un buen paso ideado hacia otras esperanzas. Como diría el poeta Rafael Alberti, parafraseando a René Descartes, “yo pienso, luego existo en mariposas”-

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