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El juez que merece la república (VIII)

Edgar Hernandez Mejia
Escrito por Debate Plural
Edgar Hernández Mejía (Listin, 2-11-17)

Hemos dejado para tratar en último lugar, la virtud que quizá sea la de mayor importancia y valor para la imagen del juez que merece la República.

Nos referimos a la serenidad, la paciencia y prudencia del magistrado.

La práctica judicial enseña que el juez que realiza el trabajo de mayor altura es aquel que tiene, entre otras cualidades, la facultad de comportarse de manera apacible, sosegada y sin turbación.

Sabemos que este tipo de conducta está estrechamente ligada a la personalidad de cada ser humano. Precisamente por ese motivo, para algunas personas, si son investidas de la atribución de juzgar, les resultaría fácil observar la serenidad en su trabajo jurisdiccional; en cambio, para otros será necesario, antes de convertirse en juez del orden judicial,  trabajar psicológicamente su capacidad de tolerancia y su impulsividad, hasta lograr su autocontrol mediante el desarrollo de la denominada inteligencia emocional. Finalmente, para otros individuos de actitud irreflexiva, imprudente y poco cautelosa, resultará sumamente difícil o quizá imposible, lograr la habitual conducta serena que es imprescindible para ser un juez ideal, el de vocación, el que merece la República.

Cuando el magistrado juzgador no actúa en su diaria labor con serenidad, aunque sea honesto, capacitado, imparcial y trabajador,  resultaría ser un mal juez. Sería un magistrado que con facilidad se dejaría provocar, un juez que incurriría en frecuentes exabruptos; lo que denotaría inmadurez y proclividad a las conductas salidas de tono y a las expresiones inapropiadas expuestas con desagradable énfasis.

El jurista que aspira a ser juez, antes de entusiasmarse con la idea de llegar a serlo, debe cultivar la virtud consistente en la observación habitual del comportamiento sereno.

Dicho en palabras del pueblo, hay que poner en práctica las expresiones: “Ofende quien puede, no quien quiere” y “A palabras necias, oídos sordos”.

Al juez ideal, al de vocación, le debe bastar, ante cualquier irrespeto en el ejercicio de sus labores jurisdiccionales (en los estrados o fuera de ellos), imponer su autoridad como funcionario judicial, pero sin perder la compostura y sin externar expresiones descompuestas o groseras.

El juez es quien ejerce la policía de las audiencias, y cuando proceda, puede retirar el uso de la palabra a cualquiera de las partes, a los testigos o a los juristas. También puede ordenar a un abogado insolente retirarse de los estrados, además tiene facultad legal para ordenar su arresto y puede someterlo judicialmente, si el togado incurre en delito de audiencia.

Ahora bien, cualquiera de estas posibilidades, el juez debe ejecutarla con firmeza y autoridad, pero sin exabruptos ni turbaciones de ánimo; o sea, el magistrado debe poseer entrenamiento para siempre actuar y reaccionar con madurez y con serenidad.

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