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Pedro Florentino, general de división (I)

Pedro Florentino
Escrito por Debate Plural

Teofilo Lappot Robles (El Caribe, 7-10-17)

Al analizar las múltiples batallas libradas contra los invasores haitianos, luego de la proclamación de la Independencia Nacional, el 27 de febrero de 1844, y la epopeya restauradora del pueblo en armas que culminó con la salida estrepitosa del territorio dominicano de las tropas españolas, mediante fuga negociada entre el 10 y el 25 de julio de 1865, es necesario realizar un aparte sobre el General de División Pedro Florentino.

Es pertinente poner en perspectiva ese personaje, primero por la trascendencia de sus acciones de raigambre histórica y segundo para enfrentar el oprobio que contra su memoria lanzaron inmerecidamente sus enemigos y los paniaguados y agüizotes de éstos.

La perfidia en su perjuicio viene desde el principio de su accionar en la vida pública nacional.

El General de División Pedro Florentino adquirió dicho rango, tal y como consta en la Gaceta del Gobierno del 12 de febrero de 1856: “en recompensa de los méritos contraídos en la campaña de 1855 a 1856”. (Ver página 54, volumen 3, Obras completas de José Gabriel García, publicadas en febrero 2016, por el Archivo General de la Nación).

Sobre Florentino, y en honor a la verdad histórica, hay que decir que fue un combatiente polivalente que usaba con igual destreza el sable, el machete y las armas de fuego; que sacaba de combate de manera definitiva a invasores haitianos y a los anexionistas españoles y criollos, pero también salvaba muchas vidas, incluyendo las de varios de sus muchos enemigos personales, como aquel sujeto que le asesinó a su hijo de nombre Santo Domingo.

Florentino, a la par de ser poseedor de una convincente actitud para el combate, y que acometía al enemigo sin esperar embrazar escudos de protección personal, también estaba dotado de luces suficientes como para preservar la vida de Máximo Gómez y la de Gregorio Luperón, poniendo en el último caso la suya en peligro pues tomó esa histórica decisión contraviniendo una orden presidencial.

Sin duda se trata de un personaje controversial, muy vilipendiado por algunos historiadores que apertrechados en una apabullante sarta de mentiras lo convirtieron en víctima de muchas calumnias que han llegado al calibre criminal.

Una de esas mentiras monumentales con la que quisieron pulverizarlo se produjo en octubre de 1846, cuando junto al teniente coronel Lino Peralta fue acusado de “traición y sonsaca”. El consejo de guerra de la provincia de Azua, a la sazón funcionando en Las Matas de Farfán, no tuvo otra opción (ante la monstruosidad de la falsedad acusatoria) que descargar al entonces capitán Florentino.

Desde esa lejana fecha contra él se han cebado algunos que interpretan los hechos relevantes del pasado de manera tangencial y con no pocos amaños.

Uno de sus detractores gratuitos es el médico e historiador cubano Benigno Souza Rodríguez quien, al referirse a la acción de guerra ocurrida en el Baní infestado de anexionistas, tilda la actuación allí del general Florentino así de distorsionada: “Este episodio salvaje y sangriento, fijó la suerte futura de Baní y sus hijos”.( Ver biografía titulada Máximo Gómez, el Generalísimo,pág. 29).

Escribidores así forman parte de aquellos a quienes Francisco Moscoso Pueblo les dedicó en sus Cartas a Evelina estas reveladoras palabras:“!Oh los historiadores! Que afán de relatar, de deformar, de adulterar, de desnaturalizar las acciones humanas…”

Los que así actúan integran un grupo bien compenetrado de habilidosos sofistas que han logrado “convertir en sólidos y fuertes los argumentos más débiles”, como hubo de admitir refiriéndose a los griegos de ese oficio el filósofo Protágoras, quien también era experto en saetear el núcleo de la verdad con el uso de sorprendentes sofismas. Las acciones del general Pedro Florentino, como las de otros actores de nuestro pasado bélico, no pueden disociarse de una miríada de circunstancias difíciles, y en algunos casos de espectro difuso, en que se batían en defensa de la Independencia Nacional y de la Restauración de la República.

Lo ocurrido en Baní en septiembre de 1863 es un ejemplo claro de lo anterior. Florentino llegó allí en pleno fragor de los sables y las metrallas. Arribó acompañado, entre otros banilejos, por su secretario particular, Marcos Ezequiel Cabral Figueredo, nacido en ese hermoso pueblo el 10 de abril de 1842, y quien luego sería General de División y Presidente de la República por 17 días. Encontraron allí un caladero de anexionistas criollos que junto con la soldadesca española ponían en peligro la proeza que arrancó en firme con la clarinada del cerro de Capotillo.

Para juzgar las actuaciones de los hombres en el péndulo de ese vaivén que es la vida, especialmente en tiempos convulsos como los son una guerra de liberación, hay que analizar con objetividad las decisiones fuertes, tomando en consideración que ningún guerrero en el fragor de los combates puede dejarse llevar de carantoñas. En situaciones de guerra abierta como en las que se movía Florentino el aspecto expeditivo juega su papel. Especialmente si se sabe que del lado contrario había en el terreno de los hechos más de 20,000 soldados enemigos de origen extranjero, quienes estaban fogueados en muchas batallas, amén de estar fuertemente armados y bien avituallados, distribuidos en batallones de infantería y de marina, compañías de artillerías, pelotones con soldados especialistas en manejo de cañones de alto calibre, escuadrones de lanceros, etc.; así como otros miles de oficiales y soldados criollos que componían la Reserva Dominicana, integrada por elementos clasificados como activos y pasivos al servicio de los españoles que mancillaban la dignidad del pueblo dominicano.

Sus actuaciones en el siempre áspero terreno de la guerra estaban claramente enmarcadas en el único y supremo objetivo de primero preservar la Independencia y luego de la nefasta anexión a España recuperar la soberanía nacional, enlodada por el deshonor de Pedro Santana y sus adláteres que lo apoyaron ciegamente en esa trágica decisión.

Además de lo anterior, es de rigor consignar que el General de División Pedro Florentino estaba provisto de un talante de combatiente nato que no le hacía susceptible de asimilar para sí aquella expresión del poeta y teólogo francés Nicolás Boileau: “Que feliz el hombre que del mundo ignorado, vive contento de sí mismo en un rincón retirado.”

Por más de 150 años el General de División Pedro Florentino ha sido víctima de la bastardía de muchos némesis, particularmente de aquellos relatores arracimados en un promontorio de mentiras que han creado en contra de su memoria una fábrica de falsedades en serie, para lo cual han creado un artificial fondo documental utilizado los adjetivos más degradantes y se han trastocado las piezas del puzle de su actuación como combatiente integérrimo, tanto en las cruentas luchas posteriores a la Independencia Nacional como en la formidable guerra restauradora.

La saña contra el general Florentino se fraguó desde el principio en los socavones de las más bajas pasiones humanas, con el objetivo de ocultar muchas de las verdades de esas contiendas liberadoras y su marco de complejidades, en las cuales abundaron los personajes con inclinaciones propias de algunos de los que aparecen en las tragedias de William Shakespeare.

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