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Mujeres dominicanas atormentadas. Mercedes Mota: Correspondencia con Pedro Henríquez Ureña (IX)

Mercedes Mota
Escrito por Debate Plural

Diogenes Cespedes (Hoy, 25-6-17)

En la carta que Mercedes Mota (MM) le remite a Pedro Henríquez Ureña (PHU) el 26 de diciembre de 1902, desde Puerto Plata, sigue quejándose del país y del ambiente provinciano: «…se vive aquí una vida tan sosa, tan estúpida» (Treinta intelectuales dominicanos escriben a Pedro Henríquez Ureña. Bernardo Vega (editor). SD: Academia Dominicana de la Historia, 2015, p. 104).

Sin embargo, en siguiente carta del 4 de febrero de 1903 se percibe un tono más optimista y la razón queda explicada: «…¿por qué debo repetirte que tus cartas me complacen sobremanera; que todas esas noticias del mundo civilizado despiertan mi espíritu, fatigado i hastiado prematuramente de las realidades del mundo?» Las cartas de PHU la transportan al ensueño de su primer viaje a Nueva York en 1901.

Sin embargo, con MM se cumple el refrán de que en este mundo “no hallarás un alacrán sin ponzoña/ni un artista que hable bien de los demás…” Al informarle a PHU el deceso de Virginia Elena Ortea (1866-1903), se advierten el desdén y la sorna: « ¡La pobre! Ha muerto henchida de ilusiones, cuando todavía era niña por sus pensamientos e ideales, llena como debes suponerlo, de inconformidad. Aunque ella fue una de las personas que me hirieron más profundamente con motivo de mi viaje a Búfalo, [cursivas de DC] i se mostró adversaria cruel para conmigo, he logrado levantar mi alma por sobre las mezquindad humana, derramando al pie de su lecho mortuorio i sobre la losa que cubre su recién abierta tumba lágrimas sentidas, lágrimas sinceras i amargas. Ella, por su preclaro talento merece que se la recuerde i se la llore. ¡Lástima grande que su alma no corriera pareja con su inteligencia privilejiada por más de un concepto!» (BVega, 109).

¿Qué motivaría esa rivalidad entre ambas escritoras? Quizá fue envidia de parte de Virginia Elena Ortea que talvez se creía merecedora de representar a nuestro país en la Exposición Internacional de Búfalo, y no MM, de baja extracción social y de origen dudoso, y en donde asistió esta última en compañía de PHU y su hermano Franz, que así así escribe PHU el diminutivo del nombre de su hermano. Rufino Martínez aporta una pista, aunque ligera, pero que quizá lo explique todo: «Alma delicada, con una exquisita sensibilidad para las manifestaciones de la belleza y de toda noble expresión de vida, su calidad superior le dio espontáneamente en la sociedad puertoplateña, que fue la que vivió y amó, la más alta representación cultural de la mujer.» (Diccionario biográfico-histórico dominicano. 1821-1930. SD, Manatí, 1997, pp. 397-98).

A eso se añade que su padre Francisco Ortea fue gobernador de Puerto Plata y el segundo hombre de la revolución que estalló en aquella ciudad en noviembre de 1873,  encabezada por Ignacio María González. Dice Rufino que si Francisco fue la pluma del Partido Verde, su hermano y tío de Virginia Elena, Juan Isidro Ortea, fue la espada, como sinónimo de poeta y guerrillero. Y en la caída de Espaillat encabezada también por González contra Ulises Francisco Espaillat en 1876, Juan Isidro fue el hombre de armas. Según Rufino, en la revolución de González contra la última administración de Báez, de 1877 a 1878, Juan Isidro fue el Jefe de Operaciones y en el gobierno provisional del caudillo, le tocó a Ortea la Vicepresidencia de la República. (Diccionario… 397).

Pero su estrella de poeta y guerrillero se eclipsó en el pleito de la Loma del Cabao, donde Lilís le aplicó el célebre decreto de San Fernando al venir desde Puerto Rico en la expedición de Cesáreo Guillermo orientada a derrocar el gobierno de Meriño. Ortea fue fusilado en Higüey junto a otros seis compañeros “a las siete de la mañana del siete de septiembre de 1881.» (Diccionario citado, 397).

Pero veamos de cerca el asunto entre Virginia Elena Ortea y Mercedes Mota. El contexto más cercano del párrafo donde MM alude a Ortea dice lo siguiente: «Como ves, la tristeza se cierne por todas partes, sin esperanza de que brille un rayo de consuelo i de alegría. ¡Dichoso tú que te hallas lejos de todo cuanto puede arrebatarle a uno la paz i el contento, dejándolo sumido en los profundos antros de la inconformidad i del dolor!» (BVega, 108).

Pero más interesante es el párrafo que sigue y que quizá explique, hurgando en el inconsciente, la rivalidad entre MM y Ortea: «La situación política del país no debes ignorarla. (…) ¿Para qué hablar de eso? En medio de todo, sin embargo, hai que pensar que nada es eterno en la vida, que todo tiene que pasar, afortunadamente. Hablemos ahora de otra cosa…» (BVega, 108).

MM ha desviado el diálogo epistolar con PHU. Pero, ¿de cuál situación política se trata? El contexto, aunque no está explícito, es bien conocido por ambos personajes. MM y PHU son jimenistas, es decir, bolos, del partido de Juan Isidro Jimenes, presidente de la República, a quien su Vicepresidente Horacio Vásquez le ha dado un golpe de Estado y por esta razón Francisco Henríquez y Carvajal, Ministro de Relaciones Exteriores del gobierno caído, ya sin los recursos que le proporcionaba el sueldo de su alto cargo, contempla la posibilidad de traer al país a los hijos que están estudiando en Nueva York o, llevarles a Cuba si allí su trabajo de médico no tiene éxito.

Esta pugna política entre bolos (o jimenistas) y coludos (u horacistas) atravesará la vida del país hasta 1930 y esa lucha arrastró a los intelectuales que, al igual que la población general, se encuentran en la vorágine de las pasiones clientelistas de los dos grandes caudillos. Y Virginia Elena Ortea no es quizá ajena a esas pasiones, equivalentes ayer a dogmatismos cerrados y enemistades irreconciliables parecidas a las que vivieron los sujetos del siglo XX con la lucha a muerte entre el comunismo y el anticomunismo.

Y la bandería jimenista explica que MM, amiga entrañable de los Henríquez Ureña, fuera la elegida para ir a Búfalo, donde habló, y luego publicó su artículo, sobre la condición de la mujer. Ortea, de la misma bandería de su padre y su tío, es decir baecistas devenidos en gonzalistas o verdes, al sentirse excluida, creyendo quizá en la meritocracia, arremetió contra MM, tal como ella lo informa en su misiva. Hay que recordar que los Ortea, sobre todo Francisco, fueron enemigos de Luperón, y de Lilís; el primero un santo para los Henríquez y Heureaux menos, a partir de su dictadura. Ortea, instigado por su jefe González, quiso incluso reducir a prisión a Luperón en 1876, prevalido de su cargo de gobernador, pero ante semejante temeridad tuvo que asilarse en un consulado extranjero, según Rufino Martínez (Diccionario, 396).

Fíjese el lector en la frase desvalorizadora de MM: « ¡La pobre! Ha muerto henchida de ilusiones, cuando todavía era niña por sus pensamientos e ideales».

Para MM, su adversaria se quedó, literaria y políticamente, en la infancia.

Sin embargo, Rufino, adversario de MM, dice que «…no fue pura soñadora, [ni] amiga de ilusiones y sutilezas apartadas de la realidad circundante». (p. 398). Sin duda, Rufino leyó la crónica de MM sobre la muerte de Ortea publicada en el Listín Diario n.° 4067 del 16 de febrero de 1903 donde entre elogios, quizá fingidos, repite lo de la carta a PHU: « ¡Oh!, pobre cantora. » (Vida y pensamiento… p. 126). Y hay una frase demoledora en el último párrafo de su artículo, entrecomillada por ser talvez ajena: «Al besarte la muerte, Dios extendió el velo del olvido sobre tu espíritu». (Obra citada, p. 126).

Vistas estas razones, se entiende entonces la frase política de que « nada es eterno en la vida, que toda tiene que pasar», inconscientemente referida al gobierno usurpador de Vásquez, causante del infortunio de Don Pancho Henríquez y sus hijos. Y efectivamente, así ocurrió. Una revuelta encabezada por los partidarios de Lilís depuso a Horacio Vásquez y este renunció el 23 de abril de 1903. Y como no había diferencia ideológica ni de principios entre lilisistas, horacistas y jimenistas, estos últimos, para no quedarse fuera del nuevo gobierno, apoyaron la candidatura de Alejandro Woss y Gil, jefe de la “revolución” y de esta alianza un antililista, Eugenio Deschamps, entusiasta seguidor de Jimenes, fue el candidato a la Vicepresidencia. Y los Henríquez-Ureña volvieron a estar tranquilos, pero momentáneamente.

A propósito de esa intranquilidad que agobió a los Henríquez, MM la percibió agudamente, y ante la eventualidad de un regreso de PHU al país a causa de los problemas económicos de su padre, ella se convierte ahora en consejera de su amigo: « ¿No tienes tú, Pedro, suficientes aptitudes para proporcionarte la vida, para buscar el modo de labrarte un provenir lejos de aquí? (…) Ese es mi deseo para ti, a quien estimo i quiero como a un hermano. Debes estudiar siempre con un propósito determinado; pensar en que luego debes tú mismo bastarte en la vida, i no entregarte demasiado a los placees que a veces e[m]botan los talentos más privilejiado, i matan las más jenerosas inclinaciones del espíritu.» (BVega, 105).

Y, por su parte, también reinó un poco la tranquilidad en el hogar de MM, pero nuevamente se desató la guerra a poco menos de tres meses de inaugurado el gobierno de Woss y Gil, barrido ahora por un movimiento desunionista, es decir, que rompía la unión de lilisistas y jimenistas; rebelión encabezada por un jimenista, Carlos Morales Languasco, aliado a un sector del horacismo encabezado por Ramón Cáceres quien, un “hijo” del nuevo presidente, le devoró como cualquier Neptuno parricida. Instalado Morales Languasco el 19 de junio de 1904, para diciembre de 1905 ya era cadáver, víctima de su Vicepresidente, quien gobernaría con mano de hierro hasta 1911, víctima esta vez de su propio hijo político: el general Luis Tejera, vástago de Don Emiliano, Ministro de Exteriores de Mon. Perseguido y muerto el homicida por la milicia de Mon, Don Emiliano juzgó tal acción con un retruécano: “Bien muerto, pero mal matado”.

 

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