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Cestero visto por Larrazábal

Tulio Manuel Cesteros
Escrito por Debate Plural

Jose del Castillo (D. Libre, 5-3-16)

Carlos Larrazábal Blanco (1894-1989) fue un insigne historiador, genealogista y maestro, licenciado en Farmacia, nacido en Santo Domingo de padre venezolano –general Wolfgan L.-, radicado en San Carlos. Autor de la monumental Familias Dominicanas en 9 volúmenes y del texto pionero Los negros y la esclavitud en Santo Domingo. Nacionalista, concurrió a la fundación en 1916 de la Asociación Independiente de Jóvenes Dominicanos adversa a la Ocupación norteamericana, junto a Viriato Fiallo, Peña Batlle, Jimenes Grullón. Miembro de la Academia Dominicana de Historia desde 1938 y asiduo colaborador de su órgano Clío. En 1946 se estableció en New York y luego en Caracas, regresando en 1973. Dos años más tarde ingresó a la Academia de la Lengua con un discurso sobre la obra novelística (La Sangre, Ciudad romántica, Sangre solar) de Tulio Manuel Cestero (1877-1954), acompañado por un exhaustivo inventario lexicográfico de la misma.

Recién el Archivo General de la Nación, que realiza una estupenda labor de rescate de nuestro acervo bibliográfico y documental, publicó sendos volúmenes compilados por Andrés Blanco Díaz, dedicados a Larrazábal: Manual de Historia de Santo Domingo y otros temas históricos y Antología. En un ensayo acerca del aporte de este autor, el historiador Américo Moreta Castillo traza en remembranza su perfil: “Afable, conversador, de indiscutible buen humor, siempre dispuesto a enseñar, a guiar y educar, sencillo y humilde, recuerdo a don Carlos con su pelo blanco, sus gafas ya permanentes, su tez algo trigueña, alto y delgado, casi frágil”. Ello en ocasión de una conferencia que dictara éste en la Casa Museo de Don Fed, regenteada por su hijo Enriquillo Henríquez. En San Carlos a Larrazábal se le tenía en gran estima y escuché siempre opiniones positivas en el seno de mi familia, con la cual mantuvo cercanas relaciones.

Amante de la obra cesteriana –que he leído y releído con deleite- deseo compartir con los lectores algunos fragmentos del referido discurso de Larrazábal, quien ingresaba a la Academia de la Lengua para ocupar el sillón dejado vacante por el Dr. Heriberto Pieter, tras su deceso. De quien señala en alusión a su origen humilde, que “fue mandadero, aprendiz de sastre, militar, empleado de comercio, tipógrafo, vigilante de recuas” – fabricante de ataúdes en una funeraria en Cabo Haitiano, tal consta en su Autobiografía-, convirtiéndose con esfuerzo propio en el prominente médico que fue, con varios doctorados en París, fundador filantrópico del Instituto Oncológico.

Nos dice Larrazábal: “Siempre he leído con especial interés y simpatía las obras dominicanas que desarrollan temas de ambiente vernáculo. Lo tradicional me atrae singularmente. Lo criollo, con su pequeña historia, su pequeña sociología, su específica sicología, bulle del campo, de la aldea, de la ciudad, de la familia, con sus hombres y mujeres en sus manifestaciones de vida”. Conecta así con el amor al terruño y con aquellos escritores que han cultivado las tradiciones y costumbres populares, resaltando a Cestero.

“Tulio Manuel Cestero, al parecer, era un ente frívolo. Sin embargo, en lo profundo e inconsciente de su espíritu no era así. Amó a su tierra y su obra dominicanista lo demuestra. Sintió la necesidad imperiosa de rebuscar en los escondrijos de su subconsciencia aquello que vivió, que asimiló, y que lo estructuró al fin y a la postre. Esas obras fueron Ciudad romántica, Sangre solar y La Sangre. La primera gira alrededor de dos tragedias, la una, la muerte del trovador bohemio Eduardo Scanlan, venezolano. La otra, el fusilamiento del general y diputado Santiago Pérez, matador de Scanlan, con sus razones, pero a mansalva. Sangre solar tiene su clima en el golpe revolucionario del 23 de marzo de 1903. La Sangre, la más importante del tríptico, se vincula con la época de Lilís y principio del siglo actual y se mueve alrededor de la vida de un dominicano excepcional, soñador, idealista y romántico, sin ambiciones de la vulgar empleomanía, intransigente respecto de todos los vicios de la política ambiente.”

Estas obras “presentan todo lo negativo del conglomerado social dominicano, es decir, política, revoluciones sin sentido ideológico patriótico, tiranías vulgares… y una acefalia completa de sentido administrativo honesto.”

De este trasfondo, surgen personajes como Antonio Portocarrero y Luisa su mujer, don Pedro, el Padre Billini, algunos políticos. Gente del pueblo como la ventorrillera Mediotocino, el carcelero Papaquín, el compadre Pedro Espiritusanto. Como trilogía especial Santana, Báez y Lilís, execrados. “Los jóvenes que deambulan por la romántica ciudad, que hablan de literatura, de política, de la tiranía y se apabullan con los asesinatos y fusilamientos.”

Apunta. “Da gusto, al leer las obras cesterianas, cómo se regodea con los recuerdos de cosas que afectaron su niñez, su juventud y su plena adultez. El habla popular se le quedó grabada en sus oídos. La socarronería y marrullería campesina las sorprende y las fija. Desfilan delante de él el hombre simple del campo y de los villorrios y ciudades, con sus virtudes y defectos. Contempla a la mujer, flor y abeja en sus hogares, dispuesta al sacrificio; la contempla lavando en los benévolos arroyos; a veces yendo al conuco para buscar el alimento de cada día; o friendo calderadas de plátanos en los tugurios; la contempla buscando el amor en el aplazamiento, y dando muchachos al mundo cada año.

Añora Cestero los tiempos coloniales en presencia de los vetustos edificios y las imponentes ruinas, bellas y tristes herencias de piedra. Refiere aconteceres políticos y de la sociedad: las desastrosas guerras civiles con sus hechos salpicados de sangre, carentes en absoluto de sentido de bien patrio, sólo guiadas por ingenuos y a veces malhadados afanes de poder, cualquier poder, el del alcalde pedáneo o el del presidente de la República. Muchas veces los hombres iban a la guerra por un deseo sobrancero de querer figurar, de estar en el candelero aunque sea de cabo, como dice el pueblo en semejantes casos. Ese cabo podría ser entre los de la buena sociedad o entre los escritores, periodistas, poetas, un consulado, una diputación, ser ministro.

Cestero se adentra en los hogares. De la sala, donde suele existir un paso de novios, pasa al comedor; de aquí, olfateando los olores que emergen de los calderos, pasa a la cocina donde quisiera morder una buena pechuga de pollo. En el jardincillo contempla las flores y al fondo del patio advierte un gallinero hecho de cañas de Castilla. Se anda por los ventorrillos de los barrios, contempla a los muchachos en su juego de bolas. Baila aquí y allá, se disfraza en los carnavales, lanza cascarones de huevos llenos de aguas de olor en el juego de San Andrés. En fin, Cestero se sumerge en su tiempo y en su espacio. Pasa por el tamiz del trato con seres vivos y por el de las cosas viejas y muertas, para mostrarse ante su patria como un hombre que acendradamente la amó.”

Añade. “De las obras del ciclo criollista de Cestero hinco mi atención en La Sangre. Se trata de una narración en la cual la ficción casi no existe. Desde luego, los nombres de la familia afectada se presentan simulados. Para las personas que convivieron en el mismo ambiente de los relatos del libro, Cestero no ha tenido que imaginar nada. En La Sangre existe un legítimo costumbrismo y el realismo campea en toda ella. Tiene barruntos de novela histórica pero… falta que los hechos estuvieran envueltos en una trama imaginativa. El autor de novelas históricas, por lo general, va de lo real a la ficción (o de la ficción a lo real), de donde sus personajes, muchas veces, si se les compara con actividades en el mundo de la realidad, resultan demasiado idealizados, demasiado estigmatizados o caricaturizados. Los personajes de Cestero son los mismos dentro y fuera de la narración.

Antonio Portocarrero, figura clave, es un hombre lleno de puros ideales. Cree que la honestidad, la honradez y el verdadero servicio al país son compatibles con la actividad política. Fue un rebelde, un inconforme. Sufrió cárceles, desprecios, bajas murmuraciones por su conducta. La estulticia ambiente lo castigaba al tildarle de fracasado. Poseía espíritu de sacrificio. No fue afortunado.

Cestero lo describe de esta manera: ‘Joven, de estatura prócer, la fisonomía enérgica y simpática, la color melada, cuya palidez actual aumenta la sombra de la barba crecida. Los cabellos negros, de rebeldes vendijas, la nariz roma y los labios carnosos de bordes morados, denuncian las gotas de sangre africana que desleídas, corren por su venas. Las pupilas grandes y brillantes, henchido el pecho.’

Cestero tiene cariño a su personaje, es más, lo admira. Quizás quisiera ser como él. La Sangre no es sino un homenaje a ese personaje. Pero eran diferentes. Los temperamentos no estaban hermanados sino por de fuera, en lo íntimo no. Cestero no tenía espíritu de sacrificio. Amaba la vida, la buena vida. La política del país nunca la tomó en serio. Se reía, en el fondo, de muchas cosas. Varias veces tendría presente la oposición que hizo Antonio Portocarrero a su amigo Arturo Aybar, cuando este se transó con Lilís por el consulado en París. Cestero no hizo esto entonces, odiaba a Ulises Heureaux y su sistema de gobierno. Más tarde fue cónsul varias veces.

Tulio Cestero, a pesar de poseer una faz ‘sui generis’, atraía por su cordialidad, su frase oportuna y chispeante, su ironía con cierto cinismo divertido y hasta simpático. Como muchos literatos dominicanos fue casi autodidacta. Nunca tuvo una profunda y completa educación escolar o universitaria. Fue como tantos buenos escritores de todos los tiempos y de todas las latitudes, que dejarían la gramática para cuando no la necesitaran, como quería Azorín, porque entonces no les hacía daño. Y dieron rienda suelta a su natural espontaneidad, a su libertad de expresión tomada del ambiente y por adherencias inconscientes de sus lecturas.” Un verdadero escritor de raza.

Acerca del autor

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