Cultura Nacionales

Cesteriando con la Lengua

Escrito por Debate Plural

Jose del Castillo (D. Libre, 12-3-16)

En su discurso de ingreso a la Academia de la Lengua sobre la obra novelística de Tulio Manuel Cestero (La Sangre, Ciudad romántica, Sangre solar), que enriqueció con un detallado inventario del vocabulario empleado en esos textos, el historiador y genealogista Carlos Larrazábal Blanco realiza una verdadera disección del quehacer narrativo de Cestero, fundamental para entender la sociedad dominicana de finales del siglo XIX e inicios del XX. Hábitos alimentarios, régimen escolar, prácticas y creencias religiosas, festejos populares y de élite, juegos infantiles, costumbres y cuadros familiares, vida política y revoluciones, acontecimientos históricos singulares, desfilan con fluidez descriptiva y solvencia poética en la tórrida narrativa cesteriana. Arcaísmos, criollismos, extranjerismos, expresiones culteranas rebuscadas –cual escritor de raza que recrea la materia prima literaria y la moldea a su gusto–, pueblan las interlocuciones de los personajes en las novelas de Cestero. Ofreciendo un universo lexicográfico que permite otear el habla dominicana de entonces.

Como consigna Larrazábal en el referido discurso –que forma parte del volumen Antología publicado por el Archivo General de la Nación y compilado por Andrés Blanco Díaz–, “Cestero había nacido en San Cristóbal de la unión de don Mariano Cestero y Aybar y la señora Mercedes Leyba Cuello, el 10 de julio de 1877. Sus primeros lances culturales los efectuó en el colegio San Luis Gonzaga donde se formaron algunos intelectuales y hombres de bien ya desaparecidos. Ingresó en el colegio el 12 de setiembre de 1887, cumplidos los diez años, y lo abandonó el 15 de setiembre de 1892. De modo que estuvo sólo cinco años influido por la dirección bondadosa y disciplinaria del padre Billini y con la mirada de vigilancia carcelaria del célebre prefecto don Marcelino, asesino del general Prim en Madrid”.

Juan Prim, a la sazón presidente del consejo de ministros y ministro de la Guerra de España, fue emboscado a la salida del Congreso el 27 de diciembre de 1870, falleciendo tres días después a causa de las heridas del atentado. Su estampa liberal progresista y controversial ha atraído la atención de escritores, desde Benito Pérez Galdós, quien le dedicó uno de sus Episodios nacionales, hasta el reputado biógrafo hispanista Ian Gibson, quien publicara en 2012 La berlina de Prim.

Continuando con el perfil del novelista, Larrazábal acota su desconocimiento de las aventuras escolares del jovenzuelo Tulio Manuel hasta el momento de hacerse adulto, que en cierto modo figuran retratadas en la narración del régimen operante en el San Luis Gonzaga. Sin embargo, ya en su juventud se sabe de la incursión de Cestero en revoluciones de la época, tal como lo hiciera su personaje literario Antonio Portocarrero.

Explayándose al respecto, apunta Larrazábal. “El ‘maremágnum’ de las ambiciones ‘anti-patria’ de políticos y generales y las guerras civiles que se desarrollaban, arrastraban a los jóvenes de las ciudades y pueblos así como a muchos escritores y literatos a tomar la carabina e irse a la manigua, ‘irse al monte’, como se decía regularmente. Cestero no faltó a este cometido y a veces deambulaba por las calles de la ciudad romántica con su rémington en la mano. Aquello se tomó como si fuera un deporte y una forma de mostrar la juventud su hombría, o un afán de glorias y heroísmo sin base moral firme”. Antonio Portocarrero –el personaje central de La Sangre–, “a pesar de su idealismo, que nunca afirmó bien el pie en la tierra que pisaba, como le decían, parece que siguió las pautas de Cestero. Pero no llegaron a nominarse ‘generales’. Así serían sus actuaciones. Alguno de su clase sí ganó los galones del generalato, el poeta Fabio Fiallo, el general Fiafiá, como le oímos decir a un campesino vegano.”

Amplía Larrazábal Blanco, contextualizando el marco histórico en que ocurren los episodios contados por Cestero. “El teatro político de la obra comprende esencialmente la presencia de Ulises Heureaux, Lilís, hasta el advenimiento de Ramón Cáceres al poder. Dos épocas quedan trazadas, nefastas para la patria, la tiranía de Heureaux y el período de las guerras civiles inaugurado, a comienzos del presente siglo, con la defección de Horacio Vásquez. Cestero trae a colación la llamada ‘revolución de Moya’ que conmovió todo el país y que concluyó con el triunfo de Lilís, primicia de su cosecha para entronizarse como mandatario único del país. Por el escenario político figuran personalidades, como Casimiro Nemesio de Moya (Casimirito, en boca del pueblo), ‘joven de atractivo talante, laborioso, inteligente con algo de donjuanismo’; Benito Monción, ‘señor de horca y cuchillo en la línea noroeste’; Federico Henríquez y Carvajal, de ‘oratoria cordial’; Eduardo Scanlan, venezolano que se ladeó de parte de Lilís, trovador bohemio, asesinado poco tiempo después; ‘el coplero popular’ Juan Antonio Alix, también con Lilís; Mariano Antonio Cestero, el padre de Tulio Manuel; José Gabriel García; Miguel Ángel Garrido; Alejandro Woss y Gil, otros tantos hasta llegar a los tiempos más cercanos a nosotros, Jimenes, Vásquez, Morales Languasco, no citado por su nombre, sino como un sujeto que traen en hombros, un cura que ahorcó los hábitos, inteligente, audaz; Ramón Cáceres, ‘nuevo caudillo que adornan prestigios de héroe, fuerte, sano de cuerpo y espíritu, que la general aspiración a la tranquilidad funda en su energía y sencillez, la esperanza de días prósperos y tranquilos’”–observa el propio Cestero, citado por Larrazábal.

Se pregunta el autor de Familias Dominicanas acerca de la influencia que tuvo en la conciencia de Cestero y sus coetáneos, “los dislates de la triste política dominicana”, ya sea en sentido positivo o negativo. Interrogante que extiende a las generaciones posteriores. Presentando como medio de contraste el caso de Miguel Ángel Garrido, “el autor de Siluetas que murió siendo secretario de la Escuela Normal. Vivió y murió pobre. En asuntos de política nunca prevaricó. En 1907 un bien intencionado escribe en el no. 1 de la revista Mefistófeles: ‘El Poder Ejecutivo acaba de poner en libertad a los periodistas Miguel Ángel Garrido y Juan Elías Moscoso. Es el primero el Napoleón de nuestras letras, tiene su Santa Elena en el Homenaje a cada paso. El Sr. Garrido está atacado de rebeldemanía, el tiempo le viene corto para protestar, a tal extremo, que la mitad del año se la pasa en Santa Elena. De temperamento impulsivo e independiente’.”

Garrido era uno de los amigos cercanos de Cestero, relación que mutó en parentesco al casar el primero con Elisa Cestero, hija de Juan José Cestero Aybar, tío del segundo. Para Larrazábal, “el retrato que presenta Cestero de los principales corifeos de la política fuerte e impía del siglo pasado es excelente. Es una prosa antológica y sus juicios, por lo general, aceptables”. Pero la obra cesteriana representa, además, un “tesoro de lo criollo”.

“En La Sangre aparecen varios datos o descripciones respecto a ciertas costumbres y juegos infantiles. Las procesiones de Semana Santa, desde la llamada de Jesús en el Huerto, que salía de la iglesia del Ex-Convento de Dominicos el sábado anterior al Domingo de Ramos, hasta la de Resurrección, el domingo en la mañana después del Sábado de Gloria, son descritas con pormenores. Se describe también el carnaval de agua, el sanandrés, que se verifica el 30 de noviembre. Esta celebración vino de España y se refiere al apedreamiento de que fue víctima ese mártir cristiano que se llamó Andrés. El juego de bolas, ‘canicas’, de los muchachos ocupa lugar, con el nombre que llevaba cada bola según el tamaño o color: agüita, gata, huesa, fifí, bolón. Lo mismo el juego de papalotes. Son descritos los bailes de traje, el baile blanco el 30 de noviembre. Las máscaras callejeras se describen con cariño, tal la de la ‘roba la gallina’. Peroleño, propio de Baní, en cuya descripción se sigue la de Billini en Engracia y Antoñita.”

Cita Larrazábal varios fragmentos de la novela que rezuman el habla coloquial del dominicano cargada de giros criollos, que luego analiza. “Existe un pequeño manojo de buenas locuciones y paremias: darle vueltas a algo; darle a uno en la yema; hacer capú; revolución que no avanza retrocede; dejarse uno coger asando batatas; dar algo mala espina; volver con el rabo entre las piernas; dar agua a beber; como el maquey, hay que darle candela.

Darle a uno en la yema, que también se dice darle en la yota, aunque no sepamos lo que sea yota, hacer capú, coger a uno asando batatas, son propios del habla común dominicano; las demás expresiones están descritas en los diccionarios u obras especializadas. Sin embargo, hay que observar que la forma ir con el rabo entre las piernas, académico, en Santo Domingo lo variamos en huir o volver con el rabo entre las piernas. En cuanto a revolución que no avanza retrocede, es un axioma en forma de sentencia de semántica universal. Caray, la registra el Dicc., como expresión equivalente a ‘caramba’. Cestero, pulcro, elude una mal sonante palabra con la inicial C… En esta época presente se escriben sin ambages, y con abusos, las malas palabras, siempre que el escritor lo crea conveniente, en lo que a veces caen en verdadera ‘coprografía’. Aployar es un verbo de gran valor popular y muy expresivo: al entenderse don Pablo con Gautier y Damián, los hubieran aployado, es decir, aplastado, destruido políticamente.”

Un diálogo entre Portocarrero y el alcaide de la Fortaleza –“Mira que Lilí está untao y no le entran las balas”– refleja la creencia en la brujería del hombre común. “No es de extrañar que se creyera en que Lilís estaba ‘untao’. Hemos leído por ahí que el general Ricardo Limardo hizo un viaje a Haití para ‘untarse’… Y creo que él mismo lo creyó hasta lo último, pues murió en su cama. Sin embargo, las pretendidas unciones mágicas no hicieron efecto en Lílís.” El 26 de julio de 1899 su cuerpo fue perforado por las balas magnicidas de los jóvenes mocanos.

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