Cultura Libros

La historia circular

Trujillo
Escrito por Debate Plural

José Rafael Lantigua, ex ministro de cultura República Dominicana (D. Libre 5-8-17)

EL PERÍNCLITO, ENSANGRENTADO, RÍGIDO, en posición fetal, con su uniforme sin charretera sucio y roto, el rostro amoratado y el brazo izquierdo casi en un hilo, fue colocado sobre la mesa de conferencias de la sala privada de su habitación palaciega horas después de consumirse el magnicidio.

Al momento de introducir sus despojos, envuelto en una sabana improvisada, ya esperaban por ellos sus colaboradores y familiares más cercanos: Negro y Nene Trujillo, Balaguer, Paíno Pichardo, José Sobá y don Cucho Álvarez Pina. Poco después llegarían sus hermanas Marina y Japonesa, Luis Ruiz Monteagudo y su hijo Luisito. Algunos “no resistieron el impacto que significó ver aquel hombre amante de la vanidad y del poder absoluto” en las condiciones ya descritas, y se retiraron de la recámara.

Don Cucho, quien nos cuenta los detalles de ese momento, afirma que sólo Negro, Balaguer, Sobá y él se quedaron junto a los restos del sátrapa, procediendo entre todos a desnudarlo, a la vez que Sobá, el doctor González Cruz –jefe del cuerpo médico– y el doctor Abel González, enviado a buscar para el embalsamamiento, se encargaban de poner recto aquel cuerpo vencido y deshecho.

Mientras esto ocurría, Johnny Abbes había llegado con sus huestes al colegio Santo Domingo para arrestar a monseñor O’Reilly, el obispo de la prelatura nulius de San Juan de la Maguana, contrario al régimen, y Balaguer, preocupado por la acción se apoya en don Cucho para detener el desafuero previsto. Negro estaba enterado del plan y Balaguer, con firmeza en su voz y sin esperar respuesta, entró al despacho del hermano del Jefe y le pidió que tomara las medidas necesarias para evitar males mayores, al tiempo que se retiraba de inmediato del lugar. No hay dudas de que esa actitud evitó el sacrificio del activo prelado que en los últimos meses de la dictadura había protagonizado junto al obispo de La Vega, Francisco Panal, la más recia batalla contra los atropellos de la tiranía.

Antes de desnudarlo, don Cucho retiró el anillo de brillantes que siempre cargaba consigo su gran amigo, de su uniforme arrancó sus insignias militares y de uno de los bolsillos extrajo seis mil pesos que estaban abrochados en un prendedor que también tenía pequeños brillantes. Colocó los objetos en una mesa contigua mientras continuaba colaborando con la fúnebre tarea, hasta que un sobrino del Jefe –sólo identificado por don Cucho como obeso, torpe y grotesco– ingresó a la habitación y sin pérdida de tiempo hizo intentos de llevarse el fardo de billetes ensangrentados, a tiempo de que el leal amigo lo sorprendiese y detuviese su angurria con estas palabras: “¡Deje eso donde lo encontró, eso pertenece a la historia”. Fue en ese instante, y no seis meses más tarde cuando lo anunciase con bombos y platillos Joaquín Balaguer, que don Cucho se dio cuenta que esa noche del 30 de mayo de 1961 estaba concluyendo la Era de Trujillo.

Las dictaduras, empero, son infatigables, porfiadas, intemperantes. Persisten en medio de su ruina, guapean sobre sus miserias, descargan el fuego fatuo de sus tragedias sobre los cuerpos yacentes de sus víctimas. Algunas tardan meses, otras años, las hay que hasta décadas en ese cabrilleo de resistencia que no detiene su marcha. Y entonces vienen los dislates de parte y parte: entre los que intentan permanecer contraviniendo la marcha de la historia y los que buscan ascender tras el destronamiento y el óbito del poder. Los primeros se muestran molondros y a los segundos les falla el caletre. Tras la muerte de Trujillo, parientes y acólitos hicieron filigranas para heredar la porquera. Usaron la cachiporra, abrieron puertas preferenciales y jugaron al póker con los opositores. Las avenidas capitalinas y las calles pueblerinas se llenaron de libertadores que despeñaron estatuas y bustos, persiguieron informantes, apedrearon funcionarios, desmantelaron las mansiones del poder y corrieron sin temor pidiendo libertad, libertad. Con objetivos y liderazgos muy diferentes, los movimientos y partidos ya establecidos construyeron una unidad de mítines y comisiones. Unos fueron a San Isidro a dialogar con el hijo del dictador; la Unión Cívica, patriótica sin dudas en esos momentos aciagos, enarboló la bandera de lucha con un liderazgo que arrastró a millares; el 14 de junio se sostuvo en la heroicidad y el martirologio de sus enseñas fundamentales y aunque participó en todas las acciones que terminaran por cerrar el ciclo dictatorial, puso distancia frente a sus colegas.

Eran otros tiempos, desde luego. Hubo momentos de desesperación, de cansancio, de indecisión. Hubo búsquedas de acuerdos desde las alturas. Balaguer resistía. Ramfis negociaba. La casa se venía abajo y comenzaron a salir los familiares, oficiantes y monagos que se creyeron más vulnerables. Un paro sin fecha fija de suspensión pareció poner el punto final. Pero, sobre todo, un alto oficial que decidió casarse con la gloria, aunque luego la convirtiera en harapos en cuestión de horas. Hasta que el general Pedro Rafael Ramón Rodríguez Echavarría hizo levantar las armas y voló los aviones, aquí no cesó el caos y la dictadura no se dio por clausurada. Vinieron luego, sí, las acometidas individuales, los liderazgos en pugna, las ideas en contraste, las divisiones y el desmantelamiento de la mesa de la unidad democrática que formaron los tres grandes grupos políticos. Cada uno puso tienda aparte y en ese desmembramiento estuvo el origen del desvanecimiento democrático que sobrevendría a la nación dominicana en 1963 y el levantamiento popular fallido de 1965.

Marcos Pérez Jiménez resistió con un fuete en la mano y añagazas de todo tipo –incluyendo una asamblea constituyente- en medio de la desazón general, hasta que el coronel Hugo Trejo encabezó una rebelión militar que falló en su intento pues las fuerzas armadas estaban muy comprometidas con la dictadura y sus excesos. Pero, veinte días después de esta primera piedra, se produjo una huelga general y la Marina de Guerra junto con la Guarnición de Caracas emplazaron al dictador, quien se vio obligado a huir hacia Santo Domingo a todo vapor en enero de 1958. El dictador colombiano Gustavo Rojas Pinilla hizo una constituyente que le permitía continuar en el mando, arrestó a opositores (el más sonado, Guillermo León Valencia), instruyó violencias en la población, hasta que brigadieres y contralmirantes pusieron un dique a sus pretensiones y le hicieron abandonar el poder en mayo de 1957. En la Venezuela de hoy, el desconcierto comienza a tomar cuerpo ante la embestida feroz del madurismo. Los opositores menoscaban sus fortalezas y se desmelenan en las ambiciones de poder. López, Capriles, Ramos Allup, Guevara, Ledezma… no se sabe dónde se despacha el condumio. Se desconcha la unidad en aras de una diversidad de intereses presidencialistas, donde hasta los ministerios se distribuyen, mientras la dictadura madurista desangra y se desangra, y la revolución chavista es solo un recuerdo embrollado entre torpezas, conjuraciones y estertores. A Venezuela sólo le hace falta un general con tropas que se case con la gloria. La refundación de una Venezuela que tomará años en recomponerse pasa necesariamente por charreteras y laureles. El resto es bullanga, murga o joropo.

Libros
La Era de Trujillo. Narraciones de don Cucho

Virgilio Álvarez Pina (Editora Corripio, 2008, 271 págs.)

Las memorias de uno de los principales amigos y colaboradores del dictador Rafael L. Trujillo, a quien conocía desde la infancia, plena de detalles desconocidos y de un conocimiento cabal sobre su personalidad y los hechos que marcaron su régimen.

Los últimos días de la Era de Trujillo

Miguel Guerrero (Editora Corripio, 1991. 374 págs.)

Una narración vigorosa y una espléndida investigación, al mejor estilo periodístico de un profesional de la comunicación, en torno a los meses finales de la dictadura, partiendo del magnicidio del 30 de mayo hasta el anuncio formal del fin de la Era de Trujillo.

Una satrapía en el Caribe. Historia puntual de la mala vida del déspota Rafael L. Trujillo

José Almoina (Editora Cole, 1999. 294 págs.)

El célebre ensayo del escritor español que sirvió como secretario particular de Trujillo y luego de salir del país escribió un libro laudatorio sobre el dictador, seguido de este otro que revelaba intimidades del régimen, bajo el seudónimo Gregorio Bustamante.

El Señor Presidente

Miguel Angel Asturias (Educa, Centroamérica, 1973. 428 págs.)

La novela contra el autoritarismo y el totalitarismo que dio fama y Nobel al gran escritor guatemalteco. Un examen a profundidad de la degeneración política, la cobardía, el fariseísmo, la claudicación, el resentimiento social y la prostitución moral de la conducta.

La novela de Perón

Tomás Eloy Martínez (Alianza Editorial, 1989. 324 págs.)

Otra novela sobre la caudalosa saga de relatos sobre dictadores latinoamericanos. Utilizando un vasto coro de voces, este escritor argentino reconstruye la historia del peronismo, configurando una intriga en que la política y la muerte son también poderosas fuerzas eróticas.

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