Nacionales Politica

Lo mismito del año pasado

William Fulbright
Escrito por Debate Plural

Hamlet Hermann (Hoy, 4-3-12)

Los alrededores del Palacio Nacional son frecuentados desde hace tiempo por un señor vestido con sombrero, saco y corbata deshilachada que arrastra una maltratada maleta sobre pequeñas ruedas.

No importan las altas temperaturas del mediodía capitaleño ni la intensidad del tránsito, el centro de las calles le pertenece. Los vehículos tienen que desplazarse para no atropellarlo. Camina erecto al tiempo que grita insultos soeces contra el gobierno, cualquiera que este sea.

Cuando este personaje inició sus andanzas por la cercanía del poder político gobernante, vociferando barbaridades, encontró guardias y policías que se lo impidieron momentáneamente. Pero al otro día estuvo de vuelta cual rueda de molino de viento. La escena represiva se repitió hasta que las autoridades descubrieron que la violencia no era la vía para callar a un, aparentemente, enajenado. Los militares comprendieron que no podían hacer caso a lo que decía el personaje. Fuera verdad o mentira lo que a viva voz gritaba sin mostrar cansancio, la gente empezó a escucharlo sin ponerle caso. Como si fuera lluvia al caer. De tanto repetir la misma cosa, su palabra perdió crédito hasta provocar una sordera auto-impuesta por los transeúntes que coincidían con su habitual recorrido.

El lunes pasado el presidente de la República habló ante la Asamblea Nacional. No rindió cuentas por el desempeño gubernamental como exige la Constitución de la República, pero igual repitió una vez más el monólogo de Alicia en el País de las Maravillas. Arrastraba sus teleprompters traslúcidos montados sobre rueditas. Así hace creer a algunos que posee gran memoria, ocultando que, en realidad, es un hábil lector de teleprompter. El libreto de este discurso narcisista fue el mismo de cada año: remachar la culpa en los opositores como coartada para los desatinos propios.

Cuando trató de hacer malabares con las cifras para justificar el cumplimiento parcial de las leyes y la Constitución, recordé la brusca expresión de una amiga que había dicho: “A Leonel hay que decirle que las mujeres no están poco preñadas o muy preñadas. Están preñadas y punto. ¿Qué es eso de más o menos cumplir con las leyes y con la Constitución? Hay que cumplirlas en toda su extensión y punto.”

Como con el enajenado que merodea el Palacio Nacional, ponerse a argumentar en torno a las propuestas planteadas por el presidente Leonel Fernández en su discurso del 27 de febrero pasado, es una miserable forma de perder el tiempo. Ese discurso fue el mismo de cada crisis anterior, actualizada con las particularidades de esta campaña electoral. Fue diseñado para que los beneficiarios de la corrupción impune lo aplaudan y los que aspiran a sustituirlos los abucheen.

En definitiva, lo que el Presidente quiere es que nos distraigamos analizando su análisis y pongamos caso a las promesas, pocas veces cumplidas. De esa manera gana tiempo para manipular la actual crisis política y económica, tan grave y prolongada como pocas veces ha tenido lugar en nuestra historia republicana. Ponernos a discutir sobre las propuestas planteadas sería hacerle el juego a los planes de perpetuación política del grupo corporativo que Leonel encabeza.

Como rueda de molino retorno a la sabia expresión del Senador estadounidense William Fulbright, durante la ocupación militar estadounidense contra nuestro país en 1965. Decía Fulbright: “El que provoca un incendio no puede ser felicitado por el hecho de que ayude a recoger las cenizas de su delito. Un pirómano nunca podría ser un buen bombero.” Y pensando en Fulbright entonces pregunto: ¿Quién provocó esta crisis moral y económica que, de tan profunda, no es siquiera condonada por el Fondo Monetario Internacional? El responsable de esta crisis es quien ha gobernado República Dominicana durante siete años consecutivos violentando, según su conveniencia, la Constitución y las leyes dominicanas. Buscar en otro sitio el origen de la corrupción galopante e impune, la delincuencia, el endeudamiento y el crecimiento de la pobreza sería una fórmula hipócrita para engañar al prójimo y perder el tiempo.

Ese discurso presidencial hace que vuelva a mi mente el enajenado señor, con sombrero, saco y corbata deshilachada, arrastrando una maltratada maleta quien, de tanto repetir las mismas cosas, ha perdido toda la credibilidad y provocado una sordera colectiva.

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