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La inquisición arrepentida

Escrito por Debate Plural

Marcio Veloz Maggiolo (Listin, 10-5-13)

Muerte y resurrección de don Juan de Loyola

La Santa Inquisición se caracterizó por su intransigencia y por la toma de decisiones muchas veces producto de la fanatización de los más altos sectores de la Iglesia Católica. En Santo Domingo no fue un fenómeno importante, no existieron condenas a la hoguera, y mucho menos se trató de un modelo de lucha contra los demonios, la brujería o las herejías que ofendían a la divinidad.

Por estas razones la inquisición en Santo Domingo colonial tiene, “gracias a Dios”, un expediente pobre. Pero en la historia del fenómeno que hizo a Torquemada un líder ígneo de los infiernos, hay, aparte de decisiones injustas dentro de lo que cabe, decisiones risibles, como la que cuenta Domingo Faustino Sarmiento en su obra Recuerdos de Familia, en un recorrido sobre costumbres y tradiciones rescatadas para dar cuenta de los fundadores de la ciudad de San Juan, de donde era oriundo el autor de Facundo.

Según el notable educador, biógrafo, novelista y ex presidente de la República Argentina, durante los finales del siglo XVIII cayó en manos del tribunal inquisidor “un deudo” de San Ignacio de Loyola en el Perú Virreinal, el cual fue acusado por varios de sus criados de judío y judaizante con el interés de desbancarlo de su fortuna, muriendo como prisionero antes que le llegara el juicio. Fue enterrado por el tribunal en forma secreta y con despojo de sus bienes, su fortuna y todo cuanto debía despojarse a un condenado. Su entierro, casi un limbo, quedó en el silencio y sus bienes confiscados. Pero un día en trance de muerte y por vías de un arrepentimiento dio noticia de su mentira uno de sus acusadores y de los motivos que él y sus seguidores, todos servidores de don Juan de Loyola, tenían para tan maligna acusación.

Para hacer “justicia” la Inquisición decidió exhumar el cadáver para salvar la honra del nunca condenado; el auto sobre el hecho incluyó que se hiciera del tal don Juján de Loyola una estatua, que vestida con todos los andariveles de su prestancia y prestigio fuera llevada por la calles, apadrinada la procesión del inocente por dos importantes personajes de la época. Antes se le hicieron públicas exequias, retribuido públicamente su buen nombre. Asimismo se levantaron los secuestros de sus bienes, y la estatua simbólica del nunca condenado Loyola fue colocada en un enjaezado caballo blanco.

Señala finalmente Sarmiento, puesto que era esto historia y tradición antigua, que “describiendo a un autor limeño esta rara rehabilitación, dos lacayos vestidos de costosa librea cargaban una estatua que trayendo al pecho un rótulo grabado en una lámina de plata de delicado buril, expresaba el nombre y apellido del inocente don Juan Loyola, que falsamente calumniado de los abominables delitos de hereje y judío judaizante, murió por los años 1745, preso por este santo tribunal”.

Don Juan de Loyola recorrió como un héroe de la cristiandad equivocada las calles virreinales hecho estatua, y de seguro fue llevado hasta la plaza central de Lima, donde desde las balconadas repletas de ocultas damas y de viejas limeñas de garbo gastado, se avistó entre persignaciones cómo un muerto inocente volvía a la vida de sus bienes, por no a la vida real de su corazón.

Las “tapadas” callejeras, mirando tras el arabesco de sus mantos limeños, le vieron pasar convertido en estatua, pero Juan de Loyola, enamorado antes y ahora tieso con perfil de escayola pasajera, nunca pudo corresponder el guiño de unos ojos casi arabescos perdidos en las alamedas y entre las frondas del Rímac. Hoy aún, pensando en los paños tejidos por la costumbre árabe, el vals de Chabuca Granda las recuerdan. Menudo pie la lleva. Se dice que enamorado de la Alameda, don Juan de Loyola hace un esfuerzo de mármoles rotos o tal vez de yeso fragmentario para volver a los jardines donde los amantes vivieron las mejores noches de luna.

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