Cultura Libros

Virutas de libros

El gato con botas
Escrito por Debate Plural

José del Castillo (D. Libre, 10-3-12)

 

A esta altura de mi vida no sé quien ha perseguido a quien. Si ha sido el libro que me ha asediado por todas partes como una sombra que se pega y no se despega, abrazándome con sus columnas de caracteres y sus páginas foliadas. O he sido yo el persecutor enfebrecido por la sed del saber y el hábito de la lectura que me inoculó Fefita en la niñez. Sin dudas todo debió empezar en la escuela y el hogar. En esa dialéctica entrecruzada del libro de texto que se lee como un catecismo obligatorio, metódicamente y con rendición de cuenta ante el maestro, y aquél libro de solaz que nos llevaba a transitar otros mundos imaginarios. A jugar o pescar o simplemente holgazanear a orillas del Mississippi en compañía de Huck y Tom, con el sonar de fondo del chapaleteo de los steamboats, guiado por la mano diestra del gran cronista que fue Mark Twain.

A soñar junto a Wendy y sus hermanos, con el País de Nunca Jamás, donde nada cambia y todo permanece, capitaneada la aventura por un Peter Pan volador activado con polvos mágicos de Campanita, enfrentando en duelo de esgrima al patético Capitán Garfio. En una isla habitada por los niños perdidos, indios, hadas y piratas. Con el clock clock del reloj que se tragó el cocodrilo persecutor mordiéndole los talones a un aterrorizado Garfio, quien antes perdió el brazo en las fauces del animal. Una imaginería del escocés James Matthew Barrie puesta en escena en Londres a principio del siglo pasado y publicada como relato posteriormente. Para disfrute de muchos, el cine le puso alas a esta historia en producciones de Disney como dibujos animados, de Spielberg (Hook) con Robin Williams haciendo de un Peter adulto y la más reciente Nunca Jamás. Un verdadero goce para nosotros, los simples mortales.

Fueron los piratas de Emilio Salgari los que nos pusieron parches negros en los ojos, pañoletas de colores en la frente y sables arqueados en el cinto. Particularmente el Corsario Negro que ejerció su oficio de capturas y rescates en las tierras del Caribe, acantonándose en La Tortuga con los Hermanos de la Costa, librando lucha contra su archi rival el gobernador de Maracaibo. «Es la nave del Corsario Negro./Era una de aquellas naves rápidas, usadas por los filibusteros para dar caza a los grandes galeones españoles que viajaban a Europa cargados de los tesoros de América Central, México y las regiones ecuatoriales./Buenas velas, provisto de altos mástiles para poder aprovechar hasta las brisas más ligeras, de carena estrecha, con la proa y la popa altísimas, tal como se usaba en aquellas épocas y formidablemente armada./Doce bocas de fuego, doce cañones, asomaban sus negros cuellos por los costados, amenazando a babor y estribor, mientras en lo alto reposaban dos cañones de caza utilizados para despedazar los puentes a golpe de metrallas.»

Las aventuras e historias de estos y otros piratas darían material suficiente a la industria cinematográfica para generar inolvidables filmes. Como aquellos clásicos protagonizados por Errol Flynn (La Hija del Corsario Verde), Tyrone Power y Maureen O’Hara (El Cisne Negro, ambientada en los tiempos en que Henry Morgan fue gobernador de Jamaica), y Burt Lancaster (The Crimson Pirate) actuando como un temerario pirata burlón. De las páginas de La Isla del Tesoro de Robert Louis Stevenson salieron varias versiones plasmadas en celuloide, como la de 1934 con Lionel Barrymore, otra de 1950 de los estudios de la Disney, una de 1972 con Orson Welles y otra de 1990 encabezada por Charlton Heston. En una saga que todavía no termina. Hoy estos terribles piratas registran récord de taquilla, con la tetralogía de Walt Disney actuada por Johnny Deep encarnando al capitán Jack Sparrow.

Con ilustraciones maestras de Gustave Doré, el Gato con Botas que recreó Charles Perrault en su obra Cuentos de Mamá Ganso, nos enseñó importantes lecciones en la lucha por la vida. Siendo única herencia del pobre hijo menor del molinero, quien así quedó en el desamparo, gracias a sus felinas habilidades le benefició a su amo en una sucesión de exitosas escaramuzas, elevándolo primero al ficticio marquesado de Calabás y desposándolo después con la hija del rey. Todo un juego de pura simulación. Un digno predecesor del sagaz Gato Félix que nos deleitó, malicioso, en dibujos en tinta negra en los cartoons americanos que veíamos en la televisión. Y del pícaro e inteligentísimo Don Gato (junto a su fabulosa pandilla), dolor de cabeza del oficial Matute. Una creación de la mutual ingeniosa Hanna y Barbera que nos regalara también a los Picapiedras, Huckleberry Hound, el Oso Yogi, Johnny Quest y los Supersónicos.

En cartelera y nominada a los Oscar, una película animada con excelentes dibujos y las voces de Antonio Banderas y Salma Hayek, reelabora la historia original tomando de ésta al personaje central para ubicarlo en un contexto y trama diferentes. Una relación de dos huérfanos, el Gato y el Huevo, que se conocen en un orfelinato, teñida por sueños compartidos y traiciones, en cuyo desarrollo aparece un tercer personaje: una seductora y diestra gata, ladrona por demás, que envuelve en amores al señor gato de las botas. Para grandes y chicos, una verdadera joyita.

Gracias al trabajo tesonero de los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm nos llegaron en la infancia cuentos tradicionales alemanes como Blancanieves, La Cenicienta, Hänsel y Gretel, La Bella Durmiente, cuya lectura era costumbre en los hogares, reiterada por familiares cuando uno caía enfermo y debía guardar reposo. La magia de Disney le confirió nuevos encantos a estos textos cuando fraguó estas historias infantiles en el cine, con colorido, plasticidad y musicalización. Los cuentos del danés Hans Christian Andersen (El soldadito de plomo, El patito feo, entre otros) nos aportaron savias nutricias. Como lo hizo con fuerza de convicción el talento aleccionador de Charles Dickens en Scrooge (Cuento de Navidad), Oliver Twist, David Copperfield e Historia de dos ciudades. Así como en Los papeles póstumos del club Pickwick, una de las obras más deliciosas que adquirí en Escoffet Hermanos cuando frisaba los 20 y que todos los habitué de peñas deben leer para verse en el espejo dickensiano.

Julio Verne, a golpe de inventiva y predicción científica, nos llevó a viajar al centro de la tierra, nos puso a navegar 20 mil leguas en un submarino con el capitán Nemo para descubrir los misterios marinos. No satisfecho, nos subió al globo para dar la vuelta al mundo en apenas 80 días y luego nos envió a la luna. Un verdadero pionero visionario, adelantado a su tiempo, que dio certidumbre a los desarrollos tecnológicos que el hombre habría de emprender en el siglo XX. Otros, como Edgar Allan Poe, nos llenaron el alma de cuentos de terror y trabajaron con maestría rigurosa el arte de escribir relatos breves manejando el tiempo psicológico. A él, en gran medida, debemos la mala prensa de los cuervos y los gatos negros. Y el impulso al género negro con textos como Los crímenes de la calle Morgue, El barril del amontillado. De él se alimentó el cine, entre ellos Hitchcock. En mérito a estas referencias de muchacho me reencontré con Poe hace décadas bajo la lupa analítica de Borges. Leo en estos días sus ensayos y crónicas periodísticas. Releo sus cuentos en traducción de Cortázar.

Fue el genial Lewis Carroll quien me empujó hace más de medio siglo por el hoyo -un hoyo literario del cual no he podido ni querido salir. Para introducirme a su mundo poblado de conejos, de barajas vivientes que se forman cual ejércitos, de gatos transformistas, orugas y mellizos, del sombrerero loco, de la reina vulgar y desquiciada. De teteras animadas y diálogos alucinantes. Al juego de las adivinanzas, los encantamientos y los espejos. Al retruécano de las palabras y la dinámica de la lógica. Su Alicia es sencillamente maravillosa. Onírica y real como la vida. Una zapata para tantos escritores.

Muchas otras lecturas se confabularon en mis años mozos para forrarme la piel de letras, como si fuera un tatuaje de moda. Para hacerme de algún modo un hombre-libro. Casi un vicio diría yo. «José, ¿y tú te vas a leer todos esos libros?», preguntaba curiosa y acuciosa Fefita. Y yo le explicaba mi plan general que no le convencía del todo. «Caramba, es como una locura la de este muchacho», me decía bondadosa. En su biblioteca -en la que ella había formado, no en la de mi padre- figuraba una obrita que había leído su abuela Antonia Soler Logroño. Que ella también leyó, como lo hicieron en su momento sus hijas Flérida, Miriam y Lolita. Que luego, cuando me tocó formar familia, leyó mi hija Laura. Como lo ha hecho mi nieta Alejandra María que hoy tiene 15 años.

Cuando le pregunté a mi madre sobre este libro, me dijo que era una lectura muy buena y útil para niñas. Sólo ese fue su comentario. La semana pasada me encontré en Cuesta con Mujercitas, un clásico autobiográfico de la literatura norteamericana salido de la pluma talentosa de Louisa May Alcott (1832-1888). En edición primorosa de texto íntegro de Edimat, en formato de bolsillo y tapa dura, con estudio de Rocío Pizarro, he devorado en la semana en mis ratos de ocio este testimonio familiar que se verifica en Nueva Inglaterra. Una encantadora y aleccionadora historia de cuatro hermanas y una madre laboriosas, regidas en sus vidas por una ética humanitaria y el deseo constante de superación espiritual. Inspirada en ideas vanguardistas sobre la educación doméstica. Cuando América florecía en el penacho de sus poetas y sus hombres de pensamiento. Hay versiones cinematográficas, la última (Little Women) de 1994, en el reparto Winona Ryder como Jo y Susan Sarandon como la madre.

En esta semana en la que se exaltó el rol de la mujer en la sociedad, esa lectura me compenetró con el espíritu batallador de Fefita y la crianza que insufló a sus mujercitas. Una lectura que hoy deben realizar también los hombrecitos. Para entender mejor el mundo de las mujercitas.

Acerca del autor

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