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Clarividencia de Henríquez Ureña

Pedro Henriquez Ureña en Argentina
Escrito por Debate Plural

José del Castillo (D. Libre, 11-2-17)

 

LA CLARIVIDENCIA DE PEDRO Henríquez Ureña se revela en cada esquina de su portentosa obra. Ahora se nos muestra en Obras casi completas de Federico García Godoy, tomo 2, que trae su correspondencia, compilada por Andrés Blanco Díaz y editada por el AGN. Una carta de PHU desde México -dirigida el 5 de mayo de 1909 al escritor vegano, a propósito de su novela histórica Rufinito- presenta su enfoque sobre la formación de la idea nacional dominicana y sus procesos cruciales en el siglo XIX.

El singular talante intelectual de PHU ya lo había presagiado la madre Salomé con profética precisión poética, al trazar en “Mi Pedro” su carta de ruta, oteando, querendona, la vocación del vástago entrañable. Un rasgo que advirtió, con rauda exactitud, el núcleo líder de los ateneístas -Reyes, Vasconcelos, Caso-, que lo acogió como una de las cabezas luminosas para emprender la regeneración humanista de la vida cultural de México. Perfil revalidado en el lejano Sur, en el eje vertiginoso Bs Aires-La Plata en que le tocó vivir. Allí impartió docencia, corrigió galeras, pautó colecciones. Conferenció, escribió obras con sobriedad de sabio, compartió tertulias con el librero Losada, la hospitalaria Ocampo y el erudito Borges, que le estimó de veras.

En este mes dedicado a festejar la efeméride del 27 conviene recabar la opinión de Henríquez Ureña sobre un tema que movió polémicas, jornadas académicas y acaloradas tertulias de café, en la grata compañía de Chito Henríquez, Pedro Mir, José Aníbal Sánchez, Tulito Arvelo, Emilio Cordero, Hugo Tolentino y Ciriaco Landolfi, entre otros colegas de la UASD.

“La nueva obra de Ud. entra en campo virgen. Tenemos historiadores ¡ya lo creo! Aun los dominicanos poseemos ya, bien documentadas, las bases de nuestra historia. Pero la interpretación viva del pasado, el conjuro que saca a la historia de los laboratorios benditos y la lleva, a través del arte, a comunicarse de nuevo con el espíritu público, apenas ha sido ensayada en América; y en Santo Domingo es Ud. el primero que, sin desviarse por el camino de la mera tradición popular, sin acudir a la deformación novelística, nos da la historia viva. No diré que su obra pueda llegar directamente al pueblo; pero sí creo que debe agitar el espíritu de las clases dirigentes, no menos necesitadas de enseñanzas, en ciertos órdenes, que en otros las clases inferiores.

Y ya que Rufinito pone sobre el tapete los problemas de nuestra independencia, voy a permitirme hablar a Ud. de ellos. Para mí tengo que la idea de independencia germinó en Santo Domingo desde principios del XIX; pero no se hizo clara y perfecta para el pueblo hasta 1873. La primera independencia fue, sin duda alguna, la de Núñez de Cáceres; no claramente concebida, tal vez, pero independencia al fin. La de 1844 fue consciente y definida en los fundadores; pero no para todo el pueblo, ni aun para cierto grupo dirigente. Liberarse de los haitianos era justo, era lo natural; ¿pero comprendía todo el pueblo que deberíamos ser absolutamente independientes? Ello es que vemos la Anexión a España, y sabemos que, si para unos esta anexión pecaba por su base, para otros fracasó por sus resultados, y por ello la combatieron. Y lo extraño, luego, es que ni ese mismo fracaso bastara a desterrar toda idea de intervención extraña y que todavía en el gobierno de Báez se pensara en los Estados Unidos.

Sin embargo, para entonces la idea había madurado ya: y la revolución de 1873 derrocó en Báez, no solo a Báez sino a su propio enemigo Santana; derrocó, en suma, el régimen que prevaleció durante la Primera República, y desterró definitivamente toda idea de anexión a país extraño. Esa es para mí la verdadera significación del 25 de noviembre: la obra de ese movimiento anónimo, juvenil, fue fijar la conciencia de la nacionalidad. Desde entonces la acusación más grave que entre nosotros puede lanzarse a un gobierno es la que lo denuncia ante el pueblo como propenso a mermar la integridad nacional; y cuenta que hasta ahora la acusación, en todos los casos, parece haber sido infundada. El año de 1873 significa para los dominicanos lo que significa en México el año de 1867: el momento en que llega a su término el proceso de intelección de la idea nacional.

Nuestro período de independencia, por tanto, nuestro proceso de independencia moral, se extiende, para mí, desde 1821 hasta 1873. En ese medio siglo, el momento más heroico, el ápex, es 1844. Pero esa fecha debe considerarse como central, no como inicial. La independencia de la República como hecho, como origen creo que debe contarse desde 1821, aunque como en realidad efectiva no exista hasta 1844 ni como realidad moral hasta 1873. Es lógico: independencia, para los pueblos de América, significa independencia con respecto a Europa, no con relación a otros pueblos de la misma América, aunque estos hayan sido de razas y tendencias tan contrarias a las del pueblo dominado (como ocurrió en nuestro caso) que la dominación se haya hecho sentir como tiranía.

No soy yo, seguramente, el único dominicano que se ha visto en este conflicto: cuando algún hispanoamericano nos pregunta la fecha de nuestra independencia respondemos naturalmente 1844; pero como con frecuencia surge la pregunta de si para esa época todavía tuvo España luchas en América, necesitamos explicar que de España nos habíamos separado desde 1821, con lo cual declaramos al fin, tácitamente, que esa es la fecha de la independencia dominicana. Y aunque fuera solo por estética: es mucho mejor olvidar que nos dominaron los haitianos…

No pretendo, ni con mucho, afirmar que en 1821 sea nuestra fecha más gloriosa. No lo es: nuestra fecha simbólica debe ser siempre la que el voto popular eligió, del 27 de Febrero; no por ser inicial, sino por ser la que recuerda la obra más grande y hondamente, la más heroicamente realizada (tanto cuanto más que el mismo pueblo no la comprendía, según lo deja ver el propio Rufinito de Ud.) en la cincuentena de años que he llamado «nuestro período de independencia». No porque Núñez de Cáceres haya aparecido como incapaz de sostener su obra hemos de considerarla nula. Y aun sobre el mérito de Núñez de Cáceres habría algo que decir: la anexión a la Gran Colombia no implicaba, mucho menos entonces, una traición, aunque sí un error de geografía política, por desgracia no subsanable; y en cuanto a su actitud frente a los haitianos, algo han dicho ya don Mariano Cestero y, si no me equivoco, el mismo don José Gabriel García, recordando frases importantes de su discurso en el acto de la entrega.

Estas razones de lógica histórica las propongo a Ud. y le agradecería que, de estimarlas justas, les prestara su ayuda con la autoridad que su opinión ha sabido conquistar, en buena lid, en singular combate, durante los últimos años. Y ya que Ud. ha abierto un campo nuevo en nuestra literatura histórica, no extrañará le pida que emprenda otra labor más importante aún: la historia sintética de la cultura dominicana, comprendiendo la evolución de las tendencias políticas y de las ideas sociales, así como la vida religiosa y la intelectual y artística. Acaso diga Ud. que la obra exige demasiado trabajo previo de documentación; acaso el trabajo sería más fácil en compañía; si así fuera ¿no podría Ud. pedir el auxilio de los mejores elementos del Ateneo Dominicano, y por último, para las pesquisas y la publicación, reclamar la ayuda gubernativa? No dudo que Ud. pensará en ello, y de antemano le ofrezco la colaboración que Ud. me exija.”

Acerca del autor

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