Nacionales Sociedad

Negros y Mulatos en Santo Domingo

Escuela dominicana
Escrito por Debate Plural

José del Castillo (D. Libre, 16-7-16)

 

El escritor e ilustrador Samuel Hazard, al arribar a Santo Domingo a principios de 1871 para unirse a la comisión de investigación oficial de los Estados Unidos que indagaba sobre las condiciones para nuestra anexión a esa nación, anotó en su bitácora de viaje: “Las primeras impresiones de una ciudad como Santo Domingo no pueden ser más extrañas… Desde el desembarco en el muelle… cada momento ofrece una visión nueva, interesante o divertida de la ciudad.

Las paredes abigarradas contra las que toman el sol los sucios negros, las callejas estrechas con sólidas casas cuyas inmensas puertas y espaciosas ventanas contrastan marcadamente con su altura, limitada a uno o dos pisos; los caballeros con su sombrero de ala ancha montados en caballos briosos, pequeños y musculosos que contrastan con los granujas polvorientos vestidos tan solo con una falda, que cargan a lomo de un burro inmensas balas de paja, todo ello y muchas otras cosas asombran al extranjero y le dan la impresión que ha cambiado la característica limpieza, orden y precisión sajonas por las peculiaridades de la vida tropical en las colonias españolas.”

Aplicando su aguzado ojo observador, traza rápidamente un cuadro panorámico de lo que encuentra el viajero en “esta ciudad otrora famosa por su magnificencia”: “Grupos de hombres y mujeres, la mayoría negros, están diseminados por el muelle y las pequeñas plazas de la ciudad comadreando; singulares tiendas con mercancías aún más extravagantes están completamente abiertas a la mirada del viandante, y en la plaza del mercado se advierten las mismas peculiaridades que en Puerto Plata, sólo que en mayor escala. Sin embargo, donde quiera que vayas todo el mundo es jovial, cortés y comunicativo, y los polvorientos ‘majos’, presidiendo montañas de extraños productos tropicales, ofrecen alegremente cualquier tipo de información.”

Al siguiente día de su llegada acudió a la sede del gobierno, siendo recibido por los señores Delmonte y Gautier, quienes lo introdujeron al presidente Báez. Este exclamó: “Debo hablarles a todos en español, pues era demasiado difícil para él hablar en inglés y el señor Gautier no lo comprendía, y así nos entenderemos como una familia”. Hazard perfila al mandatario. “El presidente Báez es un hombre elegante y agradable, de mediana estatura y buena apariencia. Tiene cincuenta y siete años justos, y en ningún caso se le podría tomar por otra cosa que por español si no fuera por su cabello, cuando gira la cabeza, presenta una cierta semejanza con el pelo característico de los africanos. Habla el francés tan bien como el español, pero el inglés sólo tolerablemente. Parece completamente franco. Con su aire sencillo y sus maneras de consumado hombre de mundo”. Para él era “un hombre honrado a carta cabal”, agregando que ésta “parece ser la impresión general”. El libro de Hazard trae una plumilla de Báez con su pelo engrifado, indicando que “los retratos que han circulado representándolo como negro son completamente falsos”.

De los ministros Gautier (Manuel María, 1830-97) y Delmonte (Félix María, 1819-99), el autor hace sus apuntaciones. El primero, “de unos cuarenta años, tirando a calvo y con un ralo cabello negro, bajo, de penetrantes ojos negros y una amplia frente que denota inteligencia”, cuya cabeza semeja los retratos “del Napoleón de los primeros tiempos”. No hablaba inglés y lucía reticente. Delmonte “es un hombre enjuto de talla media, de gestos rápidos y nerviosos, que habla inglés casi a la perfección. Tiene maneras muy cordiales y parece honesto”. Hazard opina favorable sobre el gabinete de Báez, pese a la predisposición debida a los artículos negativos en la prensa norteamericana.

Los registros de este viajero sobre la ciudad son meritorios. Observa su construcción “sobre una sólida formación caliza que se inclina ligeramente en dirección al río, lo que facilita el desagüe pero parece limitar el abasto de agua”. Este provenía de cisternas que aprovechaban el agua lluvia canalizada desde los techos. Las construcciones más sólidas eran de piedra o de mampostería, una mezcla de materiales similar a la empleada en Cuba. Excepto las iglesias –destacándose la Catedral- y algunas sedes públicas, pocas edificaciones lucían imponentes, “aunque su estilo, típico de Hispanoamérica, impresiona al principio al recién llegado por las galerías porticadas soportadas por sólidos pilares”.

Encontró muy reducido el comercio -tan sólo “dos almacenes importantes con surtidos de mercancías generales”. Le pareció ridículo, conforme al patrón anglosajón, el modo de compraventa en base al regateo de precio. La principal actividad portuaria, el “embarque de caoba, tintes y maderas finas”, así como el cuero de los rebaños del Seybo. Vio en la ribera oriental lugar más adecuado para la erección de “los muelles propios de una ciudad importante”. Adelantó que la principalía le sería disputada por Santiago, “que situada en el centro de la isla y rodeada de un territorio fertilísimo, será, con la ayuda del ferrocarril que la enlazará con todos los puertos del litoral, como una segunda Chicago que asumirá el control del país”.

Visitó la aldea de Pajarito (Villa Duarte) en la margen oriental del Ozama y allí halló un peculiar modelo escolar. “Simplemente una choza techada con cañas y con el suelo de tierra en la que se hallaban sentados en taburetes cierto número de niños de ambos sexos y de todos los colores. Me sorprendió ver junto a cada alumno un gallo de pelea atado a una especie de percha; al pedir una explicación de ello a los niños, ellos me respondieron: ‘Oh, son del maestro, que los hace pelear el domingo’. Este funcionario no estaba entonces en la escuela, pero lo encontré después: era un inteligente hombre de color al que divirtió mucho mi sorpresa ante aquellos nuevos métodos pedagógicos, que explicó encogiéndose de hombros y con la observación: ‘cosas de Santo Domingo’.”

Maravillado por la Catedral, en conversación con el vicario general, supo que éste no se inclinaba por la anexión a EEUU, debido al monopolio de la fe católica. De concretarse, tendría “que tolerar a las otras” filiaciones religiosas. Visitó las ruinas del Alcázar de Diego Colón, la Fortaleza, la villa de San Carlos con su iglesia colonial y modestas viviendas. Realizó grabado del monasterio de San Francisco, hoy en “capilla ardiente” bajo la devoradora impronta “modernizadora” que lo califica de “ruinas fantasmales”.

Quiso Hazard empaparse del espíritu de sociabilidad local. Qué mejor opción que asistir a una lidia de gallos dominical a prima tarde. “El lugar estaba atestado y el reñidero era tan solo una pequeña plaza o círculo de unos cincuenta pies de radio”. Al subir a la grada alta, Damián Báez, hermano del presidente, le ofreció asientos en platea, oferta declinada. Comparó la riña gallística –“presentes representantes del Gobierno como patrocinadores”- con el boxeo y las peleas de perros en NYC. Agotó su curiosidad con una sola pelea, ya “que el griterío del público, que en su excitación apostaba a gritos, era ensordecedor”.

Le tocó el primer día de Carnaval. “Durante toda la tarde las calles estaban llenas de máscaras y alborotadores, a los que en esta temporada se les concede mucha libertad”. Con todo, durante los dos o tres días de celebraciones, no se produjo desorden alguno.

Al visitar los muelles, entre el Pozo de Colón y las murallas, encontró Hazard gran cantidad de guayacán, fustete, ébano, palo de hierro y caoba, junto a maderas tintóreas, “que se pesaban en grandes básculas” antes del embarque. “Todo el muelle presentaba un aspecto bullicioso y singular, con el fondo de cantinas de madera en las que los trabajadores reparan sus fuerzas con ‘sancochos’ (un guiso), ron barato, bollos, etc.; el final del muelle está dedicado a la venta al por mayor de frutas y hortalizas”.

Los estibadores y jornaleros, bajo un ardiente sol, se esforzaban en sus labores. Firmas extranjeras pagaban sus salarios y no escaseaba la mano de obra. Mientras, los campesinos de tierra adentro, bajaban el río en sus cayucos o canoas construidas en enormes árboles enteros propulsados por sus ocupantes, cargados con “unos doscientos plátanos, que quizás no se paguen a más de treinta o cuarenta centavos la centena; o tal vez el ‘canotero’ lleve un cargamento más valioso, como dos o tres pedazos de caoba cuyo volumen medio es de seis pies cúbicos y cuyo precio por unidad no excede aquí de 8 o 10 dólares”. Parte del equipaje eran las petacas de carbón vegetal.

Nuestro visitante reparó en que “largos años de desgracias y revoluciones” nos habían empobrecido, apagando las iniciativas de capitalistas que podrían aprovechar las ventajas naturales del país para invertir. Desalentados por la inseguridad ante “la falta de confianza en el poder del Gobierno para resistir las maquinaciones y asechanzas de un tropel de vagabundos políticos… preparados para levantarse en armas a la menor ocasión”. Resultando de ello “la pobreza de todas las clases”. De ahí que las clases altas “manifiesten un sentimiento de reserva frente a los extranjeros que no responden a sus deseos ni tradiciones”.

Máxime ante aquellos que, como Samuel Hazard, entendían que al entrar su comitiva a la ciudad por la rada del puerto del Ozama y cruzar la Puerta de San Diego, el centinela debía responder la contraseña con la siguiente consigna: “Aquí llega el espíritu de las instituciones americanas para traer la paz y la cooperación, el progreso, la cultura y la prosperidad a esta tierra hermosa pero empobrecida, despoblada y devastada”. Amén.

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