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Lo conozco Coronel, dijo Riverita

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Escrito por Debate Plural
Tony Raful (Listin, 3-1-17)

 

A Rafael Delio Rivera, con apenas 16 años, el azar le cambió todos los planes y objetivos, con la llegada al país en mayo de 1960, de Máximo López Molina y Andrés Ramos Peguero, dos exilados anti trujillistas que desafiaron el clima de terror y muerte de la dictadura de Trujillo, iniciando labores políticas de oposición, abriendo un local en la avenida José Trujillo Valdez #12, altos, al lado de un frecuentado cine capitalino llamado Max. Él era un casi un imberbe, su padre un ciudadano puertorriqueño, quien estaba considerado como el mejor taquígrafo del país, laboraba en el Senado trujillista. Atraído por la prédica de redención y denuncia de la dictadura, que se hacía por  dos poderosos altoparlantes, colocados en el balcón del local del Movimiento Popular Dominicano, Riverita era uno de los cientos de ciudadanos que se detenían para escuchar el mensaje de aquellos valientes e intrépidos dominicanos, que formulaban duras críticas y llamaban a luchar por  una sociedad  justa y democrática. Casi inmediatamente se integró a la lucha política. Aquella experiencia duró muy poco. La dictadura no toleró aquel foco de oposición y arremetió contra aquellos jóvenes con furia y represión, incendiando una y otra vez su pequeño local, utilizando para aquella labor criminal a un grupo de facinerosos trujillistas. Lo más bajo de la sociedad, el lumpen  y la excrecencia social,  fue utilizado por la dictadura para deshacer aquella tribuna de masas en pleno corazón de Ciudad Trujillo. Alrededor de 89 jóvenes que se habían inscrito en la organización, desaparecieron asesinados por  el Servicio de Inteligencia Militar (SIM), gracias al listado suministrado por un “calié” infiltrado, Mario Jerez Cruz, mientras López Molina y Ramos Peguero, eran salvajemente torturados, bañados en sangre, paseados como detritus por la Avenida Mella, a los gritos de “Viva el Jefe”, por energúmenos y sicarios. Golpeado sin piedad, Riverita, cuya anatomía era débil, fue mandado a buscar por el coronel Johnny Abbes García a su oficina de la avenida México, detrás del Palacio Nacional. Apenas pudiendo sostenerse, a Riverita lo llevaron delante del jefe represivo.  Abbes observó que le habían tumbado la dentadura, y que aún sangraba, y que tenía el rostro hinchado. En ese momento suena el timbre del teléfono, Abbes lo toma, y Riverita escucha cuando éste dice, “Pero Jefe, es un niño…” Luego Abbes inicia un intento de diálogo con Riverita, y le dice que está equivocado, que el Jefe es más socialista que López Molina, que Trujillo se estaba enfrentado a los ricos del país y a los yanquis, que iba a hacer labores sociales más profundas en beneficio de los pobres. Y que ellos, los del MPD,  no debían enfrentarlo sino apoyarlo. Riverita apenas balbuceaba. Abbes García, irónico, cruel,  escribe en un papel lo que parecen ser  unas indicaciones, se las pasa a Riverita, y le dice, que tiene que ponerse los dientes, “esto es para que se lo lleves a…”, un reconocido odontólogo, que curiosamente era hermano del sub-jefe del SIM.  Semanas  después, el Servicio de Inteligencia trujillista desapareció a Ramón Feliú, un joven sancarleño, que  se atrevió a denunciar las torturas que había recibido, hablando por las bocinas del local del MPD.  Luego se produjo un histórico piquete de los jóvenes del MPD frente a las oficinas del  SIM, reclamando que apareciera Feliú. Este piquete estuvo entre otros, encabezado por Riverita.

No hubo motín, lucha callejera por la democracia, donde Riverita no estuviese a raíz del ajusticiamiento del tirano. En cierta ocasión, en plena guerra de abril de 1965, el presidente  de la República en armas, Francisco Alberto Caamaño, se presentó al Comando del Movimiento Popular Dominicano, que estaba alojado en la antigua escuela Argentina, en San Antón, como parte de un recorrido de inspección por los diferentes comandos de la zona constitucionalista. Al saludar a los  combativos dirigentes del MPD, concentrados en gran parte en ese comando militar, Caamaño observó que un joven casi esquelético, cuyo fusil parecía confundirse con su físico, pegado de la pared, evadió saludarlo, con el ceño fruncido, cuando él agotaba la ronda de los saludos a los combatientes. Caamaño se devolvió y se dirigió directamente a Riverita, preguntándole, qué le pasaba con él, mientras le dijo, que creía  conocerlo. Riverita le dijo, “claro que nos conocemos, coronel, usted me dio una paliza en el patio de la Fortaleza Ozama, cuando la última huelga de los choferes del dos  de mayo del 1964, y prefiero no saludarlo. Entonces Caamaño, le dijo, “ese que te maltrató, no soy  yo, ese coronel abusador murió el 24 de abril, tú estás ahora, frente a un nuevo hombre, que luchará contigo por un país libre y revolucionario. Perdóname y déjame darte un abrazo de compañero y amigo”.  Riverita me contó ese episodio, emocionado.

Conocí a Riverita, siendo yo un mozalbete, coincidíamos por motivos distintos en la antigua casa del gran compositor dominicano, don Salvador Sturla, en la avenida Independencia casi esquina Pasteur y nunca dejamos de ser amigos. En la última etapa de su vida, Riverita se integró al Nuevo Sistema Penitenciario, siendo profesor  en las cárceles dominicanas para la regeneración de los presos, él, que había conocido  su infernal confinamiento y que tenía su cuerpo mutilado, se convirtió en corrector de irregularidades y promotor de conciencia nueva en los reclusos. Riverita acaba de morir, y yo quiero dejar estas cuartillas al pie de su callada despedida, como una añoranza, con un tonillo carmesí, gozosa luz de utopías e historias, que galopan gallardas en la memoria.

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