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Danilo asumió el ejemplo de Dilma Rousseff y luego se alejó de él

Escrito por Debate Plural

Andrés L. Mateo (Hoy, 29-8-12)

 

Durante la campaña electoral Danilo Medina visitó a Dilma Rousseff, la presidenta de Brasil, y su imagen se hizo familiar entre nosotros. Parecía que desde la estrategia de la comunicación congraciarse con ella significaría asumir su modelo de acción pública. Si es así, es importante que los dominicanos sepan lo que está ocurriendo hoy en el Brasil, porque el ejemplo de Dilma Rousseff frente a la corrupción  ha privilegiado el bien común, y ella misma, como jefa de Estado, ha colocado por encima de la militancia partidaria sus responsabilidades como gobernante.

Hace unos días se inició lo que la prensa brasileña ha denominado “el juicio del siglo”, un espectacular despliegue de la justicia para establecer los grados de culpabilidad a los 38 acusados, altos dirigentes del Partido del Trabajo, el partido oficial;  quienes tejieron una red de corrupción  conocida como “El mensalao”, que era una paga mensual a diputados a cambio de apoyo congresual. Se trataba  de un esquema de desvío de dinero público para pago de sobornos, en el que se involucraron  figuras relevantes del gobierno del Partido del Trabajo, como José Dirceu ex ministro de la presidencia del gobierno de Lula. El caso es considerado “el más atrevido y escandaloso hecho de corrupción y desvío de dinero público descubierto en Brasil”, y sus resultados son cruciales para una sociedad como la brasileña, en cuyo seno la corrupción de los funcionarios públicos era vista como “algo natural”.

Diferente a Lula, Dilma Rousseff ha mostrado determinación para enfrentar la corrupción dentro de su mismo partido, sin importarle la dimensión de los personajes de la estructura de poder que la sustenta, y el año pasado seis ministros de su gabinete se vieron obligados a renunciar por denuncia pública de corrupción, y tres de ellos están sometidos a los tribunales. Esa es la única forma de quebrar el predominio de los grupos políticos que persiguen el poder armados de la ideología patrimonialista del Estado. Práctica que ha sido común, históricamente, al Partido reformista, al PRD y al PLD, que han gobernado después de la muerte de Trujillo.

¿Es éste el modelo de gobernante que Danilo Medina nos quiso vender en la campaña, exhibiéndose al lado de Dilma Rousseff? ¿No es asumiéndola como un valor de paradigma que la imagen de la presidenta del Brasil interactuó con nosotros en la campaña? ¿No son sus actos contra los corruptos de su propio partido  los que el pueblo dominicano espera que Danilo reproduzca aquí  contra los corruptos del suyo?

Poco a poco, sin embargo, el Danilo Medina que nos restregó en los ojos a Dilma Rousseff durante la campaña se va alejando de su modelo. Muchos de sus ministros deberían estar encarpetados en un “juicio del siglo”, y en cambio, en su mayoría han sido ratificados.  Por ello,  los aspavientos contra la corrupción parecen diluirse en los aguajes propios de búsqueda de la legitimidad para imponer un paquete fiscal que aumente los impuestos. Y la fuerza del partido actúa como manto protector que permite que funcionarios  altos, medios y pequeños, se apropien de un porcentaje de la riqueza social. En nuestro país este porcentaje alcanza cerca del 4% del PIB.

Lo que asombra verdaderamente  es la visión tan aldeana del Estado que a la altura del siglo XXI se tiene, porque esa ideología conchoprimesca subsiste íntegramente, y los corruptos son tan recurrentes en la vida institucional dominicana, que el sentido común ha terminado por coexistir con ellos como algo natural. Si Danilo Medina no tiene suficiente coraje para enfrentarse a esta realidad, y la troica partidaria lo domina,  no debió haber asumido el modelo de Dilma Rousseff, quien, como él mismo, fue beneficiaria de la corrupción de sus conmilitones, pero a la hora de juzgarla se ha enfrentado a los “santos varones” de la dirección del partido.

El gobierno apenas comienza y uno ya siente que la corrupción ha quedado intacta en el centro mismo del Estado.  Y está ahí, burlándose de todos nosotros,  con  su hocico de perra, su baba de perra y sus lúgubres ojos de perra.

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