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Recibiendo al pacificador

Ulises Hereaux
Escrito por Debate Plural

José del Castillo (D. Libre, 11-4-15)

 

Francisco Moscoso Puello (Santo Domingo, 1885-1959) es un ícono poliédrico de la cultura dominicana moderna. Médico destacado, fue pionero en el uso de tecnologías para el diagnóstico clínico, director de hospitales como el San Antonio de S. P. de Macorís y el Padre Billini. Catedrático universitario, investigador científico, fue autor de Apuntes para la Historia de la Medicina de la Isla de Santo Domingo. Escritor preclaro, sus análisis de la sociedad dominicana quedaron plasmados en ensayos periodísticos publicados entre 1913-35 compilados bajo el título Cartas a Evelina, en la novela testimonial Cañas y bueyes que retrata el desarrollo monopólico de la industria azucarera en el Este y en el relato autobiográfico Navarijo, radiografía de la vida en Santo Domingo bajo la dictadura decimonónica de Lilís.

Cuando niño pasaba por su caserón en la San Martín y mis mayores referían reverenciales, “Papaché, ahí vive el Dr. Moscoso Puello, un genio”. Al regresar de Chile en 1971, mis amigos Freddy Prestol Castillo, Franklin Mieses Burgos, Federico Henríquez Gratereaux -quien impartió cursillo en la Biblioteca Nacional sobre el pesimismo dominicano-, y Enriquillo Rojas Abreu, junto al primo Felo Haza del Castillo, hablaban de Moscoso como si fuese un interlocutor presente. En las peñas que realizábamos con Rafael Kasse Acta -un inductor de mis lecturas moscosianas-, García Godoy, Morbán Laucer, Ciriaco Landolfi, Pedro Mir y Mañón Arredondo -quien completó el plan inconcluso de Apuntes-, las frases y tesis de Moscoso acompañaban las tazas de café.

Como sucede con Cestero, cíclicamente reincido en la lectura deleitosa de Moscoso. En Semana Santa retorné a Navarijo, animado por una reedición de los Bibliófilos con textos de Bruno Rosario y Antonio Guerra, circulada en la víspera. El recibimiento que le tributó a Lilís la sociedad capitalina, tras el regreso de un recorrido de muerte, narrado en esta obra, me remitió a Bueyón Carvajal y su concepto del lambonismo en nuestra cultura política. Hoy he querido compartirlo.

“El día 21 de Septiembre del año 1894 amaneció lloviznando. Pero después de las ocho de la mañana el cielo se despejó y el sol brilló por todas partes. Se sentía un aire fresco. Mi calle estaba llena de cordelitos y en la puerta de mi casa yo oía el ruido que hacían estos cordelitos cuando la brisa los movía. Era día de fiesta. Las otras calles estaban adornadas con banderitas de papel. Habían sido barridas por los presos. Muchas casas fueron pintadas.

Hacía días que yo, al salir de la Escuela me iba lejos de casa para ver levantar los arcos en la calle del Conde. En el Parque de Colón, en la esquina de D. Samuel Curiel estaban levantando un castillo. Los armazones eran de madera y lo demás era de tela pintada. Pero se veía muy bonito. En mi casa decían que todos esos adornos que estaban poniendo en la calle eran para recibir a Lilís. Patricio no se cansaba de hablar de esto. -Está gastando nuestro dinero -decía-. Es una locura lo que está haciendo.

El Presidente Heureaux había salido en recorrido al Cibao poco tiempo después que ocurrió el fusilamiento de D. Generoso de Marchena, el asesinato de Isidro Pereyra y el de Joaquín Campos. Fue al Cibao para desvanecer con su presencia el efecto que esas medidas habían producido. La Capital se preparaba para hacerle un recibimiento sin precedentes a su regreso. Se había constituido una Junta de Festejos presidida por el poeta José Joaquín Pérez y otras personalidades. Los empleados públicos, el Comercio, la Industria, las Sociedades todas, el pueblo en general, estaban participando en el gran homenaje.

Mi padre solía leer los periódicos de esos días que no cesaban de pregonar sobre el acontecimiento que se avecinaba. No comentaba. Sonreía, sobre todo cuando Patricio, que estaba al tanto de los grandiosos preparativos, llegaba a casa y decía: -Yo le cortaría la cabeza a más de cuatro -y blandía el bastón como si lo estuviera haciendo. Decía un periódico: ‘Los señores Rocha, Levy, Báez, Vicini y León propusieron a su costo asear hoy lo mejor posible la calle del Comercio, que es una de las que recorrerá el Presidente’.

El Listín Diario repetía el 20 de Septiembre de 1894: ‘Reina una animación general e indescriptible en todos los ámbitos de la ciudad para recibir mañana al Jefe del Estado. Los círculos sociales todos se agitan llenos de alegría realizando todos los preparativos necesarios, a fin de que la recepción que se haga al ciudadano Presidente sea digna de esta culta Capital’. Y en esa misma edición el periodista redactor, Don Germán Vega escribió: ‘Lo que el día de mañana simboliza, aún a despecho del odio político y de la pasión de partido, para esta, hasta hace poco maltrecha y exangüe nacionalidad, dado el modo de ser de este pueblo, que vivió siempre sujeto a luchas fratricidas, derramando su generosa sangre en estériles combates, lo dirá con elocuencia abrumadora la Historia, ese Juez cuyo fallo…’

El 19 de Septiembre a las 2:30 el Presidente había llegado a S.P. de Macorís; y aquella mañana en que soplaba una suave brisa en la Capital y las calles estaban adornadas de cordeles, arcos y castillos, era esperado de regreso. Toda la ciudad estaba de fiesta. Al lado de mi casa había banderas colocadas en las puertas. Mi casa no tenía nada. Pero yo estaba dispuesto a verlo todo. Vestido como en las grandes ocasiones, me dispuse a ver el batallón cuando pasara por la calle del Conde y ver los arcos y el castillo y la comitiva cuando llegara el Gral. Lilís.

A las ocho de la mañana llegó el vapor con el Presidente. El vapor rompió una cinta que cerraba la boca de la barra y que tenía esta inscripción: Paso al Progreso. Fue obra de la Maestranza. Toda la ría estaba llena de banderas, de gallardetes. Desde la Puerta de San Diego hasta el Mercado había palmas, árboles y una alfombra de flores. La Torre del Homenaje, la Capitanía del Puerto, el Ingenio La Francia, fueron adornados con la enseña nacional y ostentaban diversas frases de salutación al Primer Magistrado. Los adornos del Ingenio La Francia fueron ordenados por Mr. Vie y ejecutados por Monsieur Trivier.

Al otro lado del río, en Villa Duarte, se levantó un arco en el cual se colocó esta leyenda: Villa Duarte al Pacificador de la Patria. Loor al genio que dio paz a la República. En medio del río los remolcadores Julieta, Jeanne, del Ingenio La Francia, luciendo gallardetes y seguidos por más de veinte botes, adornados con banderas francesas y dominicanas haciendo escolta al crucero Presidente. Detrás iban otros remolcadores: el Pionette, del Ingenio San Isidro, el Ana de la Duquesa y por último el Mariposa propiedad de Mr. Morpert.

Comisiones del comercio, de la prensa, del Centro Benéfico Español acompañaron al Presidente. La Junta de Festejos presidida por José Joaquín Pérez había hecho una invitación a la ciudadanía. El Presidente debía pasar por los arcos levantados por los funcionarios de la Aduana, por el de El Teléfono, levantado por D. Ricardo Roques, por el del Comercio de la Capital, por el del Ayuntamiento y por el Castillo que se erguía en las proximidades de la Plaza de Colón, levantado por los empleados públicos. El Arco del Ayuntamiento ostentaba este rótulo: Nihil prius fides. El de la Colonia española que tenía 40 pies de altura rezaba: La Colonia Española al Pacificador. Este arco en forma de Castillo, con pedestal alegórico, trofeos representando la Industria, el Comercio, las Artes, las Ciencias, estaba pintado a imitación de granito.

Todos los edificios públicos y numerosas casas de familia lucían la enseña nacional. Hubo recitaciones en Villa Duarte y discursos en la ciudad. Habló el Presidente del Ayuntamiento, D. José Dolores Pichardo, el Presidente de la Junta de Festejos: ‘Por tu esfuerzo y por tu gloria todo aquí ha renacido’, expresó el poeta Pérez. ‘Faltaba a la corona del guerrero el mayor florón, el de Pacificador; a su fama de soldado valeroso, el título de Patriota; a su renombre de caudillo insigne, la aureola de Gobernante. Gobernante, Patriota, Pacificador, acaba de aclamarlo el país’.

El Presidente de la República pronunció un elocuente discurso: ‘Yo puedo exclamar como Alejandro, César o Napoleón: Si algo he destruido en la guerra ha sido para edificarlo en la paz’. Fue muy comentado este discurso del Presidente y el principal diario de la ciudad escribió con este motivo: ‘No es corriente en América, por lo menos, que los Jefes de Estado se expresen con la lucidez que se expresó el Presidente de la República de Santo Domingo y este es el motivo que nos ha impulsado a retener en nuestra memoria su hermoso discurso’.

La recepción que se le hizo al Presidente Heureaux no tenía precedentes. No se había visto otra igual en la República. ‘Comercio y pueblo, nacionales y extranjeros, ricos y pobres han adornado las fachadas de sus casas y acudido a recibir en procesión cívica al Presidente de la República. Arcos, castillos, leyendas, cuánto hay de grande y magnífico en estas solemnidades de los pueblos, se ha hecho pero sin preparación, sin artificio, de modo espontáneo, en honor al General Heureaux’.

Epílogo de estas fiestas extraordinarias en que se recibió al Presidente Heureaux, fue el horror que ocasionó la noche de ese día un violento ciclón que se desató sobre la ciudad. Vientos de huracán y lluvias durante toda la noche mantuvieron en zozobra a los habitantes de la ciudad que tan complacida se había divertido ese día. Bohíos en ruinas, edificios destruidos, árboles derrumbados, uno que otro muerto, calles anegadas, asombro en todos los rostros, dolor en muchos hogares, y un poco de miseria, fue el saldo que dejó este ciclón que fue bautizado con el nombre de Ciclón de Lilís.

Mi padre no durmió y mi hermano Fello leía esa noche un pasaje de Flammarión, La erupción del Cracatoa, mientras mi padre aseguraba las puertas, colocando catres atravesados para amarrar en ellos las aldabas que las sujetaban. Pero nosotros no sufrimos gran cosa, gracias a Dios!”

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