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Para entender a la Iglesia Católica

Monseñor Francisco Ozoria Acosta
Escrito por Debate Plural

José Rafael Lantigua, ex ministro de cultura República Dominicana (D. Libre, 9-7-16)  

 

Hans Küng se ha equivocado no pocas veces en sus enunciaciones sobre la historia de la Iglesia Católica, pero en no pocas también ha puesto al descubierto muchas verdades que, a mi juicio, en nada contradicen los valores y la trascendencia de la fe cristiana. Uno de sus aciertos fue la pregunta que se hiciera hace ya varios lustros, una vez el mundo había entrado en la posmodernidad con la caída del muro de Berlín y el derrumbe socialista: ¿Hacia dónde se dirige la Iglesia católica? Una cuestión que amplificaba otra de inmediato: ¿Hacia dónde se dirige la humanidad?

El famoso teólogo suizo que tantas banderillas ha colocado al trono de Pedro, vislumbró que la iglesia debía refundarse sobre una nueva ética global, a tono con los emplazamientos sociales, culturales y políticos que comenzaban a surgir en el mundo. En ese sentido, Küng reclamaba una iglesia que apoyase un orden social mundial, un orden mundial plural, un orden mundial en hermandad, un orden mundial que avance en la paz, un orden mundial que fuese respetuoso con la naturaleza y un orden mundial ecuménico. Algunas de las propuestas de Küng no visearon la terrible realidad del fundamentalismo islámico que, por una parte constituye una amenaza no solo para la humanidad en su totalidad, sino para la propia cristiandad cuyos miembros están siendo perseguidos y decapitados en los terrenos por donde campea el fenómeno del Daesh. Empero, las propuestas de Küng se sustancian en una realidad, advertida por él más de quince años atrás, que no puede ser soslayada.

Küng era un fan de Juan XXIII, cuyo pontificado de apenas cinco años “abrió las puertas a una nueva era en la historia de la iglesia católica”, considerándolo como “el papa más significativo del siglo XX”, dada su clara oposición a Juan Pablo II y a Benedicto XVI, con quienes tuvo serias discrepancias en la concepción pastoral y en la doctrinal. Decía Küng entonces que la iglesia necesitaba para tener futuro como institución en el siglo XXI de un Juan XXIV que convocase un Concilio Vaticano III para renovar de nuevo el catolicismo como el papa Juan lo hizo a inicios de los sesenta. El teólogo señalaba que no sabía si “tal vez hay un Gorbachov católico escondido entre los cardenales”.

Y entonces, con la abdicación de Ratzinger, llegó Francisco, hace apenas tres años, y comenzó la carrera para los cambios que la iglesia requiere a fin de que el mensaje evangélico llegue a creyentes y escépticos, agnósticos y fieles, bajo el ritmo que la humanidad demanda. “Nuestra época es un kairós de misericordia, un tiempo oportuno” ha dicho el Papa que llegó del fin del mundo para sentarse en la cátedra petrina. Francisco quiere “una iglesia que caliente el corazón de las personas con la cercanía y la proximidad”. No quiso ni entrar al solitario Palacio Apostólico y prefirió quedarse en la residencia de Santa Marta junto a las monjitas de la Caridad de San Vicente de Paúl y los cardenales y servidores eclesiales que allí se alojan, aunque anden de paso por Roma. Pero, igual, no solo deja verse en la plaza de San Pedro los miércoles de verano para las audiencias populares, sino que baja a la misma para saludar, para confesar, para dar ese testimonio de cercanía. El kairós es el tiempo de Dios, el tiempo oportuno para los griegos. Y el nombre de Dios es misericordia: “Es el carné de identidad de nuestro Dios”, lo ha repetido varias veces. Francisco ha creado el “apostolado de la oreja”. Escuchar a las personas contar sus dramas, sus angustias, sus necesidades, y escucharlos con paciencia, con tolerancia, con humildad. No seguir permitiendo que tantos y tantos se hayan ido alejando de una Iglesia fría, de misa dominical, de fiestas de guardar, de sacerdotes consumidos en el aislamiento y en la opacidad, cuando no del clericalismo “consagrado a trazar fronteras, a regularizar la vida de las personas mediante la imposición de requisitos previos y prohibiciones que sobrecargan el ya fatigoso vivir cotidiano”, que anota el vaticanista Andrea Tornielli.

Abrir la puerta a todos, sin distinción, sin dogmatismos exagerados, sin intolerancias que han dejado tantas manchas en la fe de muchos. El papa Francisco refiere lo sucedido en su propia familia, para demostrar que hay que arropar con el manto eclesial a los que, por muy largos años, han quedado excluidos a causa de posturas dogmáticas cerradas. Cuenta el pontífice que una sobrina suya se casó civilmente con un hombre antes de que este obtuviese la nulidad matrimonial. “Querían casarse, se amaban, querían hijos y han tenido tres”. El tribunal le asignó al hombre la crianza de los hijos que tuvo en su primer matrimonio. Pero, el esposo de la sobrina del Papa es un hombre religioso que todos los domingos siguió yendo a misa y se acercaba al confesionario, aunque las personas en su situación quedan fuera de los sacramentos. Iba a pedir la absolución aun conociendo el impedimento y su situación de pecado, conforme el rito eclesial. “Esto es un hombre formado religiosamente”, escribió el Papa. La lección es clara: ¿Debe la Iglesia abandonar a esa pareja?

Francisco cree en la fe de los sencillos “que tienen ciencia infusa aunque jamás hayan estudiado teología”. Francisco se reconoce pecador como cualquier hombre “(Oren por mí”). Francisco asegura que “ningún pecado humano, por muy grave que sea, puede prevalecer sobre la misericordia o limitarla”. Francisco afirma que la Iglesia no está en el mundo para condenar “sino para permitir el encuentro con ese amor visceral que es la misericordia de Dios”. Francisco anda en busca de los “heridos” que “necesitan atención, comprensión, perdón y amor”. Cuenta esta anécdota: cuando era párroco en Argentina y rector de un colegio de jesuitas, recibía a una madre que tenía niños pequeños y había sido abandonada por su marido. No tenía trabajo y para dar de comer a sus pequeños se prostituía. Bergoglio le daba ayuda de Cáritas. Y un día de Navidad ella llegó con sus hijos al colegio para dar las gracias. El futuro Papa pensó que lo hacía por los alimentos que le proporcionaban en la parroquia. No fue por eso. Fue a dar las gracias porque él siempre la llamó “señora” aun conociendo su situación. “Es importante pues –dice Francisco- acoger con delicadeza a quien se tiene delante, no herir su dignidad”. Para esa mujer tenía más valor que el cura la siguiese llamando “señora”, que la ayuda alimenticia que recibía.

Francisco es defensor de los marginados, de los degradados, de la cerrazón, de los que buscan un nuevo espacio para su desarrollo humano, huyendo de la miseria y del dolor. Francisco cree que hay que “vencer la globalización de la indiferencia”. Francisco cree en la defensa de la naturaleza. Francisco cree en la urgente unión de los cristianos y en el respeto mutuo entre todas las confesiones religiosas. Y algo que debo anotar: Francisco ha dicho con claridad que el capítulo 23 del Evangelio de san Mateo es clave para la iglesia del siglo XXI; “debemos volver sobre él para comprender qué es la Iglesia y qué no debe ser nunca”. Hagan el ejercicio y comprueben que Hans Küng debe estar satisfecho de que sus propuestas van en camino de ser acogidas y de que apareció un Gorbachov entre los cardenales no como Juan XXIV sino con el nombre del santo de Asís, el alter Christus que, al decir de Alvaro Pombo “despertó entre la gente, en los de abajo, una inmensa esperanza de rehabilitación espiritual, de transfiguración de la historia individual y colectiva”.

Sólo entendiendo este proceder eclesial, se comprenderá la designación de Francisco Ozoria Acosta como nuevo Arzobispo de Santo Domingo. También en la Iglesia se necesitan agentes apostólicos que toquen la música con la misma partitura. El tocayo romano hizo la mejor escogencia. En la Iglesia católica todo tiene su tiempo, como en la vida. Este es el kairós de misericordia, el tiempo oportuno.

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