Nacionales Sociedad

Duarte en Curazao

Juan Pablo Duarte
Escrito por Debate Plural

Eduardo J. Prats (Hoy, 8-12-11) 

 

No pude acompañar a mi maestro Adriano Miguel Tejada en su presentación como Miembro de Número de la Academia Dominicana de la Historia.

Compromisos familiares ineludibles me impidieron estar en ese más que merecido reconocimiento a un historiador con obras tan diversas como la deliciosa “Historia del Ron Dominicano”, el popular “Diario de la Independencia” y el interesantísimo estudio sobre “El ajusticiamiento de Lilís”, pero que, en realidad, es un gran humanista, al conjugar armoniosamente en su persona tres oficios tan nobles y difíciles como el de abogado, periodista e historiador. Por suerte, he podido saborear su Discurso de Ingreso a la Academia, intitulado “Duarte, la prensa de Curazao y la independencia dominicana”, que motiva este artículo y que, debo decirlo, me recuerda sus inolvidables y amenas cátedras magistrales, caracterizadas por el dato curioso, la chispa y la revelación de las paradojas.

Muchas veces llamo a Adriano para comentar por teléfono cualquier acontecimiento de actualidad o para tratar algún asunto que nos concierne en las comisiones legales a las que pertenecemos ambos. Recuerdo que en una ocasión que hablamos me contestó su celular desde Curazao, gracias a ese maravilloso prodigio que es el “roaming”. Fue ahí que me enteré del tema de su investigación que hoy sale a la luz. Debo confesar que en ese momento me imaginé a nuestro nuevo Miembro de la Academia Dominicana de la Historia escarbando apurado en los archivos de aquella isla, cual incansable Indiana Jones en búsqueda de las huellas de Juan Pablo Duarte en Curazao.

Y la pesquisa del historiador no ha sido en vano. Tejada revela algo desconocido por nuestra historiografía hasta ahora: un viaje de Duarte a Curazao en 1842. Pero, más allá, de este dato, y de otros importantes, como el de que nuestro Padre de la Patria no hizo dos viajes a Curazao entre diciembre de 1843 y enero de 1844, sino solo uno, la trascendencia de este ensayo es el de resaltar la importancia de Curazao en la independencia dominicana. Como señala Tejada, “es en Curazao donde Duarte toma la decisión de realizar el supremo sacrificio de donar sus bienes y los de su familia a la independencia, en carta dirigida desde la isla holandesa. En segundo lugar, a esta isla le tocó el privilegio de ser la primera nación en el mundo que vio flotar y recibió en su puerto el pabellón tricolor de la naciente república”.

Tejada cita los reportes de la prensa curazoleña que se hicieron eco de las acusaciones contra Duarte esgrimidas por los conservadores encabezados por Santana. A Duarte se le acusó de vender la República Dominicana a Venezuela y de quedarse tranquilo en Curazao mientras otros luchaban por la patria dominicana. Según el historiador “toda la campaña contra Duarte se basaba en la vieja acusación de ser partidario de la Gran Colombia, que como había desaparecido, fue cambiada en el guión de 1844 por Venezuela, así como querer promover la guerra racial y de clases entre esclavos y propietarios. Del mismo modo, se restaban los méritos del Patricio como creador de la independencia y se ponía de resalto su incapacidad para obtener ayuda, al tiempo que se le presentaba como un arbitrario, embaucador y corrupto. Por supuesto, Duarte caminó sobre esos lodos sin mancharse sus sandalias de patricio”.

El Duarte que emerge del estudio de Tejada no es el iluso y pusilánime que pintan algunos de nuestros historiadores. Muy por el contrario, Duarte se revela como un pragmático que, sin renunciar al ideal de la independencia, fue capaz de realizar el “movimiento táctico” de aprovechar para la causa dominicana las contradicciones del liderazgo haitiano y las tensiones entre los mulatos y los negros. Ello, a juicio de Tejada, “confirma el genio de Duarte y su correcta lectura de la situación haitiana”.

Y es que “la gesta de la independencia fue la obra de un genio táctico, que creyó sobre todas las carencias, en la viabilidad de la independencia nacional y no vaciló en sacrificar sus bienes y su prestigio personal en favor de una idea que, 167 años después, sigue probando a los cuatro vientos que “si fuere mil veces esclava/otras tantas ser libre sabrá”.

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