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Perfiles del Paladión

Oscar Pacheco
Escrito por Debate Plural

José del Castillo (D. Libre, 9-4-16)

 

El Paladión fue uno de los grupos culturales articulados por jóvenes intelectuales nacionalistas en el marco de la primera Ocupación Militar Norteamericana (1916-24). Una respuesta orgánica a inquietudes artístico-literarias y a ideales políticos renovadores influidos por el positivismo de Hostos, el arielismo rodosiano, las propuestas de Ingenieros (piénsese en el viral El hombre mediocre), Vasconcelos –autor de La Raza Cósmica, propulsor de la educación pública y la cultura en México quien visitó triunfante el país en 1926-, el indoamericanismo y antiimperialismo de Haya de la Torre, con resonancias de lecturas del socialismo europeo (Marx, Jaurés, Lenin). Carlos Sánchez y Sánchez, Panchito Prats Ramírez, Cristian Lugo Lovatón, Horacio Read, Rafael Andrés Brenes, Silvestre Aybar Castellanos, Manuel “Cundo” Amiama, Jesús María Troncoso, Paíno Pichardo, Virgilio Díaz Ordóñez, Julio Cuello, integraron esta agrupación que operó entre 1917-31, publicando sus colaboraciones en las revistas Blanco y Negro y La Opinión, entre otros medios de prensa. Cuyas tertulias vespertinas se realizaban en la Duarte con Billini.

Gracias a un excelente trabajo compilatorio y de investigación realizado por el historiador Alejandro Paulino Ramos –actual subdirector del AGN, docente de la UASD y antiguo responsable de la Sección Dominicana de su Biblioteca-, a finales del 2010 vio la luz la obra en dos volúmenes El Paladión: de la Ocupación Norteamericana hasta la dictadura de Trujillo, editada por la Academia de la Historia y el Archivo General de la Nación. En su estudio introductorio, el autor refiere otros grupos culturales, como el célebre Postumista de Moreno Jimenes, Andrés Avelino, Rafael Zorrilla, y la Asociación Literaria Plus Ultra encabezada por Peña Batlle, Jimenes Grullón, Alcides García Lluberes, Rafael Américo Henríquez, Arturo Despradel, Larrazábal Blanco. Así como por Amiama y Troncoso, quienes pasarían a El Paladión, al sumarse Peña Batlle y otros ultraístas al Partido Nacionalista fundado por Américo Lugo.

La Asociación Independiente de Jóvenes Dominicanos, la Asociación de Estudiantes de la Escuela Normal, el Congreso de la Prensa en el que actuaron Horacio Blanco Fombona y Fabio Fiallo. La Unión Nacional Dominicana y las Juntas Nacionalistas, la Comisión Nacionalista que hizo campaña en el exterior por la causa dominicana, la Semana Patriótica que galvanizó la lucha por la soberanía en las plazas públicas de las principales ciudades, fueron expresión del movimiento cívico patriótico que se desató en el país con el liderazgo de la clase media urbana. Espoleado por la crisis económica que sobrevino al final de la Danza de los Millones del período de guerra y postguerra, tras el derrumbe de los precios del azúcar en los mercados internacionales a finales de 1920.

A partir de entonces, la conciencia nacionalista aletargada debía reaccionar con vigor, tal como lo expresara Prats Ramírez al abogar por la desocupación en noviembre de 1920. “Hace 4 años que la República Dominicana está bajo un Gobierno Militar impuesto por los Estados Unidos de América. El ideal de independencia no ha abandonado un momento el corazón de los dominicanos; el deseo de reconquistar su libertad política siempre ha sido una idea fija en el cerebro del pueblo que nunca ha desoído los reclamos hechos por la necesidad de la Soberanía. Circunstancias dolorosas del momento habían impedido trabajar por nuestra restauración, como ella merece; no permitían que nuestra energía se centuplicara para hacer de cada ciudadano un gigante en la lucha por el supremo ideal. El momento ha llegado.”

Los de El Paladión se significaban hispanoamericanistas, desde el Sur del Río Bravo hasta Tierra de Fuego, posición compartida con el nacionalismo –no chauvinismo- que permeaba a las capas medias de América Latina, particularmente a sus élites intelectuales. Ingenieros, Rodó, Haya, Vasconcelos, comulgaban con sus respectivos matices con este enfoque de Patria Grande que avizoró Bolívar. Eran “aristócratas del pensamiento y democráticos en la acción social”. Abogaban por la renovación (regeneración le llamó Rodó): “Arte nuevo, Ciencia nueva y Política nueva”. “Renovar totalmente doctrinas, creencias y sistemas caducos y centenarios”, bajo la premisa de que “renovarse es vivir”. Abjuraban de la política de partidos personalistas tradicionales acicateados por las espuelas de los viejos caudillos de a caballo que mantenían secuestrada nuestra vida pública. Algunos merodeaban el socialismo, estimulados por la Revolución Rusa.

Como bien señala Paulino, “se había perdido la soberanía; las manos del censor extranjero prohibieron el derecho y la libertad de pensamiento, de imprenta y de prensa; el Ejecutivo, un capitán de la Marina de los Estados Unidos, que se apropió del derecho a decidir la vida y la libertad de los dominicanos, impuso la pena de muerte y la persecución por la simple disidencia a su opresivo régimen.”

Haciendo acopio de su papel nacionalista, los del Paladión consignaban: “hemos escrito libros y folletos, hemos hecho obras de propaganda cultural y democrática, hemos realizado actos de altruismo. Como jóvenes, sabemos vivir la alegría de la vida; como hombres, no hemos querido dejar de aprovechar el tiempo. Los años de la dolorosa ocupación militar templaron nuestro espíritu juvenil y moral, intelectual y materialmente contribuimos a toda campaña que persiguiera la liberación de la República, sin reservas mentales, sin poner límites teóricos a la acción necesaria.”

En un Credo de 1925, proclamaban: “Creemos en la Patria. Creemos en el hombre; creemos en los hombres que trabajan y sufren. Creemos en la posibilidad de la fraternidad humana. Creemos en todos los que creen el Ideal. Creemos en los poetas y artistas que no tienen torres de marfil. Creemos en la eficiencia de la Idea, desconfiando de las vaporosas palabras teóricas. Creemos en el sudor del obrero y en sus necesidades. Creemos en la posible renovación dominicana y esperamos, optimistas, los fuertes renovadores. Creemos en los sistemas ideológicos y en los mecanismos políticos que van hacia la luz del futuro; no en los que retroceden hacia las sombras del pasado. Creemos en el talento, en la cultura; en la bondad y repudiamos la inferioridad mental, la inconsciencia científica y las maniobras de los hábiles, que tantos males traen a las naciones y a la humanidad. Creemos en los hombres que luchan, no en los débiles que halagan. Creemos en todo lo que creen los Compañeros Internacionales de las nuevas generaciones que tienen ideales y luchan porque la humanidad viva días mejores.”

Una de las facetas más pintoresca de los paladiones fueron los retratos o “cabezas” como les llamara Armando Oscar Pacheco. Así encontramos un “busto” cincelado por Cristian Lugo. “Francisco Prats-Ramírez es un cocktail a cuatro bases. Nariz de Balzac, boca de Rubén, ojos de Mirabeau, y orejas de Gorki. Por eso al paladearlo nos emborrachamos de él. De Honorato, el novelista francés, tiene la nariz neo catalana y el sensualismo agudo; de Darío el sonoro loco de los versos nuevos, la dureza de labios y el sensualismo caprichoso; de Octavio el enfermo analista de los vicios, la fría penetración de la mirada y el sensualismo ciego a todo escrúpulo, y de Máximo, el infeliz bohemio de la estepa, el pabellón nudoso de la oreja y el sensualismo cerebral y salvaje. Contemplad el busto.”

Amiama, a su vez, lo perfila así: “Comenzó bien temprano, en plena adolescencia, casi un niño aquello que León Bloy, con frase inolvidable, llamaba ‘empresas de demolición’… contra los poetas adocenados y los escritores de presilla, contra los petimetres de profesión, contra los ensotanados de cuerpo y de espíritu. Cosechó odios y perdió amistades y saludos. Yo, desde lejos, lo aplaudí y lo admiré. Barrés ha dicho por ahí: ¿qué se puede esperar de un hombre que a los veintidós años no haya sido revolucionario?

Y fue ese mismo afán demoledor y ese embrionario anhelo de ver batir sobre el ambiente social dominicano los vientos benéficos de radicales renovaciones, lo que lo encaminó más tarde al estudio de la moderna ciencia política y de la moderna sociología. Las obras de Marx, Engels, Kautsky, Jaurés, Georges, Fiore y Lenin comenzaron a abarrotar su ya populosa biblioteca, y hoy se puede decir que entre los que integran la juventud intelectual dominicana, Francisco Prats-Ramírez es el más enterado en ese capítulo de la ideología y uno de los más entusiastas y sinceros propagadores de las ideas renovadoras.”

Silueteando a otro cófrade, Amiama escribe: “Físicamente, Cristian Lugo resulta un tipo interesante. Pálido, de una heroica palidez aristocrática, no muy alto, por la forma del cráneo y de la nariz, parece un moro auténtico. Bajo las cejas echadas hacia atrás, en ademán luciferino, luce unos ojos pequeños, rasgados, donde sueñan siglos de sensualidad y de malicia. No tienen nada de bellos, y, sin embargo, han logrado trastornar a más de una mujer.

“El teatro atrae a Cristian de una manera tiránica, despótica. Lo que a él lo atrae no es el espectáculo que cualquiera puede ver desenvolverse frente a las baterías del proscenio. No, es el ambiente intrateatral. Lugo conoce como pocos las costumbres e intimidades de los artistas. Una visita al cuarto de Cristian nos confirma mejor que nada la sinceridad de estas aficiones. Es un verdadero infierno, pero un infierno sugestivo y pintoresco. Las mesas aparecen atestadas de libros, revistas y objetos curiosos. Los tabiques, constelados de retratos de literatos y de artistas de teatro –naturalmente, con predominio del femenino sexo. Al pie de los retratos de las féminas, una dedicatoria, siempre exclusiva y siempre misteriosa, donde la inhábil mano del amor o del capricho trazó el resumen trémulo de una aventura.

“En una vitrina, hay filas y más filas de autores clásicos, fatalmente llamados a una virginidad imperturbable…”

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