Nacionales Sociedad

Haciendo memoria sobre el asesinato del luchador y patriota Manuel Aurelio Tavárez Justo (III)

Manolo Tavarez Justo
Escrito por Debate Plural

José Rafael Lantigua, ex ministro de cultura República Dominicana (D. Libre, 21-12-13)

 

La severa actitud crítica de Manolo Tavárez Justo contra Juan Bosch y su gobierno variaría bruscamente apenas justo un mes después de la gran manifestación en el Baluarte del Conde del 14 de junio de 1963.

El líder catorcista tuvo tiempo para comprobar que Bosch manejaba maniatado las riendas del poder y que sobre su gobierno se cernía lentamente la sombra de la conjura. Entre perredeístas y catorcistas, sin embargo, no parecían existir posibilidades de diálogo para enfrentar la trama golpista. Una unidad vigorosa en aquel momento entre ambas fuerzas políticas hubiese podido quizás abortar la estrategia elaborada por los prohijadores del golpe. Pero, los perredeístas no tenían entonces vocación para defender su propio gobierno, entre ellos el comején de la división avanzaba velozmente y los catorcistas llegaban tarde, después de meses de crítica «vigilante» contra el gobierno boschista, al puesto de defensa de la constitucionalidad.

Manolo, por la colaboración de un militante de su organización que era técnico de la Compañía de Teléfonos, tenía intervenido el teléfono del presidente Bosch y, gracias a ello, supo horas antes del golpe de la inminencia del mismo y de la imposibilidad de Bosch de detener la penosa acción.

Cuando poco menos de un mes después del golpe, el Triunvirato tomaba la decisión de declarar ilegal a la Agrupación Política 14 de junio, ordenando el saqueo de sus locales por tropas militares, Jorge Díaz y los millares de militantes y simpatizantes de la organización catorcista, sabían que había llegado la hora de cumplir el juramento solemne pronunciado frente a los restos venerandos de los Padres de la Patria aquel memorable 14 de junio de 1963, y el anterior compromiso asumido el 14 de junio de 1962, ambas proclamas de las que Jorge Díaz era testigo compromisario, de acudir a las «escarpadas montañas de Quisqueya» cuando las fuerzas de la reacción violentasen los designios del pueblo.

Cuando el licenciado Emilio de los Santos, el doctor Ramón Tapia Espinal y el ingeniero Manuel Enrique Tavares Espaillat (viejo amigo de Manolo) se juramentan como miembros del nuevo colegio director de la administración pública, horas después de consumado el golpe, y con Bosch todavía guardado en una de las oficinas de Palacio, Manolo Tavárez estaba buscando asilo en la embajada de México, mientras sus más cercanos seguidores lo instaban a salir para presidir la hora de la resistencia.

Así se hizo, en efecto. Manolo salió de la legación diplomática un mes después de su virtual aislamiento, para proceder a hacer realidad su compromiso guerrillero. Nunca fueron más abruptas, oscuras y engañosas «las escarpadas montañas de Quisqueya». En algún momento, Manolo vaciló. Vacilaron también compañeros suyos que habían estado favoreciendo por más de un año la emulación del sacrificio de los hombres del 14 de junio de 1959, y tal vez también de los hombres de Sierra Maestra. Se suscitaron discusiones ofensivas, se proclamaron actitudes temerarias, se insuflaron conceptos redentoristas. «Libertad o muerte».

El levantamiento de Manolo y el 14 de junio era del conocimiento público. En el Cibao, por ejemplo, los dirigentes y militantes catorcistas repetían en cualquier ambiente que la revolución estaba a la vuelta de la esquina. El Triunvirato conocía ya los nombres de los comandantes de la jornada guerrillera y de las zonas en que iban a operar. Solo faltaban el día y la hora. Manolo tomó la decisión una noche de acalorado debate y de reiteración de promesas solemnes. Cuando el 27 de noviembre de 1963, dos meses después del golpe, mientras los perredeístas se iban al exilio o al stand by político, cuando algunos se doblegaban ante la nueva realidad, o simplemente callaban, Manolo Tavárez Justo tomó el camino de la insurrección y la inmolación.

No iba solo, desde luego. Con él se abrirían, teóricamente, seis frentes en distintos puntos del país. Fidelio Despradel, principal abanderado de la línea guerrillera y perseguidor de los que buscaban otra vía dentro del 14 de junio, comandaba el frente de Las Manaclas; Juan Miguel Román dirigía el frente de La Escalera y el Limón, en Puerto Plata; Rafael Cruz Peralta estaba al frente del batallón guerrillero de San Francisco de Macorís, en la Loma de la Colorada: Luis Genao Espaillat dirigía las acciones en La Berrenda, de Miches; y Polo Rodríguez, uno de los principales cuadros dirigenciales del catorcismo, comandaba el frente de La Horma, en San José de Ocoa. Manolo iría con Fidelio en el frente de Las Manaclas, a pesar de las advertencias directas de Fidel Castro, por intermedio de uno de sus dirigentes que habían viajado a Cuba meses antes de la acción guerrillera, de que no se internase en los montes en la primera etapa de la insurrección. Años más tarde se conocería que también el Che Guevara había manifestado su oposición al establecimiento de la guerrilla dominicana del 14 de junio.

El apoyo urbano -nunca consolidado- quedaba en manos de un comando que formaban Roberto Duvergé, Pedro Bonilla, Juan B. Mejía, Benjamín Ramos y Mario Fernández Muñoz.

Manolo salió de la capital en auto junto a un grupo reducido de sus compañeros, rumbo al lugar donde se iniciaría su internamiento en las lomas. Para cumplir ese propósito, se vería obligado a cambiar de vehículo y de ruta en varias ocasiones. Insólitamente, el chofer de la ruta final lo sería un connotado dirigente perredeísta de Moca, Rubén Lulo Gitte, célebre jugador de la selección nacional de voliból y cuyo hermano, Manuel, líder del catorcismo en su pueblo natal, se alzaba ese mismo día junto a Manolo.

No llegaban a cuarenta los alzados. Y entre ellos no más de diez estaban firmemente dispuestos a llevar la lucha hasta sus últimas consecuencias. Algunos frentes no llegaron siquiera a constituirse funcionalmente. Fueron apresados sus integrantes antes de lanzar un solo tiro. Otros fueron presas de fácil captura cuando apenas comenzaban el internamiento en las montañas. Y otros más comenzaron a ser diezmados dos o tres días después del levantamiento. El Sexto Frente del Sur, que estaba comandado por Angel Luis Patnella, dirigente catorcista de Barahona, fue dispersado por las llamadas tropas regulares antes de abrirse campo en la acción armada.

Aunque todos estaban imbuidos de un ideal heredado de la gesta del 14 de junio de 1959, pocos entre los alzados conocían los vericuetos de la pericia militar. No estaban preparados para los combates ni física ni anímicamente. Increíblemente, aun cuando las multitudinarias concentraciones catorcistas auguraban un apoyo firme en la resistencia urbana, salvo actos de apoyo de pequeños grupos de estudiantes universitarios en la ciudad capital, ninguna acción contundente levantó los ánimos prorevolucionarios en las ciudades. Mayor apoyo les fue ofrecido a los insurrectos en las áreas campesinas por donde ingresaban a las montañas. Fueron varios los campesinos que se prepararon para unirse a las guerrillas y que no lograron hacerlo por falta de coordinación, y varios los prácticos que les sirvieron a los comandantes y sus grupos para internarse en las lomas. Alguno fue apresado junto a los guerrilleros, y más de uno cayó abatido por las balas del Ejército.

El Frente Urbano resultó un chasco monumental, algunos guerrilleros dieron connotaciones de pusilanimidad y duda, uno de los dirigentes, por lo menos, había vendido su alma al diablo y terminó como cómplice y delator al servicio de los militares golpistas, y contradicciones en los mandos operativos de la guerrilla desdijeron de la conducta correcta a seguir. Varios cuadros clave cayeron limpiamente resistiendo a las tropas del gobierno, mientras otros comenzaron pronto a sentir el peso de la enorme responsabilidad que habían asumido. Hablaron por meses de alzamiento y lucha sin conocer los rigores del cambrón y el malle, sin sentir el temor de la oscuridad y el desaliento, sin ver de frente el rostro a la muerte y sus designios, sin sentirse perseguidos por el fuego rápido de una metralla o acosados por la brutalidad anhelosa de galones de la patrulla.

Los dominicanos estaban por esos días atentos a la gloria de Juan Marichal, a la lucha entre Escogido y Aguilas en el béisbol invernal, mientras los jóvenes se ensimismaban con los inicios de La Nueva Ola y ponían mayor atención a las canciones de Palito Ortega que llenaban la radio de la época y a los nuevos compases del Club del Clan de la puertorriqueña Lucecita Benítez. Además, era época de Navidad.

Cuando al caer la tarde del 21 de diciembre -hace hoy justamente 50 años- Manolo Tavárez y varios de sus compañeros que se habían rendido, atendiendo probablemente más a una resolución táctica o a una realidad imposible de transformar, que a las garantías ofrecidas por el presidente del Triunvirato, Emilio de los Santos, o directamente del triunviro Manuel Enrique Tavares Espaillat, amigo íntimo de Manolo y compañero de lucha antitrujillista, caen fusilados sumariamente, los dominicanos en su inmensa mayoría ignoraban la trascendencia de aquella inmolación.

Jorge Díaz, adolescente, y a quien quizás por su edad se le impidió conocer mayores detalles sobre el levantamiento guerrillero, leyó la crónica en los diarios al día siguiente. Sin exceptuarse, increpó solitariamente en su hogar a sus compañeros catorcistas, cuyo entusiasmo por las prédicas de Manolo, por su osadía teórica trasplantada al sacrificio real, no llegó a tanto. Vio caer a su líder y a muchos de los dirigentes con los que compartió lucha y amistad. El supo bien que muchos que sí fueron convocados optaron por quedarse. A esta hora son sobrevivientes de la utopía mancillada. ¿Hicieron bien o mal? No lo sabemos. El camino al martirio no es tarea ni agenda de hombres comunes. Jorge Díaz, por lo menos, supo que Manolo cumplió, aunque muchos no pudiesen acompañarlo.

El levantamiento de Manolo y el 14 de junio era

del conocimiento público. En el Cibao, por ejemplo,

los dirigentes y militantes catorcistas repetían

en cualquier ambiente que la revolución estaba

a la vuelta de la esquina. El Triunvirato conocía

ya los nombres de los comandantes de la jornada

guerrillera y de las zonas en que iban a operar.

Cuando al caer la tarde del 21 de diciembre

-hace hoy justamente 50 años- Manolo Tavárez

y varios de sus compañeros que se habían rendido,

atendiendo probablemente más a una resolución

táctica o a una realidad imposible de transformar,

que a las garantías ofrecidas por el presidente

del Triunvirato, Emilio de los Santos, o directamente

del triunviro Manuel Enrique Tavares Espaillat,

amigo íntimo de Manolo y compañero de lucha

antitrujillista, caen fusilados sumariamente,

los dominicanos en su inmensa mayoría ignoraban

la trascendencia de aquella inmolación.

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