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Fidel, la palabra y su épica

Fidel Castro
Fidel Castro
Escrito por Debate Plural

José Rafael Lantigua, ex ministro de cultura República Dominicana (D. Libre, 3-12-16)

 

LA ÉPICA FIDELISTA NO se inició ni con la expedición del Granma ni con la victoriosa guerrilla de Sierra Maestra. Comenzó mucho antes y comprende ignorados capítulos donde el arrojo y el azar cumplieron roles de significación en la construcción de la leyenda.

Rebelde incorregible, de agallas irrefutables y de verbo abrasador, convocaba lo mismo a la rebelión como al seguimiento de sus ideas y propósitos, teniendo como base la seguridad en sí mismo y su palabra. Su liderazgo en sus años universitarios –en medio de acechanzas de todo tipo-, su participación en el Bogotazo y, antes, en la expedición fracasada de Cayo Confites, son apenas algunos de los episodios donde Fidel Castro Ruz impuso su autoridad muchos años antes de que se convirtiese en el Comandante en Jefe de la Revolución cubana.

Su liderazgo quizás sea el más longevo que haya conocido la historia. Justo setenta años de vigencia plena y de influencia determinante en la vida cubana. Aunque Fidel afirmaba que su primera rebelión se produjo en su casa a los nueve años de edad –junto a una segunda a los 11 y una tercera a los 12- porque sus padres querían mantenerlo en Birán sin estudiar, su primera decisión política fue luchar contra el gobierno de Grau San Martín, incorporándose al grupo de los ortodoxos que comandaba Eduardo Chibás, en 1946. De esta fecha hay que partir, en mi criterio, para hilvanar la historia política de siete décadas de Fidel Castro que cerró su dilatado ciclo hace una semana.

Desde luego, el liderazgo de Fidel fue una construcción incesante y bravía. No fue obra de la casualidad. Se labró a pulso y contracorriente. Bajo certezas y dudas, y sobre las olas del tiempo. Fidel llegó al colegio de Belén, en La Habana, a los 16 años. Y allí se destacó en los deportes –baloncesto, béisbol, balompié- y como explorador. Su tutor fue el padre Llorente, que años después trabajaría en Santo Domingo. El sacerdote jesuita veía que a Fidel le gustaba hacer la guardia en las acampadas y era cabeza en la acción deportiva, de modo que pronto lo hizo general de los exploradores de la escuela. “Es de las cosas que agradezco a los jesuitas: si te gustaba el deporte, te estimulaban; si te gustaba la exploración, igual. Todas las actividades sanas, las cosas puras, de rigor, ellos las estimulaban”, contaba Fidel en una ocasión. Más de uno –Eusebio Leal, entre éstos- que conoce su biografía a fondo ha afirmado que Fidel fue ante todo un producto jesuítico.

Luego, llegarían las batallas universitarias, que tal cosa era entonces la actividad estudiantil. Sin experiencia política, provinciano, hijo de un terrateniente gallego, inició en la Universidad de La Habana la que él consideró como su etapa “más difícil, más quijotesca, la más peligrosa y heroica de mi vida”. Enfrentó al gobierno de Grau y puso el frente a la violencia de los líderes estudiantiles más temibles, Rolando Masferrer y Manolo Castro. Más de una vez estuvo a punto de ser asesinado. Cuando tenía seis años allí, a los 21 años, ya había alcanzado suficiente conciencia política para saber por dónde debía encaminar su destino. Ocho años más tarde, ya estaba al frente del ataque al cuartel Moncada y trece años y medio después, entraba triunfante el 1 de enero de 1959 con su revolución a cuestas.

Fue buen deportista, brillante boy scout, eficiente conductor de grupos, pero mal estudiante. Fidel lo justificaría luego diciendo que nunca encontró profesores brillantes que lo arrastraran al aula. De modo que se hizo autodidacta y se dedicó por entero a su verdadera vocación: la política revolucionaria. No obstante, con frecuentes ausencias debido a su activismo político, obtuvo tres títulos universitarios: doctor en Derecho, licenciado en Derecho Diplomático y licenciado en Derecho Administrativo. Para entonces, ya le perseguía la fama doble que coronaría toda su vida: la del dirigente inteligente y fiero, y la del líder de controversiales audacias. Y en medio de sus luces y de sus sombras, la palabra. La épica fidelista no puede acogerse sin esta cualidad indiscutible de su personalidad política: la del orador que supo construir sus estamentos de gloria con su original modo de expresión pública. Desde muy joven estudió la historia universal y, aunque pueda parecer insólito, la historia sagrada. Nunca recibió clases de declamación ni de oratoria. Sin embargo, desde las aulas universitarias, y desde las mismas aulas lasallistas o jesuíticas, dio muestras de su capacidad para utilizar la palabra como arma de combate. “Repudié siempre la forma de expresarse que fuera abstracta, confusa, pomposa y aparentemente docta… lo habitual en mí ha sido tratar de comunicar lo comprendido de manera sencilla”. Aquí estuvo, sin dudas, la clave de su éxito en el juzgado donde proclamó su absolución por la historia, en las reuniones estudiantiles, en las aulas de la universidad habanera, en las calles de Bogotá cuando arengaba a las multitudes a la rebelión a causa del asesinato de Gaitán, en los campos de batalla y en las jornadas sin fin de la Plaza de la Revolución. La palabra fue su hazaña más fecunda, porque con ella permitió que nacieran todas las otras. Sabía enfatizar las ideas, transmitía con energía sus propósitos, sembraba en las masas una frase, un pensamiento, que conducía a objetivos previamente fijados.

“Mi oratoria es como una vida vivida”, dijo en una entrevista. Fidel decía que se olvidaba, al hablar, de las palabras elegantes y se iba a la esencia de las cosas. “Creo que el día que empecé a hablar y a escribir, en la misma forma que era capaz de conversar, adquirí plenamente dicho estilo”. Era consciente de que la palabra era su instrumento de mayor poder, incluso más que el fusil. Era una oratoria dialogante que imponía juicios desde la palabra abierta donde la gestualidad y los tonos cubrían con eficacia sus roles. “Al hablarle al pueblo –dijo- podía estar hablando a cien, a mil o a un millón; sencillamente el secreto estaba en conversar de la misma forma que podía hacerlo con una sola persona”. Tal vez contradecía a Chesterton que afirmaba que “el orador no nace, se hace”, pero del mismo modo estaba de acuerdo con el escritor británico quien entendía que el éxito de un ejercicio de la palabra dependía de quien era su transmisor. “Si tras quien discursa no existe una historia, una autoridad, un prestigio, es posible que quienes escuchen se aburran. De modo que el hecho de que el auditorio preste atención, no se debe solo al contenido del discurso, sino a la autoridad o al prestigio que tenga la persona que lo está diciendo”. Fidel sabía cuál era su puesto en la historia y no vacilaba en demostrarlo. Le gustaba tener cerca de la tribuna a la gente, para convertir su palabra en un diálogo, de ahí que consideraba que en sus discursos en la Plaza de la Revolución tenía que manejar una técnica creativa debido a la lejanía de su inmenso auditorio. Pero, siempre empleando las cualidades de la claridad y la sencillez.

Con su palabra, Fidel Castro construyó la épica revolucionaria. Esa fue su arma más letal. Estaba separado de Martí en este aspecto, de quien dijo que tenía una oratoria “muy compleja, muy elegante, con imágenes verdaderamente bellas, pero no es fácil comprender sus discursos”. Y con esa arma dominó el escenario de Cuba y del mundo, en medio de todos los peligros que afrontó. Era su defensa, su destreza mayor, su látigo. “Creo que la táctica que a mí me salvó fue que me mantuve con el látigo en la mano, haciendo un ruido igualmente tremendo”. La ardiente metáfora del que fue su mecanismo protagónico esencial durante setenta años.

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