Nacionales Sociedad

Haciendo memoria sobre el asesinato del luchador y patriota Manuel Aurelio Tavárez Justo (II)

Manolo Tavarez Justo
Escrito por Debate Plural

José Rafael Lantigua, ex ministro de cultura República Dominicana (D. Libre, 14-12-13)

Jorge Díaz no entendió muy bien a Manolo cuando en aquella gran manifestación en el antiguo Parque Independencia del 14 de junio de 1962, proclamó:

«Oiganlo bien los señores de la reacción, óiganlo enemigos del pueblo, enemigos del progreso, si los bienes del pueblo son sustraídos a ese pueblo y entregados a los enemigos y sigue en vigencia y se pone en práctica la ley de emergencia, y se pretende en consecuencia golpear en esa forma al pueblo y a sus organizaciones más honestas, identificadas con la lucha del pueblo, el 14 de junio sabe muy bien donde están las escarpadas montañas de Quisqueya».

Pero, Jorge Díaz aplaudió a rabiar, se hizo uno con el coro multitudinario que reclamaba «¡revolución, revolución!», y se detuvo de pronto, como hizo la multitud a pedido del orador, para escuchar a Manolo recalcar:

«Oiganlo bien, señores de la reacción, si imposibilitan la lucha pacífica del pueblo, el 14 de junio sabe muy bien donde están las escarpadas montañas de Quisqueya» (el grito herido de la multitud hace inaudible aquí las palabras de Manolo) «y a ellas» (sigue la muchedumbre frenética, lanzada en vilo a los brazos de la redención proclamada) «y a ellas iremos, siguiendo el ejemplo y para realizar la obra de los héroes de junio de 1959, y en ellas mantendremos encendida la antorcha de la libertad, de la justicia, el espíritu de la revolución, porque no nos quedará entonces otra alternativa que la de libertad o muerte».

La multitud violó entonces los parámetros del orden y la ecuanimidad. La exaltación era unánime. Manolo caminaba como un corcel brioso hacia los campos minados de la lucha guerrillera, pero se colocaba primero en los brazos de las proclamas redentoras, y empezaba a batir palmas junto a la muchedumbre que, en lo adelante, lo llevaría en andas hasta el martirio y el olvido. La plaza Independencia rugía, mientras la noche caía sobre su dominio de éxtasis.

Jorge Díaz vio a Manolo descender de la tribuna empapado de sudor y llanto. Tal vez lo vio igualmente, en ese justo momento, ascender a la inmortalidad, pero no quiso decirlo. Lo que vio realmente fue a un hombre agigantarse sobre los meandros de la historia y acogerse solícito a los caprichos ideológicos de una jornada incomprensible para los que no la vivieron y exultaron. Jorge Díaz supo entonces que en ese preciso instante, mientras la gente volvía a sus vehículos para regresar a sus comarcas, o tomaba los caminos de la esperanza para regresar a sus sueños, se estaba comenzando a escribir un nuevo capítulo en la historia política del país. No podía determinar cómo se escribía y cuáles serían sus alcances, pero conocía perfectamente que allí algo nuevo y gravitante se estaba inscribiendo en los anales de luz y sombras de una era difusa y confusa.

Cuando, justo un año después de aquella experiencia inolvidable, Jorge Díaz volvió al parque Independencia el 14 de junio de 1963 para escuchar a Manolo reiterar el compromiso de la efeméride anterior, muchos de los que formaban parte de la delegación que vino junto a él desde los pueblos del Cibao en 1962 ya no le acompañaban. Pero él permanecía invariable y firme en sus ideales revolucionarios y sabía a ciencia cierta que Manolo se jugaba un destino que él deseaba compartir.

Para entonces, ya la decisión estaba tomada. Tony Raful describe aquel momento, en su brillante crónica sobre el Movimiento 14 de junio, de esta manera: «El pueblo presente esa tarde a las dos, cubría todo el espacio frontal del Baluarte del Conde, los espacios laterales, hasta llegar a la calle Mercedes frente al local del Partido Revolucionario Social Cristiano, y del otro lado hasta la Padre Billini y la calle Pina. Millares de jóvenes aledaños, arriba de la copa de los árboles». La multitud había crecido con respecto al año anterior. Juan Bosch gobernaba y los cívicos habían sido echados del panorama del poder.

Aunque había una brisa fresca de democracia, había también un viento soterrado de sospecha y miedo. Manolo estaba él mismo alentando desde la tribuna el grito de «¡revolución, revolución!». Ahora daba la impresión de que intentaba parecerse más a Fidel Castro: estilo de dicción, ropaje mesiánico, tintes identificatorios en el vestir, traje verdeolivo, jóvenes vibrantes rodeando su estela, y una plaza rugiendo «¡revolución, revolución!». Era un enclave propio para el delirio. Y el «Patria o muerte» flotando sobre la multitud delirante en el espíritu que trasvasa el objetivo del mismo ideal fidelista en el eslogan de «Libertad o muerte», Y las montañas de Quisqueya, escabrosas y silentes, esperando la inmolación para sujetar a la Historia por sus aletas alucinadas.

Manolo estaba condenando al gobierno de Juan Bosch por su actitud, que definió «demagógica», al negarse a facilitar la radiotelevisora estatal para transmitir el acto, e incluso por negarse a conceder permiso a las estaciones privadas para que difundieran por sus ondas el discurso del líder del 14 de junio. Manolo husmeaba la trampa. Y la trama. Mientras Bosch sufría ya la imputación de «comunista», a escasos cuatro meses de su gobierno, Manolo lo laceraba por el otro costado acusándole de propiciar una política «al servicio de los intereses de los sectores y clases reaccionarias del país».

Manolo estaba ya plenamente consustanciado con la retórica fidelista. Desde sus labios brotaban reiterados los vocablos «imperialismo», «reacción», «colonialismo», «liberación». El sector proguerrillero que un año antes había recibido en un momento de división el espaldarazo de Manolo cuando recordó la presencia de «las escarpadas montañas de Quisqueya», estaba en su momento de apogeo y control de la maquinaria política del 14 de junio.

Jorge Díaz se encontraba entre aquellos que cerraban filas con la línea que Manolo esa tarde del 14 de junio de 1963, a cuatro años de la epopeya guerrillera contra la dictadura, llamaba «vigilante». Algunos habían retrocedido. Otros se habían guarecido en el silencio y la oquedad. Temían por igual dejar las filas de un estamento partidario que identificaba su propio discurrir personal y político, y respaldar con su militancia un ideal que ya estaba lejos de ser justamente el que había iluminado el heroísmo.

Pero, Jorge Díaz estaba allí, imbuido de la nueva doctrina, alimentando su espíritu combativo, aguardando las líneas maestras que le conducirían a la gloria de ver redimida la patria de sus sueños y pesadillas.

Manolo, esa tarde, frente a sus conmilitones, frente a dirigentes del exilio haitiano presentes en la manifestación, frente al líder independentista puertorriqueño Juan Mari Bras que le acompañaba en la tribuna, frente a los sobrevivientes de la acción guerrillera del 14 de junio de 1959, y frente a las treinta o cuarenta mil personas que le vitoreaban con sus consignas, no repitió su proclama proguerrillera del año anterior. Pero la dejó entrever. Mientras en ese mismo lugar donde ahora se encontraba liderando las nuevas rutas de las luchas libertarias, Viriato A. Fiallo hizo un juramento solemne que no cumplió, de no convertir su organización patriótica en un partido político, Manolo Tavárez Justo estaba haciendo un juramento igual de solemne ante el Altar de la Patria y ante la historia -porque así lo dijo entonces- de que su lucha no cesaría «hasta convertir en una luminosa realidad los ideales de la Revolución de la Liberación Nacional…aunque para ello sea necesario que cada uno de nosotros tenga que morir todos los días en la cruz del sacrificio».

A esa hora ya Jorge Díaz y todos los catorcistas presentes sabían a qué se refería Manolo. A esa hora ya muchos estaban conociendo de armas y de tácticas guerrilleras. A esa hora ya muchos llevaban bajo sus brazos los libros clave del marxismo secular y cubanizado.

A esa hora de la jornada histórica y de la noche que cerraba la nueva demostración de fuerza del 14 de junio, Jorge Díaz sabía que la batalla por la democracia real no había cesado y que la historia estaba a punto de comenzar a reclamarle su postura decidida frente al nuevo compromiso.

Manolo estaba ya plenamente consustanciado

con la retórica fidelista. Desde sus labios

brotaban reiterados los vocablos «imperialismo»,

«reacción», «colonialismo», «liberación».

El sector proguerrillero que un año antes

había recibido en un momento de división

el espaldarazo de Manolo cuando recordó

la presencia de «las escarpadas montañas

de Quisqueya», estaba en su momento

de apogeo y control de la maquinaria

política del 14 de junio.

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