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Los soldados que Estados Unidos envía a las guerras resultan sobrevivientes suicidas

Escrito por Debate Plural

Hamlet Hermann (Hoy, 6-5-12)

 

He aquí una ventana a través de la cual puede verse la tragedia que existe dentro de los militares estadounidenses: por cada soldado muerto en el campo de batalla este año, 25 veteranos de guerra se están matando con sus propias manos. En promedio, un soldado estadounidense muere cada día y medio en Irak o Afganistán.

Los veteranos se suicidan a una velocidad de uno cada 80 minutos. Cada año se registran más de 6,500 suicidios entre los que retornan de la guerra, una cantidad mayor que la suma de soldados muertos en Afganistán y en Irak desde que esos conflictos se iniciaron.”

El párrafo anterior corresponde al artículo escrito por Nicholas Kristof para “The New York Times” el pasado 14 de abril de 2012. Si asumimos como evidencia irrefutable sus datos, tendríamos entonces que preguntarnos: ¿dónde tiene lugar la guerra que más víctimas provoca a Estados Unidos? ¿Está en las lejanas tierras del medio oriente o se está desarrollando en territorio estadounidense?

El presidente Obama yerra maliciosamente cuando visita Afganistán y firma acuerdos con el títere Hamid Karzai. No basta con remendar los pedazos que quedan de una guerra que han estado perdiendo desde que empezó once años atrás. La politiquería de la actual campaña electoral lleva al Presidente estadounidense a realizar esta visita cuando se conmemora el primer aniversario de la ejecución de un Osama Ben Laden a quien nadie pudo ver, ni vivo ni muerto, en la década pasada. Mejor labor habría hecho quedándose en Washington y desde allí encontrar una razón para explicar los suicidios de veteranos de guerras que, como candidato, condenaba y ahora, como Mandatario, estimula.

La desesperación ante las reiteradas derrotas lleva a los militares estadounidenses a cometer más brutalidades mientras más se hunden. El desorden postraumático de los sobrevivientes de estas guerras afecta a, por lo menos, uno de cada cinco militares luego de servir en Afganistán o en Irak. Cifras preliminares sugieren que ostentar la condición de veterano de estas guerras duplica el riesgo suicida. Para los jóvenes entre 17 y 24 años de edad, haber luchado en esas zonas multiplica por cuatro el riesgo de quitarse la vida, de acuerdo con un estudio del “American Journal of Public Health”. Habría que añadir a estas estadísticas algunas muertes que las autoridades califican como accidentales aunque los familiares estén convencidos de que fueron suicidios. Esta es una epidemia estadounidense que no está siendo enfrentada con seriedad.

Muy pocos veteranos de guerra reciben la debida atención en los hospitales gubernamentales. Paradójicamente, las maquinarias bélicas son reparadas y reforzadas después de cada enfrentamiento, mientras los combatientes no reciben ayuda alguna para exorcizar los demonios de la guerra que destrozan sus mentes y cuerpos. El programa de tratamiento psiquiátrico para estas personas tiene una lista de espera de seis meses. Asimismo, toma seis semanas conseguir una cita de emergencia.

El presidente Obama compromete tropas en campos de batalla muy lejanos, pero no asigna los fondos suficientes para atender y curar a los veteranos cuando vuelven destrozados mentalmente de esas injustas guerras. Reclutan a los soldados para, supuestamente, proteger a Estados Unidos, pero poco hacen para proteger lo que queda de esos jóvenes.

El respaldo de los estadounidenses a las guerras de Irak y Afganistán se ha ido diluyendo mientras presentan la más alta tasa de suicidios que ha conocido la historia universal. Pero el presidente Obama solo piensa en reelegirse.

Si esta epidemia de suicidios tiene lugar ahora en Estados Unidos, ¿qué ocurrirá en cinco años cuando asciendan a un millón los nuevos sobrevivientes de guerra? Si las autoridades no han sido capaces de enfrentarse adecuadamente a este problema ahora, ¿qué harán con aquel otro millón de despojos humanos que les vendrá encima? ¿Seguirán provocando conflictos en otras partes del mundo para ocultar un problema creando otro mayor?

Irónicamente, no hay forma de tratamiento o ni siquiera de diagnóstico para estos soldados, víctimas de la política guerrerista, como no sea examinándoles el cerebro en una autopsia después de la muerte. No puede haber señal más ominosa de impotencia de las autoridades que esperar a que mueran para entonces tratar de entender qué pasó.

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