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Itinerario: mujeres novelistas que impactaron mi mundo

Maquina de escribir
Escrito por Debate Plural

Mu-Kien Adriana Sang (Hoy, 14-6-13)

 

FRASES DE ISABEL ALLENDE:

Escribir es un proceso, un viaje en la memoria y el alma.

Si escribo algo, temo que pasará, si amo demasiado, temo perder a esa persona, sin embargo, no puedo dejar de escribir o de amar. El corazón es lo que impulsa y determina nuestro destino. Eso es lo que necesito para mis libros: un corazón apasionado. Necesito rebeldes, disidentes, aventureros, extranjeros, que hacen preguntas, que rompen las reglas y asumen riesgos.

Te diría que hay un momento clave en la vida de las mujeres, que es el día en que transformamos la competencia que nos enseñaron en la infancia…No nos enseñaron a querernos ni a ser amigas, entonces diría que hay un paso clave, que es el camino a la madurez en que una cambia esa competencia por el sentido de la hermandad. Y ahí un mundo entero te abarca, y creo que esta hermandad… pasa a ser vital, nos salva mucho, porque como las mujeres somos una minoría, somos marginales en términos culturales, no importa que seamos mayoría en términos numéricos, el hecho de tener esta complicidad entre nosotras nos da como unas especies de redes en que llega un momento en que ya no nos enjuiciamos, no nos contamos mentiras… Entrevista a Marcela Serrano, http://www.anabelenweb.com

Hace varios años durante una conversación informal con una amiga tan amante de la lectura como yo, me decía que Isabel Allende era una escritora ligera, que no alcanzaba la estatura de los grandes novelistas masculinos del boom literario de los 80. Le había dicho que había leído La casa de los espíritus y que me había encantado.

Me quedé pensando, ¿por qué categorizar a los escritores? ¿Cuáles son los criterios para establecer ese ranking? Salí decepcionada de la conversación. No le hice caso y continué leyendo a Isabel Allende.  Me encantan sus historias, la pasión que se refleja en cada uno de sus textos: Eva Luna, Cuentos de Eva Luna, El plan infinito, Afrodita….Creo que he leído prácticamente todo de Isabel Allende.

La única entrega que ni siquiera terminé fue Mi país inventado, un invento desafortunado a mi juicio. Su incursión en las novelas con trasfondo histórico han sido muy notables por lo bien expuestos que están los sucesos históricos: Hija de la fortuna, Retrato en sepia, y el que más me ha gustado,  La isla bajo el mar, en el que retrata con precisión histórica, belleza expositiva y drama, los violentos sucesos ocurridos en la colonia francesa de Saint Domingue. Leí con verdadero deleite las aventuras construidas y escritas con y para sus nietos sobre las aventuras fantásticas de Nadia Santos y Alexander Cold: Memorias del águila y el jaguar, que inició con La ciudad de las bestias. Pero fueron Paula, escrito al calor del dolor por la enfermedad y muerte de su amada hija, y La suma de los días, un autorretrato adulto de su vida después de la desaparición física de su hija, los que rebozaron mi corazón y mis sentidos. ¡Qué manera tan hermosa de escribir!

Desde los 90, comencé a leer a las nuevas generaciones de escritoras latinoamericanas. Laura Restrepo llegó por accidente. Entré a la librería y vi un libro de esta autora La isla de la pasión, publicado en 1989. Lo leí durante un largo viaje que se hizo corto. Conocí las intríngulis de Bogotá, una ciudad hermosa que tiene pasadizos secretos y oscuros para ocultar los dramas sociales de una sociedad excluyente. Después leí Historia de un entusiasmo, una crónica periodística que retrata el drama de la guerrilla colombiana y los esfuerzos, casi todos inútiles, para lograr la paz. Leopardo al sol me encantó, seguí con La novia oscura, Dulce compañía y Delirio. La conocí en un encuentro que organizó Alfaguara. Me pareció una mujer austera, distante, pero con mucha dignidad.

Marcela Serrano ha sido una de mis favoritas. Sus novelas o reflexiones noveladas cuentan la historia de las mujeres latinoamericanas de mediana edad, que en la plenitud de sus vidas hacen balance, se acompañan y reconocen que cada mujer es la suma de otras mujeres, de otras vidas. Que los dramas individuales, se hacen colectivos cuando se comparten. No he leído toda su obra, pero sí algunas que me gustaron tanto que he citado muchas veces en varios trabajos: Antigua vida, El albergue de las mujeres tristes, Para que no me olvides y Nosotras que nos queremos tanto. Vino al país a una de las ferias del libro  hace unos años y estuve en el numeroso público presente.

Una autora que abrió mi mundo al conocimiento del drama femenino en las cerradas sociedades del Medio y Lejano Oriente, es Kenizé Mourad. De parte de la princesa muerta y El jardín de Badalpur, fueron devoradas en un santiamén. Colmó mis sentidos. ¡Cuánto han sufrido y sufren las mujeres de esas sociedades! Tuve la oportunidad de verla en una de las ferias del libro. Un grupo de mujeres nos apersonamos al encuentro. Me decepcionó. Así como sus obras reflejan a una escritora firme, apasionada, crítica y muy imaginativa, su conversación fue muy aburrida, sin emoción alguna. Reconozco que ella me ayudó a seguir indagando sobre la vida de las mujeres del Medio Oriente y su exclusión aplastante.

Leí con avidez y tristeza la novela de la norteamericana Jean P. Sasson, La Sultana; obra que me llevó a la siguiente, Las hijas de la Sultana. Estas obras evidencian que las mujeres del mundo árabe no pueden contar sus historias, solo las padecen. Tienen que tragar en silencio años de abusos y atropellos: matrimonios a la fuerza y por conveniencia, esclavitud sexual, ejecuciones crueles y sumarias. En el caso de La Sultana, la autora nos dice que es una historia verídica de una mujer nacida en la opulencia de la familia real de Arabia Saudita, pero que fue capaz de tener el valor de desafiar las normas y tradiciones impuestas. Con deseos de libertad, tenía que ocultar sus ansias tras su chador.

Mi condición de mujer dominicana de ascendencia oriental me impulsó a leer y conocer la vida de las mujeres de la china imperial. ¡Qué terribles relatos! Mis primeros pasos, a principios de los 70, me llevaron a Pearl S. Buck, escritora norteamericana que dedicó su vida a relatar la vida en China en los años 30 y 40 del siglo XX. Mi padre tenía en su cabecera varias de sus obras: La Madre, Hijos,  La buena tierra, y Viento del este,  viento del oeste. Los tomé de su mesita de noche y los leí. A través de sus palabras entendí a mi abuela china y su camisón negro que nunca se quitaba, su alimentación precaria, basada en arroz blanco y pescado salado, que continuó hasta su muerte, a pesar de que habíamos mejorado la situación económica. A través de esos libros, pude entretejer y ver la historia de mi familia que emigró desde la lejana Asia hasta el Caribe.  Con el tiempo, he leído nuevas novelas de otros autores, hombres o mujeres, que me han facilitado los amigos. Se agotó el espacio. Hasta la próxima.

Acerca del autor

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